Revista AOA_51

La conservación patrimonial de iglesias y pueblos, de sus técnicas constructivas y formas vernáculas, se asocia en la labor de Fundación Altiplano con un respetuoso y sostenido diálogo con las comunidades. Ellas, tornadas en amigas, ven en este equipo un apoyo, un colega para la continuidad de sus valores y formas de organización y acción. Mediante el vehículo de la restauración material de los templos y sus componentes funcionales y simbólicos, la Fundación abre la puerta para la reeducación de los visitan- tes, puesta en valor de oficios, revalorización de técnicas constructivas y de materiales, dando cuenta así, mediante presencia y perseverancia, de un camino posible para el crecimiento cultural de todos. Mención especial merecen y se debe a las personas que dedican su vida a hacer posible este frágil y prometedor modelo de gestión patrimonial, el que, integrando dedicación, servicio, obra y humildad, levanta no solo templos derruidos por la acción del tiempo, sino también grupos humanos locales, de profunda tradición e historia. Mujeres y hombres, en general mayores, que ven en este trabajo una ventana de oportunidad para renovar sus raíces, aportar al bien común, educar a los jóvenes y reforzar sus existencias. Industriosos y generosos, sus brillantes sonrisas acogen al visitante, lo hospedan y alimentan física y espiritualmente. Son gente maravillosa. Hay mucha enseñanza en este espacio único de nuestro país. Sabias lecciones de la Historia que tienen alcance global y deben ayudarnos a enfrentar los desafíos de hoy en este trabajo de vocación. En sus vecinos. En el paisaje. En todo. Una gran experiencia. !

Q Cementerio del pueblo de Esquiña. 2014. X Este territorio, caracterizado como hostil, ha sido capaz de sostener en un equilibrio frágil, pero a la vez potente, la vida por siglos.

prehispánico y su aún vigente huella de cultivos en terrazas, petroglifos, tambos ruinosos, canalizaciones de agua, caminos y corrales, cultivos de papa, maíz, orégano, habas y otros; manejo y crianza de rebaños de llamas y alpacas para lana. Le sigue la Colonia y ocupación del conquistador que intro- duce la religión católica, la estructura administrativa, la figura eclesiástica, un idioma nuevo, y que, sorprendentemente (si se consideran otras acciones en nuestra región), acepta e integra las formas de organización de las comunidades, de trabajo de la tierra, de los ciclos naturales y de la tradición constructiva. Se configura así un escenario de encuentros, sorpresas y superposiciones que definen la expresión urbana y habitacional de estas zonas. La posición de las viviendas, extensión de los poblados e integración con las áreas vecinas de cultivos, caminos, estaciones de refugio en la ruta, toponi- mia, tradiciones y oficios se suman, dando por resultado un sistema funcional, espacial y formal de fuerte y clara expresión. En tercer lugar está la República. Chile, su identidad, la incorporación tardía de estos territorios al espacio nacional, dan impulso y expresión a una nueva forma de ocupación y desarrollo. Reforzados los antiguos caminos y rutas, se instala la nueva administración y ejecutan obras de infraestructura. No mucho más. Los pueblos existentes y el patrón de ocupación anterior resisten y se adaptan en los márgenes a la propuesta administrativa territorial que trae la nueva etapa. Resilientes, aportan con sus productos, cultura y sabiduría. La cuarta etapa, la Modernidad, es, sin duda, la de mayor preocupación. Marcada por las capacidades de inversión y de gobierno, aporta redes de infraestructura, energía, agua potable, caminos pavimentados y un sinfín de expresiones de adelanto material, dotando a estas localidades centenarias de oportuni- dades para la mejorada y segura residencia; dando cuenta a la vez de la amenaza del despoblamiento, de la fractura del tiempo como factor de decisiones para residir, de mercados agresivos que suprimen y ciegan tradiciones y valores ancestrales. De paternalismo y en no pocas ocasiones, soberbia. La lección dejada por las iglesias, los pueblos que las alojan y las comunidades que las cuidan es que, a pesar de esas nuevas condiciones, su tradición, cultura integral, paisaje y régimen administrativo han sido capaces de cohabitar y, en no pocas ocasiones, desafiar ese orden de las cosas.

La lección dejada por las iglesias, los pueblos que las alojan y las comunidades que las cuidan es que, a pesar de esas nuevas condiciones, su tradición, cultura integral, paisaje y régimen administrativo han sido capaces de cohabitar y, en no pocas ocasiones, desafiar ese orden de las cosas.

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