MOVIMIENTO MODERNO
Por R Andrés Weil Parodi & Beatrice Weil Mohr, Arquitectos EDWIN WEIL Q Edwin Weil en su oficina en el Paseo Bulnes n° 166, oficina 33.
Arquitectura pública, urbanidad y oficio desde el sur de Chile
R La calidad de un maestro se reconoce con el tiempo. Al pasar, se van descubriendo nuevas facetas de su obra que permiten volver a valorarla. Durante 50 años, Edwin Weil extendió la urbanidad de Frutillar al resto del país a través de la edificación que proyectó desde el MOP. En un mundo confundido por la Inteligencia Artificial, la simplicidad de sus planos y la expresividad de sus acuarelas, son orientadoras. El legado de este Premio Nacional nos recuerda que la poética de la arquitectura debe dirigir los avances tecnológicos de la ingeniería.
dwin Weil Wöhlke (1922-2011), Premio Nacio- nal de Arquitectura 1981, fue conocido por su destacada carrera en el Ministerio de Obras Públicas. Junto a su esposa y socia, la arqui- tecta Graciana Parodi Ewing, desarrolló en paralelo una producción profesional relevante en el ámbito privado. Fue académico en la Uni- versidad de Chile durante 60 años y participó, activamente, en el Colegio de Arquitectos. Nació en Frutillar cuando esta era una joven comunidad que, en apenas 65 años, se había convertido en un próspero centro económi- co gracias al talento de sus ciudadanos y a una privilegiada ubicación territorial. El lago Llanquihue era paso obligado en la ruta in- ternacional que conectaba Osorno y Puerto Montt con Buenos Aires y Europa, a través de Ensenada, Peulla y Bariloche. Su bahía ofrecía las condiciones más seguras para navegar. La ex- tensa playa facilitó la construcción de varios muelles que permitían a las naves atracar bajo diversas condiciones climáticas. Esta ventaja competitiva incentivó la instalación de industrias en el borde lacustre, convirtiéndolo en un E
polo metropolitano. Con la llegada del ferrocarril, en 1913, mejoró su centralidad. Alrededor de la estación de trenes se formó Frutillar Alto, un segundo sector industrial al que se fueron trasladando, en poco tiempo, las fábricas que estaban junto al agua. En la medida que se iban liberando los terrenos frente de playa, familias de agricultores pu- dientes, que vivían en el interior, los fueron comprando para construir sus residencias. Al observar este proceso con la perspectiva actual, la transformación de la Costanera de Frutillar fue una exitosa operación de recuperación de un barrio industrial. En cierto modo se adelantó medio siglo a una tendencia mundial en urbanismo, como la renovación de Puerto Madero en Buenos Aires, los Docks en Londres y la Hafenstadt en Hamburgo. Antes de la televisión, pocos sabían que existía Frutillar. Llegar a su costanera se siente como un aterrizaje perfecto. Desde Frutillar Alto, el camino hace unas suaves curvas antes de enfrentar, en una pronunciada bajada, el cono simétrico del Volcán Osorno reflejado en la superficie convexa del lago Llanquihue. En este lugar extraordinario, la ciudad se ordenó a partir del sentido común: Al centro se ubicó el Edificio Consistorial, los servicios públicos, el Correo, Carabineros y el Club Alemán; hacia el norte, el
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