Por : pablo jordán PATRIMONIO RUTA DE LAS MISIONES EN ARICA Y PARINACOTA E l picor exacto del rocoto. El amargo de la oliva. El balance preciso de sal y acidez en el que- so de cabra. El pan amasado sin manteca de Belén, el dulzor del vino pintatani, el aroma intenso del orégano de Socoroma, sin olvidar
siguen poblando estas remotas laderas de nuestra cordillera y zona andina. Resistiendo el paso del tiempo, sus formas, ma- teriales, tecnologías de construcción y simbolismo atraviesan las generaciones y se levantan renovadas, fuertes, gritando su silencio a quienes como nosotros las visitan desde un mundo y culturas diferentes. Sus habitantes y custodios (alféreces, fabriqueros, ma- yordomos) dan cuenta oral de su historia con narraciones y cantos. Cuidan sus raíces, vuelven y re-vuelven a poblarlas de sentido y mensaje. Se viene la fiesta del Santo Patrón y la cascada de fechas rellena el calendario de encuentros y re- cuerdos. Santos, parihuelas, velas y velones, flores de papel y vivas, alfombras, imágenes santas, se funden en procesiones, fiestas, ceremonias y recreación de valores comunitarios. Las iglesias y su señorío posibilitan y justifican esto. Los conjuntos patrimoniales, estructurados en un patrón recono- cible y siempre original, juntan iglesia, atrio urbano, recorrido procesional, cementerio, huerta y casa parroquial, para dar cuenta de un sello atemporal que acoge el símbolo, la fe, la vida en todas sus etapas. Cobijan, jerarquizan y definen el asentamiento. Al alucinante sistema de ocupación del suelo –de tre- mendo valor patrimonial por su integración étnica, histórica, funcional y simbólica–, debe sumarse el paisaje. La dureza y aridez del desierto más seco del mundo encuentra en estas maravillosas quebradas la expresión vital de la naturaleza, abriéndose paso a pesar de su escasez y fragilidad. Se abren así milenarias grietas en la tierra y el paisaje, conectando las nevadas cumbres con el borde costero, atravesando como filamentos de vida la inmensidad del silencio pampino. Define los espacios de asentamiento un sistema de pe- queños valles fértiles en medio de inmensas extensiones de aridez y silencio. A estos espacios claramente delimitados por la topografía, el curso de agua principal y la altura, se asocia el poblamiento prehispánico y posterior, dando cuenta de a lo menos cuatro coberturas temporales. La primera es el uso
el sensual olor y gusto de la guayaba. Los sabores de un territorio acompañan y nutren la experiencia del recorrido. Expresan y resumen tradiciones y cultura. Reúnen a las per- sonas y acarician el alma. En un viaje histórico patrimonial a la Ruta de las Misiones de la Región de Arica y Parinacota nos detuvimos muchas veces a ver y, diría más, a gozar la visita a nuestro patrimo- nio de iglesias, pueblos y comunidades del interior. Codpa, Guañacagua, Belén, Timar, Tignamar, Parinacota, fueron los templos y conjuntos visitados. Las iglesias se entretejen con las localidades que las aco- gen y a las que dan estructura urbana y pueblan, desde los siglos XVI y XVII, en la zona altiplánica. Dan orden al patrón de asentamientos de más de cuatro siglos que asocia paisaje, quebradas, cursos de agua y pueblos. Los templos forman un subconjunto de un total de 33 monumentos nacionales en un territorio que cuenta con una de las mayores concentraciones patrimoniales de nuestro país. La armonía resultante se manifiesta en el recorrido guiado por la excelencia y trabajo de Fundación Altiplano el cual, rít- micamente, muestra cómo la ocupación humana centenaria supo, con intuición y profunda tradición cultural, ocupar un territorio caracterizado como hostil y que, sin embargo, ha sido capaz de sostener en un equilibrio frágil, pero a la vez potente, la vida por siglos. Son las iglesias los elementos guía. No solo constituyen los hitos relevantes del paisaje antropizado, son también el faro identitario de cada localidad: las arman, jerarquizan y dan fundamento a su forma. Entregan el lugar de encuentro. El valor de la existencia. Y recogen la profunda espiritualidad y sentido de comunidad de quienes, por siglos, han poblado y
Q Torre Iglesia Parinacota, 2024. Resistiendo el paso del tiempo, las iglesias atraviesan las generaciones y se levantan renovadas, fuertes, gritando su silencio a quienes las visitan desde un mundo y cultura diferentes.
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