Revista-IES DE LLERENA 24_25

A vuela Pluma

LUGARES DE MI INFANCIA. Por Jero Primo Rubio

Echando la vista atrás puedo decir que he tenido la suerte de haber pasado mi infancia entre tres pue- blos, Campillo de Llerena, el pueblo donde me crié, Berlanga, la localidad donde pasé mi adolescencia y una gran parte de mi vida, y Llerena, mi pueblo natal, de donde me fui y regresé para quedarme definitivamente. Hay personas que recuerdan un lugar especial, una casa, una calle, un edificio… en los que han vivido momentos especiales, momentos que se añoran y se recuerdan con especial cariño cuando van pasan- do los años. En mi caso, es una suma de lugares que dan como resultado unos recuerdos que perviven en el tiempo y que, como el Abuelo Cebolleta, vas contando una y otra vez a quien quiera escucharte. Los primeros recuerdos que tengo de algún lugar especial se remontan a mis primeros años en Cam- pillo. Es un paseo que desembocaba en el llamado Cementerio de los Italianos. Lo que hoy día es un paseo, en aquella época era una simple carretera, la carretera de entrada al pueblo. Mi abuelo nos lle- vaba a mi hermana y a mí muy a menudo por allí porque los lados de esa carretera estaban plagados de moreras, de donde cogíamos las hojas de mora para darle de comer a nuestros gusanos de seda. Este paseo siempre acababa en el Cementerio de los Italianos, como he dicho anteriormente. Este antiguo cementerio, de la Guerra Civil, alberga los restos de militares españoles e italianos que combatieron en la primera batalla de la Sierra de los Argallanes en el año 1937, así como otros fallecidos en diferentes operaciones en los años 1938 y 1939. Si visitáis ahora este cementerio, convertido en parte del Museo de la Guerra Civil de Campillo de Llerena, no tiene nada que ver con lo que era cuando mi abuelo nos llevaba a verlo. Siempre que íbamos a recoger hojas de mora, entrábamos en el cementerio y veíamos las placas de las tumbas. Nos llamaba mucho la atención ver los nombres de esas personas italianas y lo jóvenes que eran cuando fallecieron. Me gustaba mucho escuchar las historias que nos contaba mi abuelo de la guerra, de su experiencia en la guerra y nos podíamos imaginar el horror que debían haber pasado esos chavales, tan lejos de sus casas y de sus familias, para terminar sepultados en un cementerio de un pueblo desconocido a miles de kilómetros de sus hogares. En aquellos años, la calle donde vivías era un lugar muy importante. Era “TU” calle y era la mejor del pueblo. Mi calle se llamaba Divino Señor porque acababa en la ermita del mismo nombre. En los años 80, en mi calle había muchos niños y todos salíamos a jugar a la calle. Era campo de fútbol, terreno de juegos diversos, campo de “batalla”... Era mi calle contra las demás. Después del colegio, casi todos los niños salíamos a jugar a la calle hasta que nuestras madres nos llamaban para cenar. Nos solíamos juntar niños de diferentes edades y siempre encontrábamos algún juego que nos gustase a todos. La calle era lugar de reunión, tanto de pequeños como de mayores. Era gratificante ver grupos de niños jugando a la vez que veías grupos de abuelos hablando y contándose sus batallitas. Mi abuelo, cuando se juntaban varios mayores, decía que iban a contar mentiras. Esta era la vida en un pueblo en aquella época. Una vida en la calle, con niños y mayores, sin peligros y sin preocupaciones. Algo ha cambia- do en los últimos años, ya que cada vez se ven menos niños en las calles y más coches. ¡Los tiempos cambian! En Campillo, se celebraban mucho “Las Candelas”. En la noche de la Candelaria, todas las calles del pueblo se juntaban alrededor de unas enormes candelas donde disfrutaban de todo tipo de manjares que los vecinos preparaban para el disfrute de todo aquel que quisiera pasarse a tomar algo. Se hacían concursos para ver qué candela era la mejor del pueblo. Y ahí entraba TU territorio, TU calle. Los gru- pos de niños de mi calle quemábamos trozos de corcho con los que después nos “tiznábamos” la cara

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