Revista-IES DE LLERENA 24_25

A vuela Pluma

El aula 21: donde la física cobra vida Por Julia Blanch Ruiz

Si tuviera que elegir mi lugar favorito en el IES de Llerena, no tendría dudas: el aula 21. Y no por su decoración, ni por sus vistas al campo de fútbol del Llerenense, sino porque es donde imparto el módulo de Fundamentos Físicos, y donde, inesperadamente, descubrí una nueva forma de enseñar... y de disfrutar enseñando. ¿Fundamentos Físicos? ¿De verdad puede ser atractivo un módulo con ese nombre? Lo en- tiendo. Yo también lo dudé al principio. Pensaba: ¿cómo voy a conseguir que esta materia conecte con mis alumnos? ¿Cómo evitar que lo vean como algo abstracto y aburrido?. Entonces se me ocurrió invitar a mi padre, que ha sido profesor de Física durante muchos años, a dar una charla sobre el electromagnetismo. No imaginaba lo que estaba a punto de pasar. Mis alumnos quedaron completamente enganchados. Escuchaban embelesados cómo les contaba la historia de Hans Christian Oersted y su crucial experimento en la Universidad de Copenhague. Oersted estaba explicando a sus alumnos cómo las corrientes eléctricas producen calor, cuan- do, por pura casualidad, una brújula situada cerca del cable de un circuito eléctrico, cambió su orientación al accionar el interruptor del circuito. La brújula, que naturalmente apuntaba al polo Norte geográfico, se desvió de forma repentina, colocándose perpendicular al cable por el que circulaba la corriente. Solo ocurrió en ese instante, cuando la intensidad pasaba de cero a su valor máximo. Oersted quedó muy sorprendido y tras pensar concienzudamente llegó a la conclusión de que una corriente eléctrica variable genera un campo magnético variable, comportándose como un imán.

Lo que más me gusta de este descubrimiento es cómo algo tan sencillo dio pie a tecnologías que son fundamentales en la vida actual. Así se pudieron fabricar potentes imanes (llamados electroimanes) como los que se utilizan en los equipos de Resonancia Magnética, o los que

sostienen a los trenes de levitación magnética, que están unos milímetros por encima de los carriles, pero sin tocarlos, y que pueden viajar a más de 600 km/h. Debido a este hallazgo, contó mi padre una nueva historia sorprendente: el que llegaría a

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