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la contratransferencia– y recurre a construcciones y reconstrucciones para ayudar a su paciente a narrar su historia. Sin embargo, hay pacientes que no se ajustan al modelo de las neurosis clásicas y que, con mucha frecuencia, presentan fallas importantes en sus procesos de simbolización. Estos pacientes han sido descritos según diferentes modelos: pacientes psicosomáticos (escuela parisina de psicosomática); pacientes de déficit (B. Killingmo 1989); pacientes que padecen el “trabajo de lo negativo” (A. Green 1972); pacientes que sufren una identidad narcisista (R. Roussillon 1999). Como se ha presentado anteriormente, estos autores han subrayado la necesidad de conducir el análisis de una manera diferente a la del modelo clásico. Roussillon (2015) describe la preconcepción de estos pacientes de encontrar a una persona que pueda ayudarlos y comprenderlos: la noción de “Analista Objeto Subjetivo” da cuenta de la expectativa de un encuentro con una persona que acoge la necesidad de ser recibido (en un sentido amplio). El deseo de ser escuchado y las inscripciones inconscientes de un sufrimiento agudo se inscriben en el inconsciente del analista, quien da cuerpo y voz a esta preconcepción, generando una respuesta subjetivante. Para Roussillon, analizar a pacientes con simbolización comprometida requiere un analista y dispositivos terapéuticos dispuestos al encuentro desprejuiciado, en un encuadre inmediato y seguro. La escucha analítica debe ampliarse a la comunicación no verbal y onírica. Es imprescindible identificar la configuración relacional dominante (el problema nuclear) que concierne al sufrimiento psíquico que ha llevado al sujeto a pedir ayuda. La díada analiza la manera en que este patrón se despliega en la transferencia y en las relaciones. Por último, pero no menos importante, Villarreal (1998/99) y Jordán- Quintero (2015; Jordán-Quintero y Villarreal 2019) señalan que es habitual que los analistas de niños se pongan a disposición de sus pacientes “de manera ampliada”, lo que implica no solo su presencia como persona, sino también el espacio físico del consultorio, el mobiliario, los objetos y los juguetes, así como los horarios, la continuidad y el ritmo, de modo que el niño pueda construir los conceptos de espacio y tiempo, esenciales para el desarrollo psíquico. Tanto los niños como los adultos con estas características requieren un analista en un sentido más integral. Esta es, a su juicio, la única manera de alcanzar la función simbolizante de la comunicación verbal.
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