Revista-IES DE LLERENA 24_25

A vuela Pluma

Lo que me enseñaron a amar Por Ana María Ortiz Álvarez

Poner los pies en esa tierra de color único en el mundo, oscurecida por el sudor de siglos de hombres que en ella dejaron su huella, como diría un poeta. Poner los pies en esa tierra. Y elevar la mirada al frente sin poder ver el final hasta alguna sierra lejana que osa romper la tranquilidad y el silencio de quien escucha la voz de aquellos que por aquí vivieron, soñaron, cantaron y se queja- ron al viento. Cada paso que voy dando escucho un leve lamento. Voz que sale por esos pequeños troncos que retorcidos y solos miran al cielo. Troncos de viñas desnudas que se esconden entre el color de ese suelo tal vez venciendo así al frío del invierno. Y camino. Y caminando llego al verde color de la primavera que oculta ese color único de esta tierra única en el mundo creando un mar infinito que cubre todo ese suelo. Pasos alegres que van al compás de aquellas canciones populares que surgen desde dentro de esa tierra con la alegría de aquellos que veían renacer la vida, regada con años de su propia vida. Un mar verde que mis pasos no alcanzan a dar fin porque por más que avanzo él juega conmigo y hace que me pierda y me gire a un lado y a otro para encontrar y seguir mi camino. Y caminando empiezo a ver de nuevo el color de esta mi tierra, que se me va mostrando a cada paso que el viento osa llevarse consigo cada hoja que muere marchita en el suelo. Destellos verdes quedan aún sobre ese pequeño lienzo que ahora se empeña en mostrarme sus colores esti- vales marrones oscuros y claros, anaranjados que tornan a amarillos, y secos y arrugados, vuelan con el viento, ¿lejos? Tan lejos como los lleve el viento. Y yo, que intento seguirlos, empiezo a tro- pezar por el camino. Y caminando tropiezo, una y otra vez, con los largos sarmientos que enmarañan el suelo que, como largas patas de arañas, intentan ponerme trampas para hacerme caer … y yo lo agradezco. Porque así, tan pegado mi oído al suelo, escucho con más claridad a los que por allí vivieron, que me cuentan sus sueños, que me cantan sus nanas, que me elevan sus quejidos para que vuelen al viento. Ese viento de otoño que me hace levantarme para sentir en mi cara el frescor de cada gota de lluvia mientras camino de vuelta al invierno. Y caminando vuelvo, y cada vez que más me alejo, antes vuelvo. Y vuelvo a ver ese color único en el mundo, de esta tierra única porque la llevo dentro. Porque es la que me enseñaron a amar mis padres y mis abuelos. Porque siento una gran alegría en mi corazón en este lugar, desde donde parto y donde siempre vuelvo.

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