Eliot, al final de su poema Los hombres huecos (1922), presenta una visión del fin del mundo que se aparta considerablemen- te de las narrativas escatológicas y distópi- cas a las que estamos acostumbrados, en las que el destino se resuelve en un único y catastrófico instante. En cambio, para Eliot, “así es como termina el mundo, no con una explosión, sino con un gemido”. Este prolongado período previo al fin ya lo estamos expe- rimentando con la actual Sexta Extinción. Cada año, somos testigos de la desaparición de especies, paisajes y ecosis- temas completos. Con ellos, se extinguen también todas las redes simbióticas asociadas, en una “doble muerte” que, como señalaba Donna Haraway, arrastra al olvido las múltiples historias, recuerdos y culturas que construimos junto a estas formas de vida. Por eso nos aferramos a la esperanza que, de vez en cuan- do, nos ofrece la tecnociencia. Un ejemplo de ello son las noticias de que este año científico lograron germinar semi- llas de un árbol de Commiphora de mil años de antigüedad. Anteriormente, en 2012, lograron lo mismo con semillas de plantas de la especie Silene stenophylla, recolectadas por ardillas hace 30 mil años. También hemos oído hablar de los cosmonautas rusos que, en 1982, consiguieron hacer flore- cer un ejemplar de Arabidopsis a bordo de la Salyut 7, o del astronauta Scott Kelly, quien en 2016 logró hacer crecer una Zinnia en la Estación Espacial Internacional. Estos relatos de “resurrecciones ecológicas” y la posibilidad de colonizar otros planetas son profundamente melancólicos, ya que nos confrontan con el hecho de que lo que no se puede recuperar jamás son las enmarañadas redes simbióticas de las que dependen estas especies, así como los servicios ecosisté- micos que ofrecen. No habría, por lo tanto, una reversibilidad ante la extinción solitaria. Si la cuestión es sobrevivir, está claro que no será un asunto de individuos aislados, sino de comunidades humanas y no humanas que encuentren formas de propiciar encuentros, colaboraciones y parentescos para enfrentar los efectos de los cambios climáticos acelerados. T.S.
Todo parece girar en torno a la aceleración, ya que no es la primera vez que el planeta enfrenta un cambio climático, pero sí la primera en que el calentamiento global tiene una causa antrópica. Eso es precisamente el Antropoceno: un evento geológico en el que ya hemos ingresado, aunque aún desconocemos qué tipo de condiciones planetarias producirá. ¿Cómo afecta esto a la arquitectura? Mucho. Al enfrentar su historia con las grandes magnitudes temporales planetarias, nos damos cuenta de que casi todo lo que conocemos como arquitectura y cultura urbana ocurrió durante el Holoceno, es decir, durante los últimos casi 12.000 años. Por lo tanto, si el Antropoceno es un evento que nos llevará a nuevas condicio- nes planetarias, ¿posee nuestra disciplina las herramientas, conocimientos y habilidades necesarias para enfrentar esta vez no solo un cambio de tendencias, tecnologías, década o siglo, sino una era geológica completa, como lo será el mundo post-Antropoceno? Parecemos estar ante un cambio epistemológico mayor, no solo de conciencia o de ética individual, como lo es incorporar medidas para construir de manera sustentable. Esto se debe a que la historia de nuestro oficio ha estado profundamente ligada a nuestros orígenes agrilogísticos como especie. En Mesopotamia, como apunta Timothy Morton, fue cuando, como especie, aprendimos a pensar de manera excluyente, bajo el principio de no contradicción, donde una cosa no puede ser dos a la vez. Así, la agricultura separó, dividió y excluyó el ambiente entre zonas cultivadas –que transformamos en cultura por nuestras habilidades como especie– y aquellas silvestres o improductivas. De manera similar, la arquitectura comenzó a concebir recintos que delimitaban lo interior de lo exterior; las ciudades se amurallaron, separando a los habitan- tes urbanos de los rurales, y los edificios se subdividieron en espacios cada vez más especializados, manteniendo el interior estrictamente separado de un entorno que a menudo se per- cibía como hostil, peligroso o, en el mejor de los casos, digno de contemplación, pero a una distancia que lo volvía paisaje. Esta forma de pensar nos ha llevado a imaginar arquitec- turas desde oposiciones excluyentes, como arquitectura y naturaleza, ecosistema y sociedad, ciudad y campo, interior y exterior, público y privado, humano y animal. Sin embargo, para cualquiera que observe detenidamente, la vida siempre termina por hibridizarlo y mezclarlo todo. La primavera entra en nuestras arquitecturas en forma de esporas, insectos y aves que anidan en los techos, mientras que hongos proli- feran en los rincones y bajo nuestras fundaciones, al tiempo que enredaderas trepan por los muros y líquenes cubren los espacios entre el pavimento. Si la cuestión es sobrevivir, está claro que no será un asunto de individuos aislados, sino de comu- nidades humanas y no humanas que encuentren formas de propiciar encuentros, colaboraciones y parentescos para enfrentar los efectos de los cambios climáticos acelerados.
X Esquema de la disección que muestra las relaciones entre la raíz y el tallo de importantes plantas de pradera: h) Hieraciu scouleri; k) Koeleria cristata; b) Balsamorhiza sagittata; f) Festuca
ovina ingrata; g) Geranium
viscosissimum; p) Poa sandbergii; ho) Hoorebekia racemosa; po) Potentilla blaschkeana. John E. Weaver. The Ecological Relations of Roots. University of Nebraska, 1917
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