E
n nuestro viaje por la Ruta de las Misiones llega- mos también al pueblo de Parinacota y, por su- puesto, a su iglesia, ícono de postales andinas. Un día soleado nos acompaña, iluminando una larga travesía por la precordillera. Lentamente,
R Ingresar al templo es adentrarse en lo más profundo de la cultura andina y, a la vez, sentirla muy cercana.
en el paisaje plano y desértico, a lo lejos, se comienzan a ver los volcanes que nos guían hasta llegar al lago Chungará. Contemplamos ese mágico lugar y, de regreso a la ciudad de Arica, nos adentramos a Parinacota. Al llegar al pueblo, más que su organización urbana o los escasísimos habitantes –solo dos personas nos esperaban– lo que más llama la atención es el templo y las historias que oculta. La iglesia data de 1627, pero fue reconstruida en 1912 rodeada de un muro de poca altura que marca el sitio y la posiciona de esa forma en el centro del pueblo, sin serlo. Este muro es de adobe y posee tres accesos con arcos y coronamientos en piedra. El macizo campanario, ubicado en una esquina del períme- tro, se presenta con una estructura de dos cuerpos y planta cuadrada, lo que le otorga un diseño robusto y distintivo. En el atrio se encuentran cuatro hornacinas en obra que tienen la función de albergar las imágenes religiosas que se “sacan a pasear” durante las procesiones, lo que resalta la importancia de la tradición y la devoción en este espacio. Además, el uso de cal para blanquear todas las estructuras proporciona un acabado estético y distintivo que también contribuye a la protección del adobe frente a las inclemencias del tiempo. Ingresar a la iglesia es como transportarse en la línea del tiempo, adentrarse en lo más profundo de la cultura andina y, a la vez, sentirla muy cercana. Los visitantes quedan perplejos al observar la cantidad de información que se expresa en sus bellas pinturas murales. Fruto de la historia, esas paredes nos transmiten creencias, miedos, costumbres. Son fuente invaluable e inagotable para comprender la vida y la devoción de la comunidad a través de distintas épocas. Estas obras no solo embellecen y acompañan el recorrido en el espacio sagrado, sino que también funcionan como una clase de religión in situ, la cual refleja la necesidad de educar a la población en la fe católica.
En esas pinturas anónimas se puede observar la participación de los habitantes en las prácticas católicas. Las representacio- nes de los fieles asistiendo a los sacramentos y enfrentando tentaciones indican una comunidad que, aunque no comple- tamente catequizada, se esfuerza por vivir la fe. Además, la inclusión de iconografías locales –como las cabezas de puma y el curaca con dos máscaras– sugiere un intento de fusionar saberes indígenas con la tradición cristiana. Esto permite una lectura más rica y compleja de las imágenes, donde elementos andinos se reinterpretan en un contexto cristiano, reflejando las tensiones y sincretismos vividos. Las pinturas murales de Parinacota no solo documentan la vida religiosa de la comunidad sino que, también, revelan un proceso de negociación cultural en un período de cambios significativos. La coexistencia de creencias pre-cristianas y la devoción que trajeron los españoles subraya la complejidad de la experiencia religiosa en un contexto de colonización y resistencia. Saberes contrapuestos que se fusionan en una nueva religiosidad. !
→ 35
Patrimonio
Made with FlippingBook - Online catalogs