A vuela Pluma
Intenta levantarse y es en ese momento cuando un disparo, que casi alcanza su pie izquierdo, le hace realizar un movimiento brusco que le reco- loca la costilla dislocada. Con ánimo renovado, se lanza a una de las es- calas y salta el muro, seguido de un puñado de sus hombres. Una vez arriba, divisa en la lejanía la catedral, que de cuando en cuando se ilumina completamente por los mosquetes. Pero su obje- tivo está justo de frente: la torre de Santa María, donde ondea solitaria la francesa tricolor. Sin pensárselo dos veces, y dejando a sus hom- bres, que continúan luchando ante la llegada de refuerzos alemanes, se aventura solo hacia la to- rre, ocultándose entre las sombras. Llega a los pies de la construcción árabe y, lentamente, sube su escalera de caracol, sable en mano y sin apartar los ojos del final de esta. Conforme se acerca a lo alto, los únicos soni- dos que percibe son el golpeteo del viento sobre la bandera y el estruendo lejano del combate. Se cerciora de que nadie la defiende, aproximando el oído primero y después asomando la cabeza. Toma aire y se acerca a la bandera, coronada por el águila imperial. La recoge y rápidamente piensa en izar su bande- ra cuando cae en la cuenta de que se ha apresura- do a la torre solo, sin ningún plan y con la única idea en la mente de retirar la bandera francesa. Pero su obstinación lo ha nublado, cegándole el raciocinio: ahora está en lo alto de la torre solo y se ha olvidado de su bandera. Desconoce dónde se encuentra ahora esta; pro- bablemente el insignia, si sigue en vivo, esté en el muro por donde ha entrado, pero puede que al volver ya no lo localice. Necesita izar la bandera para arengar a los suyos a continuar los asaltos desde los distintos frentes. Además, los sitiados se desmoralizarán cuando vean que han entrado, y la bandera británica en lo alto de la torre es la mejor forma de hacérselo saber. Mientras medita sobre ello, se lleva las manos a su costilla dolorida, donde ha recibido el fuerte golpe. No puede quejarse, pues de no ser por el botón habría sido mucho peor. Todavía no se ex- plica la suerte que ha tenido. Sin duda, ha sido la Providencia quien le ha ayudado. Ahora su mano derecha toca el botón de su ca- saca, el que le ha salvado, que está ligeramente abollado. De pronto, se le ocurre la solución: se
desabrocha los botones de su casaca roja y la anu- da a la cuerda del mástil. Mientras iza la casaca, se dice a sí mismo: —“¿Qué puede ser mejor bandera que la casaca del uniforme con la que luchamos? ¿No es acaso prueba de esta señal el proyectil que ha parado uno de sus botones y que ha hecho que tome yo la ban…” Algo inesperado hace que pronto McPherson salga de sus pensamientos: un griterío cada vez mayor… Viene de los muros por donde ha pe- netrado, pero también lo oye desde otras partes, acercándose cada vez más… Se asoma desde la almena de la torre y ve, en la oscuridad, a una muchedumbre que se acerca. —¿James? —pregunta una voz familiar entre el tumulto. —¿General? —asiente el teniente con la cabeza mientras termina de izar la casaca. En la base de la torre puede ver a su viejo amigo, el general Hercules Pakenham, decir: —¿Lo veis, muchachos? ¡Ya os dije que esa casaca de oficial sólo podía ser del cabezota de McPher- son! —Después mira hacia arriba y grita: —¡Lo hemos conseguido, James! ¡Hemos tomado Badajoz!
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