Revista-IES DE LLERENA 24_25

A Vuela Pluma

Lugares que Hablan: Infancia, Familia y el Refugio de los Recuerdos. Por María Sierra Santana

Hay lugares que no están en ningún mapa, pero que uno lleva consigo toda la vida. Lugares que no tienen coordenadas, sino risas, olores, voces que aún resuenan y tardes que no se terminaban nunca. La infancia es ese país lejano al que sólo se puede volver con la memoria, y al que dan forma las personas que amamos. Para mí, ese lugar tenía nombre de calle donde los niños aún jugaban libremente. Era un uni- verso compartido con mis primos y amigos, donde las aceras eran pistas de carreras, campos de fútbol improvisados o escenarios de batallas imaginarias. No necesitábamos más que una pelota, un palo convertido en espada, o simplemente, la excusa perfecta para estar juntos. Entre todas esas personas que hicieron de mi infancia un lugar feliz, hay una figura que brilla con fuerza: mi padre. Él tenía la capacidad de hacer la vida más divertida. Siempre con una sonrisa, siempre dispuesto a convertir cualquier momento en una fiesta. Con él, hasta lo cotidiano se volvía extraordinario. Recuerdo nuestras risas, sus bromas, sus ocurrencias... Compartimos tanto que, aun- que ahora ya no esté físicamente, su alegría sigue viva en mí. Su risa —tan suya— todavía me acompa- ña en los días buenos y en los que cuestan un poco más. No se ha ido del todo. Vive en los recuerdos, en las anécdotas que seguimos contando, y sobre todo, en la manera en que me enseñó a mirar la vida: con humor, con amor y con gratitud. Otro lugar seguro de mi infancia era mi tía. Su casa siempre olía a tortilla francesa recién hecha, a brasero de picón encendido, a abrazos que sanaban todas las heridas, pero sobre todo olía a amor, amor del bueno, a ese amor que recordaré toda mi vida. Y qué suerte tengo de seguir compartiendo la vida con mi familia. Hoy, mi lugar preferido no está en ningún destino lejano, sino allí donde estamos juntos. Cada comida con mi abuela, cada con- versación con ella es un regalo. Sus historias, su presencia serena, su sabiduría sin pretensiones llenan de sentido el presente. Y el cariño de los míos —hermanos, primos, tíos, todos esos lazos que no se ven pero se sienten— es lo que más valoro. La familia sigue siendo ese refugio al que siempre quiero volver. Y aunque el tiempo pase y al- gunas personas ya no estén como antes, el amor compartido permanece. Se transforma en recuerdos, en gestos, en costumbres que heredamos sin darnos cuenta. Hoy entiendo que los lugares más importantes no son los que se recorren con los pies, sino los que se llevan en el corazón. Mi infancia, mi padre, mi abuela, mi familia... todos ellos son parte de ese mapa invisible que me acompaña cada día. Y cada vez que los evoco, me siento de nuevo en casa. Porque, al final, los verdaderos lugares no se construyen con ladrillos ni se miden en metros: se construyen con afecto, con tiempo compartido, con historias vividas. Y esos lugares, los que de verdad importan, están hechos de personas que nos marcan para siempre.

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