18/INTERNACIONAL
el horizonte
Martes 24 de marzo de 2026
LA CÚPULA ORGULLO DE ISRAEL CEDE ANTE EL MISIL KHORRAMSHAHR Domo de hierro comienza a ‘quebrarse’ El parlamento de Israel tuvo que detener una sesión nocturna debido a misiles entrantes desde Irán, dijo un portavoz de la Knéset ÚLTIMO MOMENTO
Desde el inicio de la GUERRA se han identificado al menos 19 MISILES BALÍSTICOS que penetraron en urbes
Un misil de racimo procedente de Irán impactó la ciudad de Nesher, cerca de
Haifa, según las fuerzas armadas de Israel. No se han reportado heridos, según las emergencias de Israel
tar una ojiva de racimo que dis- persa hasta 80 submuniciones. Desde entonces, ha cobrado gran importancia en las evaluaciones de amenazas israelíes , una preo- cupación constante para un país equipado con un sistema de de- fensa antimisiles multicapa que es ampliamente considerado como el más sofisticado del mundo. Sin embargo, este sistema de- nominado “El Domo de Hierro” ha presentado muchas debilida- des que lo han puesto vulenrable en la guerra contra Irán. El último ataque con municiones de racimo tuvo lugar ayer cuando un misil
REDACCIÓN El Horizonte
El 5 de marzo, apareció una publi- cación en la cuenta X del difunto líder supremo de Irán, Ali Jame- nei, en ella, el líder occiso mostra- ba una impactante imagen pro- pagandística: un misil relucien- te y de gran tamaño surcando el cielo mientras una ciudad ardía en llamas. El texto decía: “Se ave- cinan momentos como el de Kho- rramshahr”. Se cree que el misil Khorram- shahr, el misil balístico más avan- zado de Irán, es capaz de transpor-
do ojivas de racimo. El impacto de decenas de ata- ques iraníes junto con declara- ciones de funcionarios israelíes, identificó al menos 19 misiles ba- lísticos con ojivas de racimo que penetraron el espacio aéreo israe- lí y alcanzaron zonas urbanas des- de el inicio de la guerra con Irán el 28 de febrero, causando al menos nueve fallecimientos.
DEFENSA ANTIMISILES HA MOSTRADO ALGUNAS FALLAS Residentes del país judío se han visto obligados a refugiarse
balístico iraní impactó en el centro de Israel, hiriendo a 15 personas . Según las Fuerzas de Defensa
de Israel, aproximadamente la mi- tad de los misiles lanzados desde Irán desde la escalada han porta-
Poco después de mi ORDENACIÓN, mientras realizaba un REEMPLAZO en una PARROQUIA, me encontré en una casa PARROQUIAL junto a un ANCIANO y SANTO sacerdote. P oco después de mi ordenación, mientras realizaba un reemplazo en una parroquia, me encontré en una casa parroquial junto a un ca dejes que tus sentimientos se interpon- gan. No seas blando; eso está mal. Re- cuerda: por difícil que resulte, ¡la verdad libera a las personas!”. Un consejo sensa- Sobre no ser mezquinos con la misericordia de Dios
COLUMNA
ESPIRITUALIDAD POR RON ROLHEISER
Evangelios cómo los apóstoles —sin duda, con buenas intenciones— intentaban a menudo mantener a ciertas personas ale- jadas de Jesús, como si no fueran dignas, como si representaran una afrenta a su santidad o fueran, de algún modo, a man- cillar su pureza. Así pues, intentaron apar- tar a los niños, a las prostitutas, a los re- caudadores de impuestos, a los pecado- res notorios y a los no iniciados de toda clase. Jesús siempre desestimó sus inten- tos con palabras a este efecto: “Dejen que vengan a mí. Quiero que vengan”. Las cosas no han cambiado. De manera perenne, nosotros —personas bieninten- cionadas—, por las mismas razones que los apóstoles, seguimos intentando man- tener a ciertos individuos y grupos aleja- dos de la misericordia de Dios, tal como esta se hace accesible a través de la Pa- labra, los Sacramentos y la comunidad cristiana. Jesús se encargó de ello enton- ces; sospecho que también puede encar- garse ahora. Dios no necesita que noso- tros le hagamos de porteros. Lo que Dios desea es que todos —in- dependientemente de su edad, religión, cultura, debilidad personal o falta de práctica cristiana— acudan a las aguas ili- mitadas de la misericordia divina. El renombrado naturalista John Muir desafió en una ocasión a los cristianos con estas palabras: “¿Por qué son los cristianos tan reacios a dejar entrar a los animales en su mez- quino cielo?”. Me temo que nosotros también somos mezquinos con la pródiga misericordia de Dios. Ron Rolheiser, OMI
fariseos y una comprensión empobrecida de Dios. ¡Así, bajo nuestra vigilancia, no se dispensa ninguna “gracia barata”! Al actuar de este modo, me temo que estamos equivocados; que somos pas- tores deficientes, desafinados respecto al Dios que Jesús encarnó. La misericor- dia de Dios —tal como Jesús la reveló— abraza indiscriminadamente, como el sol que brilla por igual sobre los buenos y los malos, los merecedores y los inmere- cedores, los iniciados y los no iniciados. Una de las revelaciones verdaderamen- te asombrosas que Jesús nos legó es que la misericordia de Dios no puede de- jar de extenderse a todos. Es siempre gratuita, inmerecida, incondicional y uni- versal en su abrazo; trasciende toda reli- gión, costumbre, rúbrica, afiliación políti- ca, programa obligatorio, ideología e in- cluso el pecado mismo. Por nuestra parte, pues —especialmen- te aquellos de nosotros que somos pa- dres, ministros, maestros, catequistas y ancianos—, debemos arriesgarnos a pro- clamar el carácter pródigo de la miseri- cordia de Dios. No debemos dispensar la misericordia divina como si fuera nues- tra para repartir; ni racionar el perdón de Dios como si fuera un bien escaso; ni im- poner condiciones al amor de Dios como si Él necesitara ser protegido; ni tampo- co vedar el acceso a Dios como si fuéra- mos los guardianes de las puertas celes- tiales. No lo somos. Si supeditamos la mi- sericordia de Dios a nuestra propia timi- dez y a nuestros miedos, la reducimos a la medida de nuestra propia mente. Un mal juego. Resulta interesante observar en los
to, al parecer, para un sacerdote joven. Sin embargo, tras cincuenta años de ministerio, me inclino más por el consejo de aquel anciano sacerdote: necesitamos confiar más en la misericordia de Dios. El lugar que ocupan la justicia y la verdad nunca debe ser ignorado, pero debemos atrevernos a dejar que la misericordia de Dios —infinita, ilimitada, incondicional e inmerecida— fluya con mayor libertad. La misericordia de Dios es tan accesible como el grifo de agua más cercano; por ello, nosotros —al igual que Isaías— de- bemos proclamar una misericordia que no tiene precio: “¡Venid, venid sin dinero, sin méritos; venid y bebed gratuitamente de la misericordia de Dios!”. ¿Qué es lo que nos detiene? ¿Por qué somos tan reacios en proclamar la mise- ricordia inagotable, pródiga e indiscrimi- nada de Dios? En parte, nuestros motivos son bue- nos; incluso nobles. La preocupación por la verdad, la justicia, la sana ortodoxia, la moralidad adecuada, las formas públicas, la debida preparación sacramental y el temor al escándalo no son asuntos trivia- les. El amor debe ser atemperado por la verdad, del mismo modo que la verdad debe ser moderada por el amor. Sin embargo, a veces nuestros motivos son menos nobles, y nuestra reticencia surge más bien de la timidez, el miedo, el legalismo, la autosuficiencia moral de los
anciano y santo sacerdote. Él tenía más de ochenta años y estaba casi ciego, pero era una persona muy so- licitada y respetada. Una noche, a solas con él, le formulé esta pregunta: “Si tuviera que vivir su sacerdo- cio de nuevo, ¿haría algo de manera dife- rente?”. Tratándose de un hombre tan íntegro, yo esperaba plenamente que no tuviera ningún arrepentimiento. Por ello, su res- puesta me sorprendió. Sí, sí tenía un arre- pentimiento —y uno importante—, se- gún me dijo: “Si tuviera que vivir mi sa- cerdocio de nuevo, la próxima vez sería más indulgente con la gente. No se- ría tan mezquino con la misericordia de Dios, con los sacramentos, con el perdón. Verá, lo que me inculcaron en el semina- rio fue la frase: ‘La verdad os hará libres’. Así que yo creía que era mi responsabili- dad plantear siempre un desafío exigen- te, y eso puede ser algo bueno. Sin em- bargo, me temo que fui demasiado duro con las personas. Estas ya tienen sufi- ciente dolor sin que yo —y la Iglesia— les impongamos cargas adicionales. ¡Debe- ría haber confiado más en la misericor- dia de Dios!”. Esto me impactó porque, menos de un año antes, mientras rendía mis exámenes finales en el seminario, uno de los sacer- dotes que me evaluaba me hizo esta ad- vertencia: “Ten cuidado —me dijo—: nun-
RON ROLHEISER: Sacerdote católico y miembro de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Especializado en Teología en la Universidad de Lovaina, Bélgica. Presidente Emérito de la Escuela de Teología de los Oblatos en San Antonio, Texas. Columnista, conferencista y escritor
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