Diccionario enciclopédico de psicoanálisis de la API

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en el desarrollo y en el proceso psicoanalítico, Loewald considera que la simbolización es prácticamente la impulsora de la integración. En “Sublimación: indagaciones en el psicoanálisis teórico”, Loewald (1988) presenta una perspectiva integradora cada vez más relevante y útil, que a la vez dialoga diligentemente con los textos freudianos. Tiende puentes entre el pensamiento topográfico y estructural freudiano, la teoría posfreudiana del conflicto pulsional- defensivo estructural y la psicología del yo, la teoría de las relaciones objetales kleinianas, y fue considerado uno de los padres de las teorías relacionales e intersubjetivas. Su perspectiva se encuentra en consonancia con la “Tercera Tópica” francesa y con el uso contemporáneo de la pluralidad de la teoría psicoanalítica. (Ver también las entradas sobre EL INCONSCIENTE, TEORÍAS DE LAS RELACIONES OBJETALES e INTERSUBJETIVIDAD). En esta publicación seminal sobre el tema, Loewald desarrolló las limitaciones de una visión que entiende los procesos sublimativos principalmente como encubrimientos defensivos o ilusorios de la vida instintivo-inconsciente. En su opinión, los procesos sublimativos representan con frecuencia modos más avanzados de la vida psíquica de los que dependen nuestra cultura y civilización. De acuerdo con Klein, ve la simbolización como un aspecto vital de los procesos sublimativos. Junto con Winnicott y Modell, considera que las relaciones de objeto fusionales implican el papel del objeto transicional. De manera parecida a como lo hará Gilbert Rose más tarde (1999), concibe que la simbolización en la sublimación es impulsada por experiencias y procesos dinámicos y cambiantes de unidad arcaica, entremezclados con la diferenciación y la individuación, seguidos de una restauración de la unidad facilitada por el acto imaginativo de la “vinculación simbólica” (ver la entrada PSICOLOGÍA DEL YO). Las gratificaciones en las producciones creativas, incluido el acto de escribir, implican experiencias de restauración y unidad, desdiferenciaciones cambiantes y el duelo por las pérdidas de la individuación, así como una profunda conexión con la cultura que los seres humanos comparten a través de la creación de símbolos. El símbolo puede ser defensivo –“el simbolismo como disfraz”–, cumpliendo una función de capa protectora que oculta verdades emocionales más profundas. Permite a los individuos expresar sentimientos complejos de manera indirecta, evitando la vulnerabilidad. El disfraz en el simbolismo puede facilitar la comunicación de temas tabú o dolorosos. Loewald enfatiza el valor terapéutico de reconocer estos significados ocultos. De este modo, su reanimación en el trabajo clínico no implica que el símbolo deje de existir para la persona, sino que se enriquece y revitaliza. En términos generales, Loewald ve la simbolización como la impulsora de la integración.

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