Los Calatos en el país de las maravillas.
La otra historia no debía ser revelada. No por el momento. Pobre todavía, vergonzante, tenía viva la esperanza de ser otra vez el antiguo, puntual, cumplidor de sus deberes como supervisor de fábrica y como ciudadano, dueño de tarjetas de crédito y dos cuentas de ahorro; uno de esos raros conservadores progresistas con hábitos de clase media y camiseta popular debajo del cuello honrado y de pocas corbatas. Allá por 1980 empezaban a reducir planillas y a cerrar empresas textiles, en lo que este infortunado peruano había trabajado desde su juventud. Primero perdió parte de su sueldo. Aún lo protegía el patrón. Entonces se le ocurrió unirse a una protesta de obreros y simplemente lo echaron. No estaba del todo en la calle. Tenía un escarabajo, uno de esos heroicos VW originales de Alemania, en el que se inició como taxista. Mientras se le abrillantaban los fundillos, su señora cocinaba meriendas obreras y atendía a sus hijos, pequeñitos y vivaces, una pequeña tribu dedicada a la supervivencia a pesar del continuado desastre nacional y de la ruina progresiva de sus pertenencias, del pobre carromato descachalandrado sin remedio, de las llantas sin cocada, de los cables eléctricos cruzados, de las mañanas frías con el motor sin arrancar, de los cachuelos impagos, de las ollas viejas y cada vez más vacías y abolladas, de los cortes de luz y los alquileres impagos, y, el último desastre, aquella maldita enfermedad que se llevó sus últimos bienes, pequeños tesoros guardados en una cómoda familiar, después de lo cual no quedó otro escape que irse a vivir
en unos cerros, a la vista de Lima, en un pueblo joven al que llamaban Maravillas, como la vieja portada de los Barrios Altos, sólo que era un lugar escarpado y árido, con casuchas dispersas, sombrajos de cartón, palos y plástico invernal. Se hubiese visto a esta familia y habría sorprendido a quienes la conocieron después, ni siquiera en andrajos, de larga pelambre y un perro fiel (mientras un hueso o una hembra no lo arrastrara en dirección opuesta). Sorpresa doble, porque antes vestían harapos, calzones agujereados y un saco que había sido de un traje a rayas, y después se les veía calatos, con las vergüenzas transformadas en adornos naturales, como un clavel en el ojal o una corbata de carne, en su sitio, bien anudada. Como otros habitantes del mundo desmoronado y aterido de la pobreza, esta familia se defendía con su buen humor, su perspicacia para observar a los poderosos, y, sobre todo, con su habilidad para sacar provecho de las sobras de la vida, nunca del plato de fondo. Por esa época, primer año del segundo régimen belaundista, con Ulloa de ministro, mientras se producía una alegre invasión de gaseosas en lata traídas de Estados Unidos y se hacía la estupenda primavera del consumo sin fronteras, el pobre que iba quedándose calato consiguió disimulada ocupación con un joven humorista en ascenso, en muchos aspectos incomprendido, que entre una y otra caricatura política se interesó por visitar el llamado país de las maravillas, donde la familia de calatos se había establecido, la señora a medias desdentada después de sus embarazos, los pechos muy grandes, las nalgas gordas y a la vez angostas; los niños
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