Diccionario enciclopédico de psicoanálisis de la API

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De manera similar, Moore, B. y Fine, B. (1990), en la edición precedente de “Términos y conceptos psicoanalíticos”, definieron el simbolismo como “…una forma de representación indirecta, y la simbolización como un proceso exclusivamente humano en el que una representación mental sustituye a otra, denotando su significado no por semejanza exacta, sino por insinuación vaga o por alguna relación accidental o convencional.” Otros diccionarios norteamericanos contemporáneos que se centran en la noción de simbolismo (Akhtar 2009), destacan que este consiste en representar una parte del cuerpo (por ejemplo, el pene), una actividad (por ejemplo, comer), una idea (por ejemplo, el patriotismo) o un sentimiento (por ejemplo, el odio) mediante un objeto concreto (por ejemplo, el pene representado por una torre). En este enfoque, el proceso de “simbolismo” presenta, entre otras, las siguientes características: 1. Si bien el símbolo es consciente, significa otra cosa que a menudo es inconsciente; 2. El símbolo puede ser concreto, pero lo simbolizado puede ser concreto o abstracto; 3. La formación de un símbolo depende de una ecuación parcial con lo simbolizado, de acuerdo con el pensamiento del proceso primario; 4. Existe una “relación constante” entre un símbolo y su equivalente inconsciente; 5. Si bien los sueños manifiestan con mayor claridad el trabajo del simbolismo, los síntomas neuróticos y la creatividad también se apoyan profundamente en este mecanismo (Akhtar 2009, p. 279). Desde la perspectiva sintética posbionana/posfreudiana de las relaciones objetales norteamericanas, el simbolismo en sí se define como “…un enunciado de la transformación de un objeto desde un estatus sensorial o perceptual hacia uno conceptual, en el que la idea del objeto existe sin el objeto sensorial en sí mismo ” (Grotstein 1977, p. 415). Con el aumento de los estudios multidisciplinarios y el avance del conocimiento del período preverbal más temprano del desarrollo, se reconoce la importancia de atender significativamente en el discurso psicoanalítico a todos los sistemas experienciales: 1. Lo no-verbal no-simbolizado, lo preverbal presimbolizado o lo traumáticamente des-/sub-simbolizado (lo implícito, lo no consciente procedimental, lo incipiente, el “proceso cero” postraumático, así como las expresiones y procesos físico-somáticos viscerales y afectivo-motores); 2. Lo no-verbal simbolizado (el simbolismo psicoanalítico del proceso primario) y, 3. Lo verbal simbolizado (el simbolismo comunicativo del proceso secundario: el lenguaje con sus rasgos denotativo-lexicales individualizados, prosodia y características sensoriales/afectivas connotativas), así como de sus formaciones intermedias y sus interconexiones, que deben ser atendidas de manera significativa en el discurso psicoanalítico (Brunet y Casoni 1996; Bucci 2005; Fernando 2012; Papiasvili 2016). Esta tendencia contemporánea será profundizada en las secciones norteamericana e interdisciplinaria. Entre los diccionarios y enciclopedias europeas , “El lenguaje del psicoanálisis” de Laplanche, J. y Pontalis, J. B. (1973) afirma que, a grandes rasgos, el simbolismo es un “modo de representación indirecta y figurada de una idea, de un

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