A vuela Pluma
Por Elisabeth Sánchez Rodríguez, (Bachillerato) La esperanza en la jugada
Un reino de verdes prados y castillos brillantes, protegido por caballos de pelaje suave, que llevan más joyas en sus espaldas que las armaduras de plata de los nobles guerre- ros del reino. Estos valientes protegen todo con sangre y alma. Cada trozo de tierra húmeda da alimentos tiernos y abundantes, y cada habitante vive en casas construidas con mucho cuidado, hechas de piedras oscuras colocadas con precisión y esfuerzo del pueblo. Todo: desde los animales que juegan en las frescas y claras aguas cerca del pueblo; los ríos donde los jóvenes se refrescan en los días más caluro- sos; hasta las calles de lisa arenisca, que se llenan de polvo cuando pasan los caballos reales.
Lo que antes fue construido para los reyes —o al menos así era antes de que el reino se dividiera— ahora está marcado por una gran torre de colores apagados, grises y oscuros, hecha de piedras rectangulares, puestas con la misma precisión que las casas del pueblo. Son de esas mismas piedras de las casas destruidas, y de esos hermosos ríos ahoras tapados. ¿Por qué? Porque la felicidad se ha ido, y nadie puede disfrutarla. Solo queda destrucción, caos y escombros. Escribo esto para dejar claro que fui el último soldado en pie entre esos restos, bajo la oscuridad y las sombras que domi- naron estas tierras del tablero. Tuve que recorrer un largo camino para llegar a la cima del frío tablero blanco y negro,. Mi tierra poco a poco desaparecía.
Yo, un solo guerrero, un peón solitario que quería devol- verle los colores a su tablero, tuve que cruzar el bosque de los Mil Caídos. Era un lugar oscuro y triste, aún más som- brío que el resto del imperio. Allí vagaban las almas per- didas de los valientes alfis, que eran los temidos obispos encargados de que en cada guerra, los hijos que volvían de la muerte fueran eliminados rápidamente con unos pol- vos especiales. Estos polvos, casi invisibles, los lanzaban de esquina a esquina, haciendo desaparecer a cada espíri- tu lleno de venganza y sin sentimientos. Pero ahora solo quedaban las almas de esos mismos, llenas de odio hacia los reyes por la división de sus hogares. Atacaban a cual- quiera que entrara. Entre altas ceibas, de las que colgaban muchas lianas, es- tas almas envenenadas usaban esas lianas para atacarte con garras afiladas, balanceándose de esquina a esquina. Casi caigo en un pantano negro y maloliente; fui atacado por bestias feroces ocultas entre las malezas del bosque, controladas por los alfis. Nunca podía reconocerlas por el humo gris que llenaba el lugar, haciéndolo aún más frío y oscuro. Solo veía esas pupilas rojas, teñidas de sangre, listas para atacarme.
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