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camino al desastre

espiritual y vimos que en la vida de las personas se estaban llevando a cabo batallas en el corazón. Fundamos una escue- la cristiana que estaba creciendo y que estaba aumentando en reputación e influencia. Estábamos comenzando a identificar y a discipular a los líderes. No todo era color de rosa, y hubo mo- mentos que fueron dolorosos y muy agotadores, pero comenza- ba mis días con un profundo sentimiento de privilegio de que Dios me había llamado a hacer lo que Él me había llamado a hacer. Estaba guiando a una congregación de fe y Dios estaba bendiciendo nuestros esfuerzos. Pero tomé estas bendiciones de la manera equivocada. Sin saber que lo estaba haciendo, tomé la fidelidad de Dios hacia mí, hacia Su pueblo, hacia la obra de Su reino, hacia Su plan de redención y hacia Su iglesia como un respaldo hacia mí. Era una perspectiva de mi ministerio que decía: “Soy uno de los chicos buenos y Dios me respalda todo el tiempo”, pero lo más importante era la perspectiva de mí mismo. De hecho, le decía a Luella (y esto es vergonzoso pero importante de admitir): “Si soy un hombre tan malo, ¿por qué Dios está bendiciendo todo en lo que pongo mis manos?”. Dios respaldaba de la forma como lo hacía, no porque respaldara mi manera de vivir, sino por Su propio celo, por Su propia gloria y por Su fidelidad a Sus promesas de gracia para Su pueblo. Y Dios tiene la autoridad y el poder para usar cualquier instrumento que Él escoja, de la manera que Él prefiera usarlo. El éxito de un ministerio siempre es más un cuadro de quién es Dios que una declaración sobre quiénes son las personas que Él está usando para Su propósito. Yo entendía todo muy mal. Tomé el crédito que no merecía por lo que no podía hacer; hice que se tratara de mí, así que no me

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