Revista-IES DE LLERENA 24_25

A vuela Pluma

UN VERANO EN BOLONIA

Tenía solo siete años cuando fui por primera vez a la playa de Bolonia, en la costa de Cádiz. Aquel verano, mis padres decidieron que pasaríamos allí las vacaciones. Yo no sabía muy bien dónde íbamos, solo que íbamos a estar cerca del mar, y eso ya me hacía mucha ilusión. Pero lo que encontré allí superó lo que podía imaginar. Recuerdo perfectamente el momento en que llegamos. La playa era inmensa, con una arena tan fina que se colaba entre los dedos, y el cielo, completamente despejado. A un lado se alzaba una duna gigante como una montaña de arena; al otro, unas piedras antiguas que más tarde descubriría que eran ruinas romanas. Pasaba los días jugando en la orilla con mi hermana: construyendo castillos, corríamos por la duna y nos bañábamos en un mar tan transparente que parecía una piscina. Me acuerdo de que el agua estaba fría al principio, pero luego no quería salir. Todo era simple y feliz. Por las tardes, dábamos paseos, y una vez mis padres nos llevaron a ver las ruinas de Baelo Claudia. A esa edad no entendía mucho de historia, pero me im- presionó ver restos de una ciudad tan antigua justo al lado del mar. Ahora, con los años, al recordar aquel viaje desde otra perspectiva, me doy cuenta de que fue mucho más que unas vacaciones. Fue la primera vez que sentí esa sensación de que estaba en un lugar especial, distinto a todos los demás. Sobre todo, me quedó grabado el atardecer. Cada tarde el cielo se llenaba de colores, y el sol desaparecía lentamente mientras el mar seguía moviéndose sin prisa. Me sentaba en la arena con mis padres y mi hermana, en silencio, y solo mirábamos. Aunque era muy pequeña, aún conservo en mi memoria los colores y la calma de Bolonia. Hoy, si cie- rro los ojos, puedo volver allí por un momento. Porque hay lugares que, aunque visites una sola vez, se quedan contigo para siempre. Por Julieta Díaz Romero (Ciclo Formativo) FERIA DE ABRIL: Donde Sevilla Brilla con Luz Propia Cada primavera, Sevilla se transforma en un estallido de color, música y alegría con la llegada de la famosa Feria de Abril. Esta celebración, que combina tradición, sevillanas y pura pasión andaluza, es mucho más que una simple fiesta: es una experiencia extraordinaria. La Feria reúne cada año a personas de todos los rincones, desde visitantes internacionales hasta vecinos de co- munidades cercanas como mi querida Extremadura. Porque, cuando suenan las primeras palmas y se iluminan los farolillos, todos nos volvemos un poco sevillanos. ¿Sabías que la Feria de Sevilla comenzó como una feria ganadera en 1847? Lo que hoy conocemos como un evento de luces, casetas y vestidos de volantes nació de una propuesta comercial y ha evolucionado hasta convertirse en una de las ferias más importantes de toda España. Pero la Feria es también reencuentro. Es ese momento mágico en el que vuelves a ver a gente que no veías desde hace tiempo, como aquellos famosos primos “que tienen caseta”. Siempre hay historias que se repiten año tras año, y eso es parte de su encanto. En nuestro grupo, hay una tradición: entrar a la caseta de Juan Belmonte, número 56. Siempre nombramos a Antonio García para acceder. Lo curioso es que nadie sabe realmente quién es, ni por qué funciona... pero basta con decir su nombre y las puertas se abren. Es uno de esos misterios que hacen única a la Feria. Y si hablamos de lugares donde siempre somos bien recibidos, no podemos olvidarnos de Fernando, el portero de la caseta Gitanillo de Triana XIV. Desde el primer año que fuimos,conectamos tanto con él que acabamos haciéndonos una foto de grupo. Desde entonces, esa caseta es nuestra caseta, y Fernando, uno más del grupo. Además, Gitanillo de Triana 14 se ha convertido en nuestro punto de encuentro. Si alguien del grupo se pierde —algo que pasa más a menudo de lo que nos gustaría, sobre todo si alguna amiga se queda bailando sevillanas—, siempre recurrimos a nuestro sistema infalible: el mapa de casetas de Cruzcampo. Gracias a ese mapa que señala las casetas con nombres y ubicaciones, siempre logramos orientarnos... o, con un poco de suerte, reencontrarnos donde dijimos, como cada año. Por Javier Cuenda (Ciclo Formativo)

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