Tanto por la trayectoria como por las características personales y profesionales del Hermano Martín Correa OSB, cuando recibí el encargo de desarrollar un artículo dedicado a su figura me pareció que no podía llevarlo a cabo solamente con una recopilación de su obra y escritos, ni tampoco en base a mis propias vivencias y experiencias como colaborador suyo durante el desarrollo del proyecto de la Iglesia de los Benedictinos. Si bien existe una extensa bibliografía acerca de la iglesia y del monasterio (1) , el hecho de conocer desde hace muchos años al Hermano Martín, su condición de monje-arquitecto, haber trabajado en estrecha cercanía, admirar su postura y visión de la arquitectura religiosa y por extensión de la arquitectura contemporánea en general, me convencieron de que esta era una oportunidad de recoger -con sus propias palabras y desde sus propias vivencias- una serie de temas relacionados a su persona, su pensamiento y su obra, aun arriesgando que su modestia limitara el vigor y profundidad de su relato. Juntos convinimos una pauta temática que guiara un relato capaz de dar cuenta de la trayectoria de su vida, no solo desde el monacato sino desde su relación con la arquitectura. En asociación con el Padre Gabriel Guarda OSB, fue coautor de una de las obras contemporáneas más señeras de la arquitectura en Chile. El Monasterio Benedictino, declarado Monumento Histórico por el Consejo de Monumentos Nacionales en 1981, constituye uno de los pocos casos que figura en las nominaciones a monumento nacional en la segunda mitad del siglo XX. Conversando con la franqueza y libertad que otorga una sólida amistad, pero principalmente a partir de las que podríamos llamar repuestas a mis provocaciones, se fue configurando el texto que constituye el cuerpo central de este artículo, acompañado de dibujos, gráficos y fotografías -varios de su autoría y rescatados por el Hermano Martín de entre sus papeles y archivos monacales- los que junto con ilustrar sus palabras, dan cuentan del significado que para él revisten dichas imágenes. En un trabajo de varios meses y con la distancia que imponen la vida contemplativa y de claustro, se entrega un testimonio directo, profundo y a la vez espontáneo, solo alentado por mí acicateándolo a dar rienda suelta a sus recuerdos, convicciones y antecedentes que explican y describen una obra que todos admiramos y nos emociona.
alegría se manifestó de muchas maneras, siendo la quema del Vignola en forma pública y bulliciosa la expresión más simbólica de la nueva orientación. Lo paradójico fue que quienes nos estimulaban para el cambio y debían asumir la dirección del nuevo proceso formativo, nos informaron que no podrían hacerse cargo, ya que habían conseguido fundar el Instituto de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, con la mayor autonomía. Es el origen de lo que llegaría a ser la Ciudad Abierta de Ritoque y del proyecto Amereida. Fue entonces que los alumnos recurrimos a Sergio Larraín García Moreno, quien llegó a decano en 1952 y junto a Mario Pérez de Arce Lavín, Héctor Valdés Phillips, Emilio Duhart y otros formaron el nuevo equipo de profesores. La vocación religiosa monacal Ya en la universidad, o antes, ¿cómo surge la vocación religiosa?¿Por qué en una orden monástica y, concretamente, la Orden de San Benito? - En tercer año experimenté una crisis vocacional. Venido de una familia católica tradicional y educado en colegios con buena formación religiosa, trataba de vivir mi fe cristiana en forma consecuente, pero en medio de una vida social muy encarnada y natural con numerosas amistades de ambos sexos. Fue entonces cuando el capellán de la universidad me invitó a crear en Arquitectura un grupo de la Acción Católica, lo que a su vez me llevó a tomar contacto con el capellán de la Acción Católica universitaria de la arquidiócesis, el padre Gonzalo Silva. Así, participando con asiduidad en encuentros de oración, comentarios del Evangelio y ayuda a una población de escasos recursos, fui sintiendo la necesidad de entregarme totalmente a Dios, algo incompatible con una vida de profesional a la cabeza de una familia. Como las palabras de Jesús al joven rico que le preguntaba qué hacer para ser mejor: “Una cosa te falta todavía: vende todo lo que tienes y distribúyelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme” (Lucas 18,22). Ese ‘ven y sígueme’ me llegaba muy adentro. Pensando en dar el paso bien seguro, trabajé unos tres años como dibujante en Bolton Larraín Prieto, y donde Sergio Larraín García Moreno proyecté y construí una casa. Para salir de toda duda egresé de quinto año, aunque mi anhelo de seguridad no dio para hacer el proyecto final, que me iba a demorar otro año. Ahora bien, en el momento de los quiubos , seguramente dadas mis limitaciones personales que me inclinaban a la dispersión, el Señor me fue guiando no hacia una vida religiosa apostólica clerical, sino hacia una enclaustrada como la benedictina, que conocí providencialmente. Se trataba por entonces de una pequeña comunidad de monjes a cargo de un padre espiritual radicados en las afueras de Santiago, en medio del silencio, tratando de vivir según la regla llena de sabiduría, mesura y profundidad establecida por San Benito para los que quisieran buscar a Dios. Me atraía el equilibrio de la jornada con sus tiempos de oración, trabajo manual, estudio y momentos de camaradería. Y especialmente la espiritualidad benedictina, por estar enraizada en las Sagradas Escrituras, en los padres de la Iglesia y en una liturgia hecha con gran pulcritud y sobriedad. En otras palabras, una espiritualidad Cristo céntrica, sin devociones particulares y abierta al hombre de cualquier época y condición. Por último, me atraía la responsabilidad apostólica contemplativa por la cual, separado de todos, se puede estar más profundamente unido a cada uno, en Cristo.
La vocación arquitectónica y la vocación religiosa monacal
Al salir del colegio, quizás antes, ¿cuáles fueron las motivaciones y razones para estudiar Arquitectura?¿Había solo un interés artístico, una vocación por el diseño, o existían también otros desafíos? - A los 18 años, lo único que tenía claro era mi deseo de estudiar una profesión que fuera por el lado del arte, y mi primo arquitecto Sergio Larraín (socio de Carlos Bolton y Luis Prieto) me orientó hacia Arquitectura. Allí me encontré con dos corrientes formativas: una clásica, con el tratado del Vignola como manual y que auspiciaba la dirección, y otra contemporánea, representada por el curso de “plástica” liderado por profesores como Alberto Cruz Covarrubias, Alberto Piwonka y otros, muy al día de los trabajos de Le Corbusier y de la Bauhaus. Ya en cuarto año la tensión entre ambas corrientes era insostenible, y como el cambio que se pedía no era escuchado por la dirección y tampoco por el rector de la universidad, don Carlos Casanueva, se decidió no asistir a clases. Después de unas semanas, y gracias a la intervención del vicerrector, don Bernardino Piñera, renunciaron el decano don Alberto Risopatrón y el director Alfredo Johnson. La
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