A vuela Pluma
Lo que Llerena no cuenta, pero recuerda Por Isabel Esteva García
Imagina que Llerena no es solo el lugar donde vas al instituto, o donde paseas por la plaza en verano. Imagina que cada piedra, cada sombra, cada nombre de calle guarda algo que pasó hace si- glos... y que aún sigue respirando. Porque sí: Llerena fue árabe. Y cristiana. Y también mozárabe: un mundo intermedio, casi olvidado, pero muy presente si sabes dónde mirar. Hace más de mil años, Llerena se llamaba Ellerina, y formaba parte de Al-Ándalus. No era una gran ciudad, pero sí un cruce de caminos entre la Bética y el oeste musulmán. Las casas eran de adobe, el agua llegaba por acequias, y los nombres que se oían en el mercado eran árabes, bereberes... y también latinos, porque muchos cristianos vivían bajo dominio musulmán. Esos cristianos eran los mozárabes. Y aunque no tenían poder político, sí dejaron una huella profunda. Usaban el árabe para escri- bir, pero rezaban a su manera. Comían pan sin levadura y aceitunas. Curaban con hierbas. Eran mez- cla viva. Cuando en el siglo XIII llegaron los cristianos con la Orden de Santiago, muchos mozárabes fueron quienes repoblaron estas tierras. Traían consigo esa mezcla cultural: ni del todo musulmana, ni del todo cristiana. Llerena empezó a transformarse, pero no a borrarse. Hoy no quedan murallas árabes en Llerena, ni mezquitas a la vista. Pero el pasado sigue ahí. En los arcos de herradura de algunas iglesias. En la torre mudéjar de la iglesia de la Granada, que parece más un alminar que un campanario. En el nombre de una calle. En las palabras que usamos: acequia, alhaja, almohada, alhucema... Esas palabras no vienen de Castilla. Vienen del sur, del este, de muchos siglos de convivencia. Incluso en los platos hay memoria: el gazpacho, el uso de comino o cilantro, los dulces con miel y frutos secos. Todo eso viajó en los equipajes de quienes cruzaron estas tierras hace siglos. ¿Y por qué no nos lo han contado? Porque la historia a veces se escribe para parecer simple. Como si los pueblos fueran bloques puros y las ciudades solo tuvieran un idioma, una fe, una identidad. Pero basta pasear por Llerena con la cabeza en otra frecuencia para saber que no es así. Que esta ciudad ha sido siempre mezcla. Y que eso, lejos de debilitarla, la hace más rica. Una idea para mirar distinto La próxima vez que entres en la iglesia, o te sientes en la plaza, o veas un ladrillo rojo en un muro blanco, piensa: ¿y si esto no estuviera aquí por casualidad? ¿y si Llere- na no fuera solo lo que veo, sino también lo que no sé que estoy viendo? Entonces, estarás caminando no solo por una ciudad, sino por un palimpsesto: una ciudad que se ha escrito y reescrito con muchas manos.
Página 8
Made with FlippingBook - Online catalogs