DE HACOAJ A LA NASA EL CLUB DONDE EMPIEZAN LOS SUEÑOS EDITORIAL
Cuando era chico, pasaba muchas tardes en el Club Náutico Hacoaj. A primera vista era simplemente un club: una pista de atletismo, entrenamientos duros y un grupo de chicos que se encontraban casi todos los días. Pero con el tiempo entendí que era mucho más que eso. Era una escuela de vida. Yo hacía atletismo. No era un gran talento, ni el que ganaba todas las carreras. Pero tenía algo que aprendí a valorar: la voluntad de esforzarme. Entrenaba con la intensidad de alguien que se prepara para unos Juegos Olímpicos, aunque la realidad
estuviera muy lejos de eso. Repeticiones, cansancio, días buenos y días malos. Y, aun así, siempre volvía a la pista. El deporte, especialmente cuando uno no es una estrella, enseña algo fundamental: el valor del esfuerzo sostenido. Enseña a convivir con la frustración, a levantarse después de una mala carrera y a entender que el progreso casi nunca es inmediato. El crecimiento real ocurre silenciosamente, acumulado día tras día. Pero Hacoaj no era solo entrenamiento. Era comunidad. Aquí hice amigos que siguen siendo parte de mi vida hasta hoy. En un club uno aprende que nadie avanza completamente solo. Siempre hay alguien que corre a tu lado, alguien que te empuja a mejorar, alguien que te recuerda por qué empezaste cuando las ganas flaquean. Muchos años después entendí cuánto de esa formación me acompañó en el resto de mi vida. De chico tenía un sueño improbable: trabajar algún día en la NASA. Para muchos, eso podía sonar como una fantasía lejana. Pero Hacoaj me enseñó algo esencial: que los objetivos grandes se construyen con disciplina, paciencia y constancia.
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