Revista AOA_51

No obstante –parafraseando a Hegel–, hemos impulsa- do el avance de la arquitectura de una manera que hemos destruido inevitablemente las “inocentes flores” al borde del camino. Los discursos de sostenibilidad que surgieron de Kioto a mediados de los noventa, preocupados por lograr un desarrollo “equilibrado” a través de la reducción paulatina de las emisiones de carbono, gases y el consumo energético, hoy parecen insuficientes. Mientras tanto, seguimos pen- sando en la naturaleza como un telón de fondo sobre el cual se destacan nuestros edificios, como una dimensión que no nos concierne, pues nos definimos más como productores de objetos aislados antes que de creadores de biotopos, y como constructores de ciudades más que de ecosistemas. Vivimos en tiempos críticos, eso es indudable, y por lo mismo, caer en la esperanza puede ser peligroso. No por nada Friedrich Nietzsche la llamaba “el peor de los males”, escondida por los dioses en la caja de Pandora, ya que nos castiga dándonos una falsa sensación de alivio y, por lo tan- to, nos lleva a la inacción. Como arquitectas y arquitectos, esperamos que nuevos materiales y tecnologías surjan para resolver el desastre que nuestro modo capitalista ha causado los últimos doscientos años, mientras que seguimos trans- formando nuestro planeta bajo principios agrilogísticos. Al mirar un lugar para construir, no lo vemos como parte de un ecosistema, sino que lo reducimos a la abstracción de un lote y, peor aún, lo percibimos como “vacío”, “sin nada”. Olvidamos que toda arquitectura es una perturbación que altera una red enmarañada de otras formas de vida que, al final, son las que nos sostienen. Toda arquitectura es una perturbación, pero esto no sig- nifica que siempre sea negativa. Puede destruir humedales, bosques o campos dunares, envenenar ríos y costas; pero, como perturbación, también puede generar mejoras en eco- sistemas dañados o en deterioro. Siguiendo a Bruno Latour, podemos afirmar que todo depende de tener las herramientas

adecuadas para el trabajo adecuado: “Con un martillo o un mazo, puedes hacer muchas cosas: derribar paredes, destruir ídolos, ridiculizar prejuicios, pero no puedes reparar, cuidar, ensamblar o reensamblar”. Más allá de toda esperanza, está la acción, y eso es preci- samente lo que necesitamos. Pero también debemos pensar e imaginar más que nunca. Pensar nuevos conceptos para abrir la conversación con otras disciplinas, en un diálogo que nos permita salir definitivamente del siglo XX, rindiendo las exequias correspondientes a sus héroes (los llevaremos en nuestra memoria, pero a los muertos con los muertos). E ima- ginar proyectos multiespecíficos, en colaboración con otros modos de existencia que hagan posible unas Arquitecturas Postsostenibles, es decir, que vayan más allá de un desarro- llo basado en compensaciones y mitigaciones ambientales, para imaginar futuros posibles centrados en la reparación y la regeneración. Porque, como asegura Haraway, mientras aplicamos el prefijo “post” a lo que nos resulta conflictivo, el futuro debe construirse bajo el prefijo “re”, para poder regenerar, reparar, rehabilitar, recuperar, reducir y reintroducir vida a nuestros entornos. Debemos hibridar conocimientos en prácticas que integren temporalidades más allá de lo humano, como los ciclos de la vida, centrándonos en arquitecturas que, antes que nada, devengan en simbiontes capaces de per- turbar ecosistemas deteriorados e introducir los cambios necesarios para su regeneración. Donde imaginemos, antes que espacios, biotopos; en lugar de paisajes, ecosistemas; antes que programas, patrones enmarañados de humanos y no humanos. Imaginando, antes que edificios, ensam- blajes postnaturales multiespecies, y, en vez de ciudades, corredores biológicos y biorregiones. Regresando así a la definición que Lewis Mumford propuso para la arquitectura: cualquier transformación sobre la faz de la Tierra realizada para sostener la vida. !

“Toda arquitectura es una perturbación, pero esto no significa que siempre sea negativa. Puede destruir humedales, bosques o campos dunares, envenenar ríos y costas; pero, como perturbación, también puede generar mejoras en ecosistemas dañados o en deterioro”.

Gonzalo Carrasco Purull Arquitecto y Doctor en Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile, enfocado en la relación entre arquitectura, ecología y tecnología. Curador del pabellón de Uruguay en Venecia 2012 y curador responsable del pabellón de Chile "Moving Ecologies" en la Bienal de Venecia 2023. Investigador responsable del FONDECYT "Vernáculo capitalista: desarrollo

del edificio torre en Chile (1978-2001)" y co-investigador del Fondart "Vamos P´Arriba: historia de la Remodelación San Borja". Director académico del Magíster en Proyecto Contemporáneo y docente investigador del LIA de la Universidad Finis Terrae.

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