siempre pequeñitos, pues no podían crecer así, sin leche ni proteínas; y el padre atribulado, entre la ironía y la exasperación, pobre todas las mañanas de su vida, y, pese a tantísima miseria, risueño y mordaz, repleto de ácida verdad, perpetuamente desconfiado. No estamos autorizados a describir la mutación que también hubo de afectar al humorista, que a todos nos cambia la vida, y es preciso explicar que no son la misma persona sino dos bien definidos y distintos, uno pobrísimo (el personaje), otro industrioso y en creciente prosperidad (el autor), pese a que a veces los papeles amenazan invertirse, no en lo referente a la buena o mala fortuna sino en cuanto a la autoría, pues el Calato jura que ha inventado al humorista y el humorista parece sentirse influido por el personaje. A decir verdad, el Calato es un hombre noble, alegre, generoso, irónico y desconfiado. Dice verdades en pocas palabras. Y camina, camina siempre por la ciudad que no le pertenece, con sus mechas de pelo y sus muelas vacías, lleno de ilusiones, a veces dia logando con sus hijos, dueños de inevitable sabiduría (no sólo de tanto vivir en lo duro del mundo sino también por su verdadera edad, no menos de treinta años que han cumplido sobre el papel), a veces conversando con la esposa, intacta ella y feliz, burlona, práctica y realista, que ve al Calato como un soñador impenitente. Aunque el Perú se nos presente con complejidad en aumento, alcanza cierta simplicidad final en estas vidas lineales, abiertas al ojo público, como una
instantánea, un retrato al paso en el que todos nos podríamos reconocer. Pues el Perú esta hecho de sobrevivientes. En verdad somos una gran suma de calatos y calatitos precoces, gente vivaz que no se da por vencida, que ríe y ama y suspira su tristeza sin maldecir a su propio destino ni dejarse arrollar por la adversidad. Una mirada retrospectiva a estos personajes confirma que los episodios cotidianos son parte de un relato ininterrumpido desde hace treinta y cinco años. Parece y es una novela y los más fieles lectores, de evidente longevidad, recuerdan episodios antiguos y personajes secundarios, excepcionalmente tomados de la realidad (Alfonso Barrantes, el querido Frijolito, fue varias veces huésped de los Calatos, lo mismo que presidentes y otra gente notable) o tan verdaderos y a la vez fantásticos. Si las Pitucas son francamente “fellinescas”, los Calatos existen con la sencillez que exige su situación en el universo. No sobran líneas y el paisaje suele estar resumido en una insinuación, el anuncio de otras formas. Seguramente sería más fácil llenar el espacio de los Calatos con sitios y situaciones realistas, dibujos cuantiosos. Nunca han necesitado más de lo que tienen para existir en su pobreza, conectados al mundo más bien por la intuición y la imaginación. Y es que ahí, en el cerro de las fantasías, se puede ver televisión enchufada a una vela y el mejor techo son esas noches imposibles, tachonadas de estrellas, que a veces el Calato y su esposa se tienden a mirar mientras se hacen preguntas sobre Dios y el universo.
Made with FlippingBook - Online catalogs