A vuela Pluma
Los lugares los dictan los recuerdos. Por Marta Ortiz González Mi lugar es Berlanga. No por exótica ni pintoresca, ni por salir en los anuncios de yogures con cabras felices. Es mi lugar porque aquí están mis raíces y mis recuerdos. Y porque cada vez que cierro los ojos siempre aparezco aquí. No sé si será la memoria, pues gran parte he vivido fuera, pero siempre acabo volviendo… y vuelvo con los sentidos: con cosas que se huelen, se oyen, se tocan, se comen y se ven. Y oye, el cuerpo guarda más memoria que cualquier archivo del INE. El olfato no miente , por ejemplo. Y es que no hay nada como llegar a casa un día de lluvia y oler a migas, sí, pero no esas de foto gourmet con ramita de romero, sino de pan rebanao. Y cierras los ojos… y te acuerdas… y las hueles. El oído tampoco olvida , y es que los lugares suenan a lo que tienen que sonar: mi perra cuando me escucha llegar y se muere de alegría, despertarte con el sonido del gallo de la vecina o el silencio sepulcral al pasear por el pueblo en invierno a partir de las 8 de la tarde. El tacto es otro mapa, y aunque este año ha sido lluvioso, la textura es la de la tierra seca que se cuela por las sandalias en verano, la del calor que te deja pegado al escay en la siesta de ese agosto seco que se nos avecina. Pero el gusto, ay, el gusto es un festín sin protocolo. Aquí el jamón no se parte finito, el gazpa- cho se bebe del cuenco y el vino se sirve en vaso de Duralex … y todo sabe mejor que en cualquier bar moderno que me pongas por delante. La vista es otra historia , de las estribaciones de Sierra Morena a la Sierra de Hornachos al fondo recortan el horizonte, como si el paisaje descansara viendo pasar a las aves esteparias que sólo se paran aquí, quizás buscando la serenidad o el refugio de la poca sombra que les ofrece el Parque de Las Quinientas. Pero si tengo que elegir un lugar y una vista está en la estación de tren, mientras paseo con alguien querido, con el pueblo al fondo y durante un atardecer de verano, de esos que tiñen el campo tan dorado que hasta las alpacas se pierden entre la luz, como si el día las engullera despacito, sin hacer ruido. Quizás los lugares sean eso, sentidos, memoria, recuerdos de gente que no necesitan disfrazar- se sino sólo mostrar su esencia, de gente buena. Quizás por eso, cada vez que cierro los ojos, vuelvo aquí.
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