Revista-IES DE LLERENA 24_25

A Vuela Pluma

ENTRE AMAPOLAS Y LAVANDAS Imaginar cuál es mi lugar favorito en el mundo me lleva a pensar en muchos. Podría decir mi casa, mi refugio; o el mar, donde el agua parece limpiar todo aquello que queremos dejar atrás. Pero, sin ninguna duda, diría el campo. No uno en concreto, sino cualquier sitio donde se pueda respirar aire puro, ese que tanta falta nos hace. No se trata solo de apreciar la naturaleza, la variedad de plantas y animales que existen —sobre todo en mi tierra, Extremadura—, sino también de todo lo que puedes hacer allí. Recuerdo un día, después de un examen de Fundamentos Físicos —la asignatura más importante del grado que estoy estudiando en Llerena—, en el que tenía la cabeza saturada, bloqueada, tras haberlo dado todo. Sentía que necesitaba desconectar, respirar. Así que decidí irme sola (aunque no tan sola, iba conmigo misma) a la sierra de Llerena. Sus montañas verdes, enormes desde la perspectiva de alguien tan pequeño como nosotros, me acogieron. Yo, una chica dispuesta a comerme el mundo, llegué allí buscando calma. Aquel día fue un ejercicio personal. Me sentía agobiada, saturada, empequeñecida por un examen que creía haber hecho fatal. Me senté en una pequeña piedra, rodeada de amapolas y lavandas, a pensar, a reconec- tar conmigo misma. Puede sonar típico, pero me hice preguntas: ¿De verdad te ha salido mal, o te estás dejando arrastrar por una visión negativa que la sociedad te ha inculcado? ¿Vale la pena perder momentos clave de mi adolescencia por una supuesta mala nota que, al final, ni siquiera fue tan mala? ¿Realmente me encierro todos los días a estudiar sin darme ni cinco minutos para apreciar la naturaleza? Con todas estas preguntas, llegué a una conclusión: ¡me parece tan maravillosa la tierra donde vivi- mos! En momentos de angustia, puedes salir a caminar, ir al campo y desconectar para volver a conectar con el mundo. En días de felicidad extrema, también voy al campo, porque me encanta observar la naturaleza. En un día de calor, refugiarse bajo los árboles para sentir el frescor “de lo verde” es un placer. Y en un día de lluvia, ese momento me parece ideal para ir al campo: me fascina cómo puede caer agua del cielo, cómo puede limpiar tanto lo físico —las calles después de una fiesta— como lo emocional, como un alma herida. Donde muchos ven solo un paisaje para hacerse una foto, yo veo la preciosa conexión entre lo humano y la tierra. En una era marcada por la prisa y la inmediatez, donde no disfrutamos de nada y todo pasa con una cuenta atrás ansiosa hacia lo siguiente, es vital encontrar un lugar en el mundo alejado del ruido artificial de la ciudad. Un sitio donde podamos centrarnos en el canto de los pájaros, en el olor a tierra mojada tras la lluvia.

Reflexionar sobre algo tan cotidiano como el amanecer o el anochecer puede ser maravilloso. Ese cielo que se tiñe de rojo anaranjado al amanecer —que nuestros mayores interpretan como señal de calor— es un espectáculo si lo piensas bien. Que el sol aparezca y tiña el cielo de un co- lor tan preciso me parece algo mágico. Y cuando llega el atardecer, ese cielo rosado, e incluso el extraño rayo ver- de que a veces se deja ver sobre el mar al ocultarse el sol, son fenómenos que me resultan simplemente magníficos y asombrosos. Ir a apreciar la naturaleza te hace darte cuenta de que dependemos completamente de ella. Quienes viven en el campo lo saben bien: cómo cambia el clima de un mo- mento a otro, lo dura que es la vida del campo, que exige tiempo, esfuerzo y voluntad, pero también lo mucho que te da a cambio. Por todo esto, y por muchas cosas más, considero el campo mi lugar favorito. Es donde me encuentro conmi- go misma, donde soy feliz y donde puedo relajar el ritmo de vida. Por Marta Cortés del Castillo (Ciclo Formativo)

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