Palacio del Alba y del Ocaso / Palace of Dawn and Twilight.
El encargo lo hace el poeta al Taller de Obras de la Ciudad Abierta, siendo el segundo intento de construir un Palacio. El programa inicial es para dar casa a cuatro familias y a un número a determinar de huéspedes. Surge de un encargo poético que no habla de cuatro hospederías, sino de Palacio del Alba y del Ocaso. Ciertamente éstas son palabras poéticas que se oyen. La arquitectura que sí las oye debe trabajarlas, vaciarlas a vocablos para que no sean sólo fuente de iluminación, de inspiración, sino el fundamento de la obra. Es así. La ronda de arquitectos en el Taller de Obras de la Ciudad Abierta sale, en acto de observación, tras estas voces de la poesía. Salir a observar dibujando, croquis y texto, la iluminación en el paso de la noche al día, allí donde ocurre el alba y la aurora, que abre el día a la mañana. Igual cosa con el ocaso, salir a observar al término de la jornada diaria, los últimos rayos que ocultándose colorean la atmósfera, atravesando la penumbra en el ocaso, los que dan paso a la noche. Alba y ocaso, a través de la observación, se los vio y nombró como lo “inequívoco”. Son los dos momentos del día cuando se sabe con precisión que en él se está; no ocurre así con momentos como la mañana y el mediodía o el atardecer, límites difusos que tienen, por así decirlo, un espesor. Lo inequívoco es ubicación delimitada, neta. Esta vez es la partida. Ya nombrados los vocablos arquitectónicos que la fundamentan y orientan, el arquitecto que guía al Taller de Obras, Alberto Cruz C., ofrece un partido arquitectónico para proceder con la obra, consistente en el trazado de un recinto que contiene dos patios de 12 x 12 metros, vinculados por un tercero, de planta triangular. Adosado a éste y contiguo a una planta para futuras habitaciones. Todo ello, un esquema para ser trabajado en ronda. Se decide construirlo en ladrillo fabricado in-situ. Se ha buscado vivir la experiencia de construir la obra partiendo desde la fabricación del material,
con la finalidad de ir elaborando palmo a palmo cada requerimiento. Junto a ella se levanta un chantier para habitarla desde la partida. No sólo se consultó a un ingeniero, sino que en ronda se le ofreció la obra para que inventara el cálculo estructural preciso, propio de ella. Habiendo oído el fundamento y estudiado el partido arquitectónico –lo inequívoco– él determinó los módulos curvos en planta: módulos de 2x2 m cimentados no en la tierra arcillosa del lugar, sino que aislados de ésta, flotantes sobre arena con pega de mortero pobre, de modo de equiparar la resistencia entre mortero y ladrillo en un cálculo de asismicidad y capaz de resistir un esfuerzo sísmico grado 6 a 7 en la escala de Richter. Se construyeron las “machinas“ para edificar el escantillón de los muros- módulos, que forman el recinto de los dos patios cuadrados y del patio triangular. Los suelos se pavimentaron con ladrillos, siguiendo un trazado cuya generatriz es la diagonal del cuadrado y manteniendo una pendiente del 1%, para verter el agua lluvia a las canaletas de evacuación diseñadas según el cálculo hidráulico. Al ingeniero se le solicitó la condición de sequedad o de no-apozamientos. Somos testigos de la invención que formulara Alberto Cruz y que llamó “la ronda”, que significa espaciar, para hacer lugar, ceder el paso para que quepa la intervención de varios. Y también, sostener la abertura creativa que funde en la voz del Arquitecto, que es el total. Esto, para proyectar y construir el espacio habitable vivo y palpitante de justa densidad y forma, dando cabida al acto de hospitalidad. Como también asistimos a la devoción de Alberto Cruz por la construcción del espacio en su tránsito a la forma. Así, no hay tramo insignificante, todo es obra. Ello, sólo posible en una total dedicación. Un trabajo realizado de igual modo como lo hiciera Antoni Gaudí, llevándose el catre a la obra.
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