18/INTERNACIONAL
el horizonte
Martes 12 de mayo de 2026
EN BREVE
SE TAMBALEA LIDERAZGO DE STARMER Se agrava crisis en Reino Unido El primer ministro británico, Keir Starmer, se vio sometido a una renovada presión este lunes, luego de que cuatro asesores ministeriales dimitieran y más de 70 legisladores laboristas pidieran públicamente su renuncia, tras considerar insuficiente su solicitud de una nueva oportunidad. En un discurso ante militantes del partido en Londres, Starmer hizo un llamado a cerrar filas y evitar una contienda interna por el liderazgo que, advirtió, solo generaría caos; sin embargo, su mensaje pareció no tener el efecto esperado para frenar la crisis.
DELCY APUESTA POR COOPERACIÓN Venezuela rechaza la anexión a EUA La presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, descartó este lunes que su país se incorpore formalmente al territorio estadounidense, como reportó previamente la cadena Fox News, con base en comentarios atribuidos al mandatario de ese país, Donald Trump. “Eso no está previsto, ni jamás lo estaría, porque si algo tenemos los venezolanos es que amamos nuestro proceso de independencia y a nuestros héroes y heroínas”, sostuvo la funcionaria desde La Haya, tras ser cuestionada por la prensa sobre el tema.
FOTO: AP
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COLUMNA ESPIRITUALIDAD POR RON ROLHEISER
Una pequeña traición
THOMAS MERTON DIJO UNA VEZ QUE LO QUE TEMÍA EN SU PROPIA VIDA no era tanto una traición MASIVA a su vocación, sino una serie de pequeñas traiciones que CONDUCEN a un tipo diferente de muerte. Y ese es el PELIGRO que yo también temo, tanto PARA MÍ MISMO COMO PARA NUESTRA CULTURA. H ace sesenta años, Kay Cronin escribió un libro titulado Cross in the Wilderness (La cruz en la tierra salvaje), en el que nar- Además, contaban con muy pocas comodidades materiales. Vivían en chozas de troncos o de barro y se ali- mentaban mal. Prácticamente carecían
cuada, una higiene apropiada, acceso a la educación y a la información, un des- canso regular y vías de esparcimiento saludables. Mi vida y mi ministerio son un maratón, no una carrera de veloci- dad; y el cuidado adecuado de uno mis- mo es una virtud, no un vicio. Aun así, resulta fácil racionalizar y caer en la adicción a la comodidad y a la seguridad. San Pablo, al reflexio- nar sobre su propia vida misionera, es- cribió en una ocasión que se sentía a gusto con cualquier circunstancia que le tocara vivir, ya fuera en la abundan- cia o en la escasez. Me gusta creer que lo mismo es cierto para mi propia vida; pero —y esto es algo que nos sucede a la mayoría— cuanto más vivimos ro- deados de abundancia, más tendemos a protegernos dentro de ese capullo. Como hijos de nuestra cultura, creo que podemos volvernos fácilmente adictos a la comodidad y a la seguridad. Una vez que nos hemos acostumbrado a la segu- ridad, a la buena comida, al agua limpia, a una higiene adecuada, al acceso a bue- nos médicos y a la medicina apropiada, al acceso a un entretenimiento constan- te, al acceso a información instantánea, a una conexión regular con nuestros se- res queridos, a oportunidades educativas y recreativas ilimitadas y a todo tipo de maravillosos lujos y comodidades, ace- cha el gran peligro de que no seamos ca- paces —ni fácil ni totalmente— de des- prendernos de ninguna de estas cosas. En consecuencia, podemos terminar siendo buenas personas —sin grandes traiciones, aunque tampoco sin gran- des autosacrificios—; buenas, pero no grandiosas; admirando la grandeza de los demás desde la comodidad y la seguridad de un cómodo sillón.
diciones de vivienda, la mala alimenta- ción y la inestabilidad de sus vidas. Como misionero oblato que soy — como miembro de la misma familia re- ligiosa—, me siento orgulloso de lo que hicieron estos hombres, y con jus- ta razón. Fueron abnegados hasta el punto de dar la vida. Sin embargo —dicho esto—, leer su his- toria es también una experiencia que me invita a la humildad. Contemplar su sa- crificio radical de toda comodidad es, para mí, un espejo en el que me miro con
considerable inquie- tud y vergüenza. Ob- servo mi propia vida y veo un exceso de ape- go a la comodidad y a la seguridad. No deseo lo que ellos tuvieron: yo quiero comida sana, agua limpia, una higie- ne adecuada, un des- canso regular, acceso a buenos médicos, ac- ceso a noticias e infor- mación, posibilidades de viajar, contacto fre- cuente con familiares y amigos, oportunidades para realizar retiros y tomar vacaciones, ac- ceso a una formación continua y —algo no
de acceso a médicos y tenían escaso acce- so a los medios nece- sarios para mantener una buena higiene; a menudo, durante sus desplazamientos, de- bían dormir a la in- temperie, sin un re- fugio adecuado con- tra la lluvia y el frío, lo cual provocó que muchos de ellos de- sarrollaran reuma- tismo y otras dolen- cias similares a una edad temprana. Asi- mismo, nunca pudie- ron echar raíces, ni sentirse cómodos en ningún lugar, ni en-
ra cómo, en 1847, un pequeño grupo de Misioneros Oblatos de María Inmacula- da llegó desde Francia al noroeste del Pacífico estadounidense y, tras sufrir al- gunos amargos reveses en el estado de Washington y en Oregón, remontó la costa hacia Canadá, donde ayudó a fundar la Arquidiócesis Católica Roma- na de Vancouver y a establecer la Iglesia católica en zonas importantes del conti- nente de la Columbia Británica. Ella describe a estos hombres —sin duda con cierta idealización excesiva y hagiográfica— como personas recias, totalmente entregadas y completamen- te indiferentes a su propia comodidad y salud. Abandonaron su amada Francia siendo aún jóvenes; sabían que proba- blemente nunca volverían a ver a sus se- res queridos y aceptaron vivir constan- temente en peligro, amenazados tan- to por los duros elementos de su entor- no fronterizo como por la amenaza de muerte proveniente de diversas tribus nativas, así como de distintas fuerzas gubernamentales y soldados mercena- rios que desconfiaban de ellos. Fueron amenazados en numerosas ocasiones, expulsados de varias misio- nes —algunos llegaron a ser secuestra- dos durante ciertos periodos— y varias de sus casas y misiones fueron incen- diadas. Vivían permanentemente al bor- de del peligro; nunca se sentían seguros, nunca estaban libres de amenazas.
• • • “San Pablo, al reflexionar sobre su propia vida misionera, escribió en una ocasión que se sentía a gusto con cualquier circunstancia que le tocara vivir, ya fuera
en la abundancia o en la escasez” • • •
menos importante— quiero seguridad. Quiero ser un buen misionero, pero quie- ro estar cómodo y seguro. Encuentro cierto consuelo en el hecho de que los tiempos actuales son muy distintos de aquellos en los que estos misioneros franceses desembarcaron en el noroeste del Pacífico. Yo no podría desempeñar la labor que realizo hoy —al menos no por mucho tiempo— sin una vivienda digna, una alimentación ade-
tablar el tipo de amistades y contac- tos que pudieran servirles de consuelo y apoyo. Tenían fe en Dios y fe los unos en los otros, y poco más. Sin embargo, fueron capaces de afrontar todo esto con entereza, sin caer en una autocompasión desmedida ni en quejas constantes. Escribían car- tas positivas e idealistas a su casa ma- dre en Francia y a sus familias, y lleva- ban diarios en los que expresaban, ma- yormente, alegría por sus modestos éxitos en el ministerio, rara vez profi- riendo una queja sobre las malas con-
Ron Rolheiser, OMI
RON ROLHEISER: Sacerdote católico y miembro de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Especializado en Teología en la Universidad de Lovaina, Bélgica. Presidente Emérito de la Escuela de Teología de los Oblatos en San Antonio, Texas. Columnista, conferencista y escritor
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