Revista AOA_07

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El acceso es una gran abertura y esta definida por una marquesina y una amplia escalera que conduce al hall, un gran espacio totalmente vidriado hacia el mar. Al cruzar ese espacio se puede acceder a un extenso balcón que asoma hacia la bahía. En los cuatro pisos superiores, la mitad de las habitaciones enfrentan la ciudad sobre el desierto montañoso, mientras que las demás enfrentan la extensión de la bahía. Asimismo, el volumen que contiene los grandes salones para eventos extiende el edificio sobre la playa, resuelto en una arquitectura náutica, pilotis, ventana horizontal y brise-soleil. La obra se destaca por su gran escala, bajo la forma de un macizo volumen torcido, apropiado a la vastedad del territorio donde se asienta. Pero uno de los logros más importantes de Lira es la permeabilidad que logra con una arquitectura antisísmica. Eso ocurre debido al vaciado del nivel de acceso del lobby y salones, gracias a robustas columnas y a los muros vidriados. Socialmente, durante años el hotel ha sido un lugar de confluencia de la sociedad antofagastina, que ha disfrutado por generaciones de sus amplios salones y de su antiguo bar Chuqui, dispuesto hacia la ciudad. La guía Conozca el Norte de Chile, de 1954, destaca: “El síntoma más claro de la fe que existe en el porvenir de Antofagasta lo da la existencia del actual Hotel de Turismo, imponente edificio de siete pisos, ubicado a orillas del mar a pocos metros del centro de la ciudad, y de elegantes y armoniosas líneas. Se trata del mejor hotel de la costa sur del Pacífico, no sólo por la belleza de su edificación, sino que por sus comodidades, su capacidad y la excelencia de sus servicios. Aún cuando a la fecha está todavía inconcluso, gran parte de sus instalaciones han sido habilitadas, y cuenta ya con acomodación para unas 150 personas. Tiene un buen servicio de comedor, un magnífico bar decorado con motivos regionales, una boite en la cual siempre actúan atracciones artísticas, y en general todas aquellas comodidades que exige el conocedor. Este hotel era una necesidad vital para la región, como lo comprueba el hecho de que generalmente todas sus acomodaciones pasan ocupadas. 10 El Hotel Turismo de Antofagasta, no sólo es una magnífica obra monumental, que media entre la ciudad y territorio, sino que también integra obras de artes de un destacado artista germano, nacionalizado chileno, Thomas Roessner (1913), conocido por su extensa carrera diseñando escenografías y vestuarios para el Ballet Nacional.

En la edición internacional de la revista Mundo Diplomático de febrero de 1962 11 , con artículos dedicados al porvenir de Antofagasta, sobresale uno cuyo título destaca el favorable clima de “Antofagasta, la ciudad del clima perfecto”, y el progreso urbanístico que la ha embargado, a través de una serie de proyectos urbanos y arquitectónicos 12 . En otra página, bajo una foto aérea del Hotel Turismo “donde se puede apreciar la sobriedad de sus líneas”, se lo compara con lujosos hoteles como el Panamá Hilton Caribe, el TajMahal en la India o incluso el Imperial de Tokio. 13 Durante los años 50, la revista En Viaje ya había destacado la arquitectura del Hotel Turismo: “Es, tal vez, el más grande del Pacífico Sur. Hace poco que se encuentra en servicio para recibir la apreciable cantidad de pasajeros que la visitan desde los puntos más distantes del país, sin olvidar a los turistas de países vecinos, cuya afluencia tiende a ser mayor cada día (…)” 14 . Entre las afirmaciones que se hacen durante sus primeros años de vida, esta es una de las más acertadas, ya que por lo menos en Chile -que ocupa la mayor parte de la costa americana del Pacífico Sur- no existieron hoteles modernos equiparables a su envergadura. De hecho, junto al cordillerano hotel Portillo, son los dos únicos ejemplares de carácter territorial por sus relaciones y por el adecuado uso de la gran escala para hacer frente a la vastedad del paisaje. En ambos proyectos Martín Lira definió un enorme volumen macizo de seis plantas que se tuercen para captar la vastedad del lugar. Esa primera definición lo integra a su entorno. En Portillo la Laguna del Inca, la cordillera y el cerro Aconcagua; en Antofagasta, la bahía de San Jorge, el océano y los cerros desnudos del desierto de Atacama. Mientras el primero está en una condición totalmente natural, el segundo -en una situación más compleja, al situarse en el borde de la urbe-, en su encuentro con el mar configura un límite monumental que media entre la escala del paisaje y de la ciudad.

(*) Arquitecto Universidad Católica del Norte, Master Historia, Arte, Arquitectura y Ciudad, ETSAB-UPC y candidato a Doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura ETSAB-UPC. Profesor titular Departamento de Arquitectura de la UCN, Miembro de Docomomo Chile.

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