REVISTA DIGITAL - 2425

“Perdimos cosas, ganamos humanidad”

Por Susana Saiz, profesora del colegio

Han pasado ya varios meses desde la DANA de octubre, pero hay imágenes que siguen tan vivas en mi mente como si hubieran ocurrido ayer. Las calles de Picanya convertidas en ríos, los coches flotando y apilándose unos sobre otros y las casas inundándose a una velocidad aterradora. Aún tengo muy presente la imagen de mis vecinos, empapados, con su bebé y su gato en brazos, subiendo como podían mientras pedían ayuda porque se habían quedado atrapados en su propia casa con el agua hasta el cuello. Todo ocurrió en cuestión de minutos. Desde el primer momento sabíamos que lo más duro no era estar incomunicados, no tener agua para ducharse o luz para poder cocinar lo poco que quedaba en la nevera, o haber perdido coches y mucho más. No, eso no era lo esencial … nos dimos cuenta de que éramos afortunados, porque lo verdaderamente importante seguía intacto: estábamos vivos. Todo lo demás, aunque costara aceptarlo, era solo material. Pero si algo me cambió para siempre fue la respuesta de la gente. Personas que no nos conocían de nada llegaron desde otros pueblos, otras ciudades, incluso otros países. Venían con botas, con palas, con ganas, con ternura. Voluntarios, amigos y compañeros de trabajo que dejaron todo por venir a sacar barro de nuestras calles y devolvernos algo de dignidad. Y los que no podían hacer acto de presencia, nos enviaban mensajes de apoyo de formas impensables ( ‘estamos con vosotros’ se podía leer en las palas que nos mandaban para quitar barro). Aún me emociono al recordarlo… Días después, con el cansancio acumulado, pero sacando fuerzas de donde apenas quedaban para devolver algo de normalidad a nuestras calles, tratábamos de asimilar lo vivido. Mientras tanto, los políticos se perdían entre ruedas de prensa y excusas. Desde sus despachos, se lanzaban reproches como si eso fuera a secar el barro o calmar la angustia. Nosotros seguíamos en la calle, con el lodo hasta las rodillas y la impotencia hasta el alma. No hacían falta discursos, hacían falta manos. Y esas manos, por suerte, no vinieron de arriba, sino de al lado. Esta experiencia me cambió. Porque cuando todo se apaga –la luz, el agua, el móvil, el mundo entero– lo que queda es la gente. Lo esencial. Los abrazos sinceros, los gestos silenciosos, la humanidad que aparece cuando más la necesitas. Eso no se compra, no se repone, no se olvida. Eso es lo que, en medio de tanta pérdida, ganamos.

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