A vuela Pluma
Nos aseguramos de que el responsable de esta catástrofe no volviera a gobernar. Con esa tarea cumplida, solo quedaba nombrar a un nuevo rey para que el reino volviera a florecer y recobrara sus colores originales. Planta- mos la rosa de la esperanza en un pequeño hueco dentro del castillo, un lugar con tierra húmeda, sana y buena, que el antiguo rey había estado ocultando durante años. Ese fue el último paso que me quedaba por dar para convertirme en el nuevo rey, título que tuve y que mantendré hasta el día de mi muerte.
Cuando me senté en aquel trono; el mismo en el que hoy estoy sentado contando esta historia, pude ver a lo lejos, a través de una adornada ventana, cómo el reino lentamente retomaba sus colores; la muralla que dividía ambos reinos caía, al fin, se derrumbaba a gran velocidad cayendo contra el suelo, haciéndose polvo; la tierra volvió a florecer, ese verde intenso del césped por todo el reino, con aquellas lindas rosas rojas, salían a pares de la tierra. Renació, renacieron los ríos que fueron tapados en su día; temblores bajo el suelo hicieron que las rocas que los tapaban fueran destruidas, y entonces volví a ver esas lindas lágrimas cristalinas que llenaban los arroyos. El aire corría con fuerza, despejaba toda la oscuridad de cada esquina del tablero, toda esa amargura y tristeza se la llevaba el viento. Y con ello todas las criaturas volvían a tener sus almas puras y limpias: los alfis, los caballos reales que aún quedaban en pie y los peones que salían de sus escondites aún con algo de miedo; pero confiados en que todo se había terminado, confiados en que empezaba una nueva época más bella para aquel tablero.
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