A Vuela Pluma
A pesar de todo, logré salir. Pero esos ojos aterradores no solo estaban en el bosque de los Mil Caídos. También los vi cuando escalaba la alta y vieja torre, que aunque estaba en mal estado, aún cumplía su función de bloquear el paso. La su- bida fue interminable, y con cada paso sentía que estaba más cerca de caer en manos de lo que poseía esas almas sin vida. Como decía, los alfis no eran los únicos con ojos furiosos. Al otro lado, los caballos honorables y respetados no me lo pu- sieron fácil; también tenían ojos del diablo. En su tiempo, estos caballos fueron compañeros de valientes guerreros como
yo; eran brillantes y blancos, pero ahora se habían convertido en bestias oscuras y temibles. Ya no llevaban joyas, sino telas negras, rojas y grisáceas, el color que predominaba... un color que no per- manecería libre mucho tiempo en aquel tablero desvanecido. Había dos puntos unidos por un puente largo y muy dañado, tan débil que con el más mínimo error la cuerda que lo sostenía podría soltarse en segundos. Avanzaba paso a paso, uno a uno. Los enormes caballos negros con ojos rojos me espe- raban al otro lado. A los lados del puente había dos plataformas de piedra, una más cerca del rei- no del rey, mi destino final.
Pero no sería fácil. Cuando ya había cruzado la mitad del puente, uno de los caballos saltó a la plataforma más cercana a mí. Sus intenciones eran claras, igual que mis opciones. ¿Qué podía hacer yo? Un pequeño peón, bajo una tormenta oscura y poderosa que parecía anunciar mi final. Bajo mis pies, un acantilado sin fin. ¿Qué podía hacer yo, un simple peón, contra dos caballos que me doblaban en tamaño? Si atacaba al más cerca- no y me movía a esa plataforma, el otro me mataría en segundos. Y si intentaba avanzar, también lo haría. Empezó a llover y yo esperaba mi final, mirando con tristeza la rosa que había nacido en estas tierras secas, la razón por la que emprendí esta arriesgada aventura. Pensaba en lo que fue mi hogar, en lo que es ahora y en lo que quería que volviera a ser... solo... yo... todo parecía haber terminado para mí. Pero no, ese no era el momento. Un fuerte golpe hizo temblar todo el reino, y el puente se movió de lado a lado. Abrí los ojos y, por reflejo, agarré con fuerza las cuerdas a mis lados para no caer. El caballo a mi derecha desapareció, cayendo sin remedio al fondo sin fin del acantilado. Un peón blanco, como
yo, lo había hecho caer. Se giró desde la plataforma para mirarme, mostrando que no debía rendirme, no tan cerca de las puertas que devolverían la alegría y la paz a este reino. Salté con fuerza has- ta el final del puente. Mi nuevo com- pañero tomó mi lugar anterior y saltó al puente; pero entonces, las cuerdas se rompieron. Temía por la vida de ese peón, pero él saltó con tanta fuerza hacia el caballo que aún quedaba, que con un fuerte golpe logró derribarlo y ponerse a salvo, mientras el puente y el primer caballo caían hacia la oscuridad del acantilado.
Frente a las puertas del reino, mi mis- terioso amigo y yo nos miramos varias veces, dudando si entrar y enfrentar al rey o retroceder. Pero retroceder no era una opción, así que sin pensarlo derri- bamos las puertas del castillo. Habíamos vencido a todos sus súbditos y nos encontramos con un rey acorralado en una esquina, con esos horribles ojos rojos. Pronto supimos que la victoria era nuestra.
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