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pulsionales, ofrecen una perspectiva postmoderna, centrada en la construcción de significados dentro de un contexto relacional. Si se plantea la cuestión de la pulsión en el psicoanálisis relacional como una pregunta reductiva y polarizada –por ejemplo, “¿El sujeto se constituye desde dentro, a partir de impulsos independientes de las relaciones, dados por la realidad, por condiciones biológicas preexistentes?, ¿o se constituye a partir de la relación, desde la cual toda realidad psíquica (incluida la sexualidad, la agresión y todas las motivaciones) se constituye?”–, la respuesta relacional sería igualmente reductiva y polarizada: adoptan la segunda postura, es decir, que todo se constituye en la relación (Mitchell y Aron, 1999). Es en línea con este planteamiento que, tradicionalmente, las teorías del sí mismo y relacionales han minimizado el papel de las pulsiones en el desarrollo, la motivación y el proceso analítico. Sin embargo, Jay Greenberg y Stephen Mitchell (1983) propusieron inicialmente que las teorías de las relaciones objetales y las teorías pulsionales eran incompatibles. Pero Greenberg (1991), más tarde, reafirmó la importancia de las pulsiones sexuales y agresivas, aunque enfatizando su dependencia de las influencias ambientales. De una forma igualmente matizada, más adelante, Mitchell (1993) sostuvo que “la agresión, como la sexualidad, no era un impulso desde dentro, sino una respuesta a los otros, mediada y preformada biológicamente, dentro de un contexto relacional” (p. 363). Emmanuel Ghent (1989) distinguió entre necesidades, motivos y pulsiones en el sentido metapsicológico, y pulsiones en el sentido de un empuje orgánico instintivo, y relacionó estas distinciones con las psicologías de una y dos personas. Para Lewis Aron (1997), la sexualidad, el cuerpo, la agresión y los conflictos edípicos son reconfigurados y comprendidos dentro del campo relacional. Aron afirma: “[n]o es que los analistas relacionales no consideren que la sexualidad y la agresión (las pulsiones) son críticamente importantes; más bien, no las consideran la base fundamental sobre la cual explicar de forma reductiva todo lo demás. Para los relacionistas, son pulsiones, no “Pulsiones”, con lo cual me refiero a que no son el fundamento absoluto a partir del cual se explica todo lo demás. Por supuesto, no debemos desestimar la importancia de las pulsiones, pero lo que los relacionistas sostienen es que no debiéramos construir toda la teoría psicoanalítica sobre la base de una teoría pulsional dual estrecha…” (ibid., 889). No siendo un defensor ni un opositor radical de la teoría pulsional, Aron se muestra inclinado hacia una “teoría de la pulsión dual”, basada en “múltiples dualidades universales’” (ibid., p. 890), como propuso Hoffman (1995). Con el objetivo de ofrecer una alternativa a la conceptualización del odio como derivado de una pulsión agresiva primaria, en el marco de la teoría de los sistemas motivacionales informada por la investigación en el campo infantil (una rama
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