Revista AOA_17

Casa Labbé, cerro Alvarado, La Dehesa,1941 / Labbé House in Alvarado hill, 1941.

Siete casas

Por Alberto Montealegre (*)

En un período temprano de la obra de Duhart, hay dos casas que hay que destacar. En ellas está presente una postura renovadora, compartida también con otros arquitectos chilenos contemporáneos, que busca nuevos medios de expresión arquitectónica fuera de los estilos predominantes en el momento. Los estilos, con toda la fascinación que provocan por su fuerza estética y entroncamiento con una tradición histórica atesorable, eran sentidos por los arquitectos jóvenes de entonces como ajenos a la nueva época y realidad cultural que se estaba viviendo. Era necesario encontrar una expresión arquitectónica auténtica diferente de la máscara de prestigio y tradición que los estilos, repetidos a veces con gran maestría y finura, conferían a los propietarios. Eran los estilos en esa época un ropaje para una representación; una apropiación de formas simbólicas. En ese escenario, era necesario ser originales, encontrar un origen legítimo para plantear una nueva arquitectura. Se le buscó en la tierra, en la geografía y en lo más propio y profundo de una tradición chilena. La presencia del Movimiento Moderno, quizás en ese momento un tanto remota, inspiraba también esta nueva tendencia. Un primer proyecto –en ese momento el arquitecto tenía 24 años–, la casa de la señora Labbé en el cerro Alvarado (1941) que desarrolló con Héctor Valdés Phillips, es representativo de esta nueva sensibilidad. La obra se plantea como un elocuente gesto frente al paisaje de la cordillera, el cerro El Plomo y el valle de La Dehesa, en una actitud completamente nueva. Se rompe aquí claramente la visión clásica del edificio en una perfecta finitio formal y su condición de autonomía de objeto frente al paisaje. Ya no vale la concepción de la residencia como dominadora de un entorno creado artificialmente para ella, la del edificio como ordenador del paisaje constituyéndose en su centro. La Casa Labbé no tiene un valor protagónico, quiere ser parte del paisaje existente y encuentra todo su sentido en su inserción en él; la planta gira siguiendo las cotas del terreno y se abre expresivamente al entorno geográfico.

El planteamiento de una nueva materialidad y el trabajo con ella es característico de esta búsqueda del origen. Se eligen muros de adobe reforzados con contrafuertes y agrupados formando un sistema de cajas pequeñas, estables frente al sismo. Emerge un pilar de esquina en el alero, un tronco que parece recogido casualmente en el sitio. El techo que sobre la terraza se transparenta formando un treillage. Son elementos que inauguran una nueva sensibilidad y categorías formales muy libres, lejos de las recetas académicas de los tratados. Quizás hoy no aparezca claramente la fuerza original que tuvo esa postura en el momento de su aparición. Por otra parte es interesante el rigor conceptual con que se llega a esa innovación, frente al riesgo de una nueva academia, que hoy repite mecánicamente el vocabulario formal del Movimiento Moderno.

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