Las puertas de Borgheresi, una mirada personal
por / by Juan Luis Martínez Nahuel
The Borgheresi doors, a personal view
La primera vez que conocí a Horacio fue en mi etapa final de estudiante de Arquitectura en la Universidad Finis Terrae. Por coincidencia me tocó como comisionado en los tres últimos talleres de mi carrera, dos de ellos del profesor León Rodríguez. A pesar de ser un profesor absolutamente desconocido para mí, recuerdo perfectamente su presencia. Hombre elegante, de pocas palabras, sarcástico y asertivo en sus pocas intervenciones. Eran años de juventud, cuando la mayoría de los estudiantes pecábamos de cierto escepticismo al considerar que los profesores de mayor edad "no se habían puesto al día" (nada más alejado de la realidad en muchos casos). En esos últimos años de carrera se acrecentó mi motivación por la investigación de la arquitectura nacional. Recuerdo estar en la biblioteca y toparme con dos artículos que fueron relevantes para conocer a este arquitecto. El primero, de la Revista CA 71, sobre su casa en la calle Lo Saldes; el segundo, del libro de 100 Años de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica, sobre la casa Jordán en Pedro de Valdivia Norte. No puedo olvidar mi profunda impresión al ver las planimetrías, la disposición de las plantas según el terreno, conformando una serie de patios y espacios intermedios, el uso de las mamparas vidriadas a lo largo de toda la fachada, los lucernarios dispuestos sobre los espacios protagónicos, los amplios aleros de alerce que entran y salen de las viviendas, los muros de albañilería a la vista, etc. Ese día tomé conciencia que aquel hombre silencioso de barba al cual yo desconocía y miraba en las comisiones con desconfianza, era un Maestro. Un par de años después, desde la ventana de una micro por Avenida Las Condes pude ver una preciosa casa esquina que había “aparecido” luego de que podaran el frondoso jardín que la tapaba. Le estaban desmantelando las mamparas de raulí de la fachada para reemplazarlas por ventanales de aluminio. Un letrero indicaba “se venden puertas”. Al instante me bajé de la micro y al entrar en la casa y hablar con el dueño corroboré que se trataba de un proyecto de Borgheresi. Negocié 25 puertas a un precio insólito (más tarde las reutilizaría en una de mis primeras obras). La anécdota me motivó a contactar vía email a Horacio, quien se encontraba enfocado en un nuevo proyecto docente en la ciudad de Puerto Varas. Pensé que mi correo nunca sería respondido, pero para mi sorpresa se emocionó profundamente con mi historia. Viajé al sur a visitarlo y desde hace siete años que somos amigos. Desde entonces he ido lentamente recopilando acabada información sobre su obra, visitando las viviendas que aún quedan en pie. A pesar del deterioro y respectivas transformaciones, nunca me han dejado de impresionar. También he sido testigo de momentos personales tristes, como su repentina ceguera, lo cual acrecentó su deterioro físico y económico, pero también he sido testigo de su amplia calidad como persona, su enorme pasión y sensibilidad por la arquitectura, el "hacer arquitectura" y no hablar de arquitectura en difícil, las entretenidas historias de su contacto directo con los grandes maestros de la arquitectura moderna. Largas conversaciones siempre acompañadas de un bourbon o un gin. Nota: Solo unos pocos días después de escritas estas palabras, mientras se preparaba este artículo, Horacio Borgheresi murió, internado en el Hospital del Salvador, en un día de lluvia. Su funeral se realizó en el Cementerio General, en un día radiante de sol. Su cuerpo descansa en un mausoleo que él mismo proyectó para la familia Simonetti.
The first time I met Horacio was on my final stage as architecture student at Universidad Finis Terrae. By sheer coincidence he was present in the evaluating commissions on the last three workshops of my career, two of them with Professor León Rodríguez. In spite of being a totally unknown professor to me, I perfectly remember his presence: an elegant man, of scarce words, sarcastic and assertive in his few remarks. Those
were the years of youth in which most of the students were somewhat skeptical, regarding old professors as “not up to date” (nothing further from the truth in many cases). In those last years my interest in national architecture research grew. I remember being in the library and coming upon two articles that were relevant in getting to know this architect. The first one, in CA Magazine 71, on his house on Lo Saldés Street; the second one on the Jordán house in Pedro de Valdivia Norte district. I can’t forget how impressed I was looking at the drawings, the position of the layouts on the site, forming a series of courtyards and intermediate spaces, the use of glassed screens on the whole extension of the façades, the skylights placed above the main spaces, the large eaves in alerce wood that moved in and out of the houses, the exposed brickwork walls, and so on. That day I became aware that the silent bearded man that I didn’t know and looked at with mistrust was a Master. A couple of years later, from a bus riding on Las Condes Avenue I was able to see a beautiful corner house that had suddenly appeared from behind a recently pruned lush garden. Its raulí wood screens were being dismantled from the facades to be replaced by aluminum windows. A sign read “doors for sale”. I got off the bus at once and upon entering the house and speaking with the owner I confirmed it was one of Borgheresi’s projects. I negotiated 25 doors at an unbelievable price (later I would reuse them in one of my first projects). The tale moved me to contact Horacio by email, who was focused on a new academic project in Puerto Varas. I thought my email would never be answered but to my surprise he was deeply moved by my story. I traveled to the south to visit him and we’ve been friends for the past seven years. Since then I have been slowly gathering information on his work, visiting the homes still in place. In spite of the wear and transformations they have seldom failed to impress me. I have also been witness to sad personal moments, such as the sudden blindness that accelerated his physical and financial decline. But I have also seen his personal greatness, his immense passion for and sensitivity to architecture, his “do architecture” and not talk about architecture in difficult speak, and the exciting stories of his direct contact with the great masters of modern architecture. Long conversations always with the help of a glass of bourbon or gin.
Note: Just a few days after writing these words, as this article was being prepared, Horacio Borgheresi passed away at the Salvador Hospital on a rainy day. His service was held at Cementerio General, on a radiant day full of sun. His body rests in a mausoleum he designed for the Simonetti family.
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