Revista AOA_26

Naturaleza y paisaje Se aficiona a subir a la cordillera cuando es todavía una aventura. Desde lo alto logra una visión del territorio, del amado territorio. Geografía pura, paisaje puro. Una sola bajada en esquíes de madera desde la cumbre de El Colorado premian un día completo de escalada y cansancio. Frecuentes son sus excursiones en tren al Cajón del Maipo lleno de jóvenes en busca de la magia de la montaña. Descubre los perdidos lagos del sur con otro incansable explorador, Emilio Duhart: su casa paterna en Cañete es punto de partida a remotos destinos. El hombre de campo, abriendo acequias con una pala, le hace pensar en el encuentro dulce y amargo entre culturas antagónicas, la aborigen y la española. La sencilla casa rural es para él una referencia permanente. Allí está todo en su forma elemental, simple y pura. Especialmente el parrón, que brinda sombra en el verano, frutos en el otoño y se desviste de su follaje para permitir el sol en invierno. Siempre quiso tener uno, y lo construyó en sus casas de calle El Vergel (1945), Oviedo (1954) y también en el Cerro San Luis (1980), y en todas el parrón fue núcleo durante los veranos. El parrón, entonces, es recurso frecuente en muchas de sus obras habitacionales. El paisaje es un tema tan significativo para él que busca con afán la manera de introducir su estudio en la Escuela de Arquitectura. Establece un vínculo con la Universidad de Berkeley, California, cuya latitud y clima son simétricos con los de Chile central y sus paisajes, equivalentes. Con el apoyo en Esmée Cromie, hábil paisajista inglesa casada con el arquitecto Jaime Bellalta, intenta establecer la disciplina formalmente, lo que se hará realidad mucho más tarde a través del Postítulo de Arquitectura del Paisaje, en el que se formarán muchos profesionales hoy en pleno ejercicio (con los años el programa se canceló). “La fealdad de Santiago se ha convertido en una opinión común. Los que la sostienen olvidan su maravilloso entorno geográfico”, escribe. Luego se refiere al árbol urbano, otra constante en sus preocupaciones: “La arborización rica y extensa mejoraría la calidad ambiental… pero además, a través de la generosa belleza de los árboles entregada a todo el mundo, elevaría la dignidad de los ciudadanos y estimularía su cariño por la ciudad”. En su arquitectura el paisaje y el árbol siempre serán protagónicos. En su defensa del paisaje emprende épicas campañas, como la protección de los añosos álamos carolinos que acompañan el acceso a Santiago desde la ruta a Valparaíso. Y más importante, su defensa de las riberas del Mapocho como parque urbano. El sentido de sus viajes Viajero empedernido, nunca pierde la capacidad de sorprenderse. En sus habituales recorridos por Chile se comporta con la curiosidad de un turista, asomándose a todos los rincones y buscando en ellos lo desconocido y lo propio. En 1947 conoce Cuzco y Machu Pichu. En 1952 asiste a un congreso en México. En ambos lugares, usando sus palabras, se reconoce en lo mestizo y lo colonial. En Europa recorre con devoción los vestigios de la arquitectura del pasado. Los clásicos griegos en Paestum lo marcan. Se emociona con el Renacimiento en Italia, con el gótico y con la serenidad del románico. Admira la discreta solemnidad del neoclásico inglés y la capacidad de manejar grandes paisajes de Francia e Inglaterra a partir del siglo XVII. Obvio, el encuentro con la obra de Le Corbusier es un episodio inolvidable. Pero también están sus vivencias en lugares simples, ocultos y mágicos, que aportan la obra vernácula y llena de humanidad en todos los lugares que recorrió en América, Europa y Asia (“En Europa sentí amor por cada país”, declara). Es invitado por el prestigioso MIT de Boston a impartir clases de taller. También recibe una invitación para desarrollar un curso en la Architectural Association de Londres. Un viaje al parque Pumalín en la Patagonia, haciendo auto stop con dos de sus nietos, es quizá la última de sus aventuras. Para entonces tiene 90 años.

Boceto a la acuarela de Mario Pérez de Arce (hacia 1940). / Water- color sketch by Mario Pérez de Arce (c. 1940).

Mario Pérez de Arce Lavín haciendo un apunte de viaje (2000). / Ma- rio Pérez de Arce Lavín drafting a travel note (2000)

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