Revista-IES DE LLERENA 24_25

A vuela Pluma

La antigua Escuela De Música: Un lugar especial en el parque. Por Marivi Núñez Felipe

Para mucha gente, Llerena se asocia a su Plaza Mayor, a sus monumentos o a la tranquilidad de sus calles. Para mí, sin embargo, hay un rincón que resuena con una melodía especial, un lugar donde los acordes de mi infancia y juventud me llevan, el Parque de la Constitución, concretamente la antigua Escuela de Música. La escuela se levantaba en un lateral del parque. Ahora, ese edificio tiene otra vida, es el hogar del pensionista, donde se reúnen nuestros mayores, pero para mi, la Escuela de Música siempre será ese lugar mágico. Recuerdo bien su fachada un poco marcada por el tiempo y por todas las trastadas que hicimos en ella. Para mí, era la puerta a un mundo que se abría cada tarde. Porque sí, las clases eran por la tarde. Al salir del cole, en vez de quedarnos en la plaza o en las piedras baratas, nos íbamos corriendo para la escuela. Allí, de repente, el aire se llenaba de notas. La guitarra, el piano y las risas nerviosas de los que empezábamos, con el tiempo se convertían en música de verdad. Cada aula tenía su historia: la de guitarra, la sala grande donde se daba solfeo con Pedro, el director. Él fue quien me dio mis primeras clases de solfeo, ¡siempre con ese metrónomo que parecía no parar nunca! Pasé muchísimas horas entre esas paredes, en esas tardes que se hacían eternas pero maravillosas. Aprendiendo, sí, con unos profesores increíbles. Chary, con su paciencia infinita. Ana, que nos animaba un montón. Paco, siempre con una sonrisa. Y Consuelo y Asun, que nos enseñaron tanto. Cada uno, a su manera, nos metió el gusanillo de la música.Y no puedo olvidarme de mi tío Lorenzo. Él demostró que nunca es tarde para aprender, porque empezó a estudiar música ya mayor, y además, era el conserje. ¡Las veces que nos ha echado de la escuela porque tenía que cerrar! Las cosas como son, la escuela no era precisamente moderna. En invierno, el frío se colaba por todos lados. Los profes tenían sus trucos: estufas eléctricas, y algunos hasta se traían sus propias alfombras de casa para no congelarse los pies en las horas de clase. Y una de esas alfombras fue la pro- tagonista de una anécdota que hoy me hace reír (aunque en su momento, me asusté). Mi amiga Inma y yo, con el desconocimiento propio de la juventud, convencimos a Pascual, mi primer profesor de guitarra, para que pusiera la estufa directamente encima de su alfombra. ¡Imagínate el resultado! Un olor a quemado llenó la sala en segundos, dejando una marca chamuscada en la pobre alfombra y una mirada entre divertida y resignada en la cara de Pascual. ¡Menuda mezcla de toses y risas se armó! (Me pregunto si Pascual habrá recuperado del todo su alfombra). Hubo mil historias más, todas

con ese ambiente especial de las tardes y las rarezas del edificio. Desde el gato ca- llejero que se coló en la clase de solfeo y se durmió encima del teclado del piano, sin molestarle lo mal que afinábamos. Los conciertos de fin de curso, donde los nervios nos jugaban malas pasadas. Pero hasta esos momentos de nervios, los re- cuerdo ahora con una sonrisa, como parte de la magia de aquellas tardes de música y de las pequeñas aventuras y tra- vesuras que nos unían.

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