ENERO 5 Si fueras obediente por mil años, no serías más aceptado que cuando creíste por primera vez; tu aceptación está basada en la justicia de Cristo, no en la tuya. El pecado es más desastroso de lo que pensamos, y la gracia es más asombrosa de lo que parecemos capaces de entender. Porque si sabes lo que dice la Biblia sobre el pe- cado, sabes que es imposible que alguien alcance el estándar de Dios a la perfección. Nadie puede lograr la aceptación de Dios por medio de su desempeño. ¡Qué gran engaño! Sin embargo, todos tendemos a pensar que somos más justos de lo que so- mos. Y cuando pensamos así, hemos dado el primer paso para abrazar nuestro propio engaño: tal vez no somos tan malos a los ojos de Dios después de todo. Por eso es tan importante conocer la verdad en Romanos 3:20. Pablo escribe: “nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la Ley”. Si oraras cada minuto de tu vida, tus oraciones no serían suficientes para ganar el favor de Dios. Si dieras cada centavo de todos los ingresos que has generado en tu vida, no podrías dar lo suficiente para ganar el favor de Dios. Si cada palabra que ha salido de tu boca fuera hablada con las motivaciones más puras, nunca serías capaz de lograr reconciliarte con Dios. El pecado es inmenso. El estándar de Dios es muy alto; está lejos del alcance de todo ser humano que haya vivido en este mundo. Por eso Dios, por amor, envió a Su Hijo (Romanos 5:8). Nunca ha habido ni hay otro camino. Solo hay una puerta de entrada para ser aceptado por Dios: la justicia de Cristo. Su justicia es transferida a nuestra cuenta; los pecadores son recibidos en la presencia de un Dios santo por la perfecta obediencia de otro. Cristo es nuestra esperanza, nuestro descanso y nuestra paz. Él cumplió perfec- tamente el requisito de Dios para que, en nuestro pecado, debilidad y fracaso nunca más tuviéramos que temer la ira de Dios. ¡Esto es lo que hace la gracia! Así que, como hijos de gracia, obedecemos como un servicio de adoración, no en un intento deses- perado de hacer lo que es imposible: ganarnos el favor de Dios.
Dios demuestra Su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8).
Reflexiona: ¿Cuál ha sido la mayor dificultad de tu semana? Dedica unos minutos a comparar esa dificultad con el desastre del pecado. ¿Cómo es Cristo tu esperanza sobre todas tus dificultades?
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