Revista-IES DE LLERENA 24_25

A Vuela Pluma

“Impresiones, paisajes y otros caminos”

Por Isabel Esteva García

En 1918, Federico García Lorca publica Impre- siones y paisajes, su primer libro, escrito tras un viaje por el norte peninsular con sus compañeros de la Universidad de Granada. No se trata de un cuaderno de viajes al uso. No anota fechas, ni datos históricos, ni apenas anécdotas. Es un libro de miradas: un catálogo de imágenes, silencios y símbolos. Lorca no describe lo que ve, sino lo que se le queda dentro después de ver. Este año, en el que esta revista se detiene en la idea de "lugares", volver a ese libro es detenerse en un modo distinto de habitar el mundo. Por- que para Lorca, los lugares no son coordenadas, sino estados del alma. Impresiones y paisajes está atravesado por una forma particular de mirar: lenta, reverente, musi- cal. Las iglesias no son templos, sino columnas de sombra. Los árboles no son botánica, sino compañía. Lorca mira como quien escucha. Su prosa poética convierte los lugares en metáforas. No es una mirada geográfica, sino simbólica. Y esa es quizá la lección más profunda del libro: la mirada no es un instrumento pasivo. Mirar transforma. La mirada poética convierte el camino en relato, y el paisaje en experiencia. Cuando uno observa con atención, el lugar deja de ser fondo y se convierte en sujeto. Desde esa forma de mirar, es posible también observar Llerena. O mejor dicho: volver a mirar Llerena. Como si uno llegara por primera vez, como yo misma llegué hace pocos meses. Como si las piedras hablaran. Como si el silencio de la tarde fuera un idioma. Algunos fragmentos del libro resuenan especial- mente con nuestro propio paisaje. Como este: “La llanura era como un mar detenido, con olas hechas de tierra seca.” O este: “Todo estaba detenido, como si alguien hubiese dicho ‘quieto’ al mundo.” O también: "Allí todo era blanco, y el blanco dolía. Como duele la claridad cuando uno lleva mucho tiem- po en sombra."

O este último, que podría ser una esquina de Lle- rena al atardecer: "El aire tenía un color de campana antigua, y las sombras eran violetas como la flor de los sepulcros." Leer a Lorca desde aquí es también mirarnos. Es aprender a leer los lugares con otros ojos. Así, desde esa herencia de mirada, desde esa forma de entender los caminos como vivencias, nace también este poema. Inspirado en la estructura de los textos breves de Impresiones y paisajes, pero dedicado al viaje que va de Motril a Llerena, atravesando paisajes, cuerpos y memoria: “Motril-Llerena” Una montaña tras otra. Un rebaño de sombras. La carretera se estira como un hilo que no se acaba. Hay almendros. Hay viento. Hay silencio entre los dientes. Y una radio que canta lo que no decimos. Pasa Granada dormida. Nos mira sin mirarnos. Su Alhambra se despide como un faro en otro idioma. Después todo es campo. Y cielo. Y alguna curva que recuerda a una infancia que no es nuestra. Llerena no llega. Pero ya la sentimos: en las encinas en la tierra rojiza en el sol que se aplana como un plato sin bordes. El viaje es mirar. Y mirar es quedarse. Aunque sea solo con los ojos.

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