-B: ¿Cuándo dirías que descubriste que lo tuyo era la arquitectura? -M: La decisión inicial fue más bien inconsciente. Fue en la escuela donde yo entendí de qué se trataba realmente proyectar. Ahí le encontré el sentido. Obviamente que la cercanía con mi padre y haberlo visto a él trabajar y enten- der cómo era el oficio del arquitecto es una información previa súper importante; una experiencia fundamental, pero creo que como en segundo o tercer año entendí de qué se trataba y cuál era el sentido de la arquitectura. -B: ¿Qué recuerdos tienes de haber acompañado a tu papá en el trabajo? -M: Recuerdo haber estado en la oficina (Flaño, Núñez y Tuca) y verlo trabajando, revisando maquetas… me acuerdo de una maqueta muy bonita de la Escuela de Economía en San Joaquín. Era de la mitad del edificio, que es una gran galería interior, y la maqueta tenía un espejo al fondo para duplicarla y darle la dimensión completa del edificio. Yo debo haber tenido 12 años. En esa época todavía se dibujaba todo a mano y los planos se pintaban con lápices a colores. Era un trabajo manual muy llamativo para un niño. Y verlos a ellos cómo afrontaban la profesión; la total dedicación que le daban a los proyectos, la seriedad con que llevaban la oficina. Ellos transmitían una valoración ética del trabajo del arquitecto bien admirable. -B: ¿A tu papá le gustó que optaras por la arquitectura? -M: Yo creo que sí. Aunque siempre hemos mantenido una distancia profesional que me permitió hacer mi propio camino. Nunca trabajé en su oficina. -P: ¿En qué consistió tu proyecto de título? -M: Una tesis sobre la utilización de los techos de los edifi- cios en el centro de Santiago. Mi profesor guía fue Sebastián Irarrázaval, quien fue mi profesor de taller 3 y con quien
hice mi práctica. El proyecto en sí no era muy lucido, pero la investigación, poner el tema de recuperar los techos de los edificios y entender que ese lugar tenía un potencial de desarrollo en la ciudad, como una quinta fachada, sigue siendo una buena idea. -P : ¿Cuál fue tu primer proyecto ya titulado? -M: Mientras estaba haciendo el Magíster, Teresa Möller nos encargó a mí y a Bernardo Valdés, un quincho en Calera de Tango. Es un pequeño pabellón de madera, que quedó muy bien. Producto de esa buena experiencia, ella nos recomendó a Miguel Purcell para hacer su casa en el Camino a Farellones, que fue el primer encargo más importante. Es una casa en la precordillera, en un sitio en Lo Barnechea que enfrenta el valle del Santuario de la Naturaleza. Miguel fue el mejor primer cliente que un ar- quitecto pudiera querer; en esa casa nos permitió trabajar con mucha libertad a pesar de nuestra poca experiencia y desarrollar numerosas ideas. Esa casa tiene una relación bien estrecha con la topo- grafía y el paisaje. Existían unos espinos en el terreno, que mantuvimos, y la casa se adapta al lugar y la pendiente. Fue muy importante en definir temas de arquitectura que luego he seguido trabajando. Luego de esa casa, Miguel me encargó algunos proyectos en Portillo. Eso se tradujo en hacer obras en locaciones de condiciones difíciles, de climas y geografías extremas, que es una línea de proyectos que también he seguido desarrollando hasta hoy. -Y y P: Tu obra se caracteriza mucho por ser muy fuerte en la estructura y la diagonal. Explícanos, ¿cómo llegas a eso? -M: En el momento en que uno empieza a llevar la estruc- tura a sus componentes básicas, a la expresión pura de la estructura, en un país sísmico, aparece la carga horizontal, que se traduce en una diagonal. La diagonal es un vector
U Casa camino a Farellones, en Santiago. Terminada el año 2006, fue la primera casa diseñada por Max Núñez.
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AOA / n°52
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