Revista AOA_41

- Con esa misma mirada, ¿cómo fue el trabajo para una corporación global como Nestlé en el Museo del Chocolate? De pronto empiezo a darme cuenta de que el museo para Nestlé también fue dar la batalla por un espacio de alguna manera público… Nestlé había pedido una fábrica con un túnel interior para que los niños fueran a conocer el proceso, los mercadearan desde chicos y salieran con su bolsa de chocolates, como hacen las compañías. Pero caímos en cuenta de que justamente en México no existía un museo del chocolate. Entonces primero presenté lo que habían pedido para el concurso y después saqué nuestra investigación y les dije que debían entender y regionalizar la importancia del cacao mexicano, de los aztecas y la historia local con un museo donde yo vengo a ver tu fábrica, pero tú a cambio me das cultura. La idea se presentó en Suiza y aceptaron. De pronto ves que no es tan difícil convencer de hacer algo con más impacto a nivel de comunidad. Lo hemos seguido haciendo y lo interesante es que ahora son los clientes quienes llegan preguntando qué se puede hacer con su compañía para repercutir. - El sentido de la libertad que se junta con la imaginación para proponer… Así lo veo con las empresas que más admiro. Las que están más conectadas con la cultura general son las más brillantes, entienden su nicho pero a la vez están conectadas. Lo mismo con la arquitectura, porque finalmente como arquitectos respondemos a una sociedad y si no eres capaz de ver cómo está cambiando ¿a quiénes respondes? Si no estoy viendo qué hacen los jóvenes hoy, cómo trabajan, cómo se educan, cómo se comunican y se relacionan, no hay manera de que pueda responderles. No puedo hacer una arquitectura pensando en una sociedad de hace 50 años.

- ¿Ahí aparece WeWork, encontrándose con tus ideas? Lo de WeWork llegó en un momento clave para mí, el año pasado. Recién terminábamos el Foro Boca, ganamos varios premios, un momento en que vi cómo había confluido mi parte de músico con la de arquitecto, con lo social, un peak en mi carrera, podría decirse. WeWork había llamado a mi amigo Bjarke Ingels (de Big) como advisor de arquitectura. WeWork ha crecido muy rápido, pero no tienen edificios propios y quieren empezar a construir en distintos países. En esa estrategia Bjarke me dice que cuando vayan a México quieren que yo haga los edificios. Pasa un par de meses, me llama nuevamente y me dice que los dueños de la compañía me quieren conocer… - ¿Qué te llevó a aceptar su propuesta de unirte como vicepresidente de arquitectura? Con Adam (Newmann) y Miguel (McKelvey) tuvimos una química instantánea. Dos jóvenes que empezaron hace nueve años a cuestionarse por qué el trabajo tiene que ser monótono cuando se pasa la mayor parte del tiempo en él y los compañeros son casi la familia, por qué debe ser de 9 a 5, por qué trabajar no puede ser una forma de vida entretenida. Entonces crean el modelo WeWork y dan vuelta de cabeza el concepto del trabajo. Luego dijeron: cómo entendemos a una generación que quiere viajar por el mundo, que no es de posesiones, no quieren ser dueños de casas ni de coches ni de joyas, quieren ser libres y vivir de manera diferente, de lo que surge WeLive, de viviendas compartidas, el share economy donde en lugar de una planta arquitectónica con 20 departamentos hay 12 y los ocho que quitaste son de áreas compartidas para otras actividades. Y también se dan cuenta de que estas parejas jóvenes quieren una educación diferente para sus hijos e inventan la escuela WeGrow . Así, cuando llegué a esta empresa que me dice 'somos un termómetro social, nos interesa la educación, la vivienda, el trabajo'… me sonó muy bien.

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