Desde el principio, y por una responsabilidad medioambien- tal, tuvimos claro que este pabellón debía ser desarmable y transportable a un nuevo emplazamiento, extendiendo así su vida útil más allá de los seis meses que duraba la Expo. Se escogió la madera laminada como material para construir y caracterizar el pabellón. Además de su eviden- te valor sensorial y tectónico, dicho material apela a un recurso renovable y valioso en la cadena medioambiental
de nacimiento y perecebilidad. Por otra parte, la madera laminada, al ser un material industrializado, ofrecía una calidad homogénea y un adecuado control técnico, junto a la posibilidad de construir un mecano que se pudiera desarmar y reconstruir en otro lugar. El Pabellón de Chile se planteó como un esqueleto reti- culado que envuelve una caja de madera en cuyo interior se desarrollan distintas actividades relacionadas con la exposición. Esta caja se apoya, a modo de un puente, sobre seis trípodes de acero, invertidos. De esta manera se libe- raba el suelo, disminuyendo el impacto sobre el terreno e incorporando el ajetreo urbano al interior de un horizonte templado, propio de la arquitectura mediterránea que se arraigó en Chile central a partir de la influencia de España en América. La verosimilitud de la estructura diagonalizada, a la que se confió el carácter específico de este pabellón, permitió reunir en una síntesis la forma física y la forma estructural. La racionalidad de la caja impuso un interior flexible que favoreció nuevos usos. En el año 2016, el pabellón se reconstruyó en el sur de Chile, esta vez en la ciudad de Temuco. El nuevo contexto urbano y la presencia inmediata del cerro Ñielol, lugar sa- grado para los pueblos originarios, dieron lugar a una nueva lectura del edificio. !
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AOA / n°50
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