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primario y el secundario […]. Los símbolos psicoanalíticos son también sobredeterminados y pueden adquirir significados personales o culturales específicos. El lenguaje es el principal vehículo del trabajo psicoanalítico y de la comunicación abstracta. El desarrollo de sistemas simbólicos lingüísticos avanzados y de la sintaxis, que comienza con la novedosa frase de dos palabras en la segunda mitad del segundo año de vida, es un hito evolutivo, quizás tan significativo como la primera palabra del niño. El lenguaje es una dimensión mayor de las relaciones objetales y un recurso fundamental del yo para la reflexión, la organización y el dominio. La representación simbólica del mundo interno y externo libera a los seres humanos de la tiranía de estar ligados al estímulo” (Blum 1978, p. 470). IV. C. Ejemplos de la teoría moderna del conflicto IV. Ca. Jacob Arlos y Charles Brenner (1964) argumentaron que los mecanismos del proceso primario, tales como la simbolización, el desplazamiento y la condensación, deberían ser considerados defensas. Si bien reconocen la existencia de la función simbólica en los seres humanos, no entran en una discusión sobre los orígenes de la formación de símbolos. En su particular extensión de la Teoría Estructural, que pasó a conocerse como Teoría Moderna del Conflicto, Brenner (1982, 2006) –al mismo tiempo que sostiene que todo en la vida psíquica es una formación de compromiso nacida del conflicto– reconoce que algunos aspectos de las formaciones de compromiso pueden ser simbólicos. A medida que las constelaciones de defensas se desplazan con la interpretación psicoanalítica, las expresiones simbólicas de ciertos tipos, que resultan relativamente más displacenteras para el analizado, se desplazan hacia formaciones de compromiso cuyo simbolismo es más adaptativo y menos desagradable (1975). IV. Cb. Crítica al sesgo falocéntrico en la interpretación de los símbolos: Dentro del mismo marco conceptual se encuentra la observación y conceptualización de Leila Karme (1978, 1981) de que el pene podría representar un cordón umbilical en ciertos tipos de patología, y que la envidia del pene, cuando ocurre, no es por tanto un fenómeno primario. Más bien, la envidia del pene es una formación de compromiso con múltiples significados simbólicos. Ilustra cómo una analizada la buscó como analista mujer porque no quería que un analista varón le dijera que tenía envidia de pene. Eventualmente, la paciente imaginó que Karme era hombre y los determinantes de la ilusión transferencial quedaron al servicio del análisis. Recientemente, Rosemary Balsam (2018a, b) revisitó la complejidad simbólico-representacional relacionada con la angustia de castración en ambos sexos. La considera una fantasía corporal temerosa aún relevante e importante en los varones
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