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LLAMADO PELIGROSO
CONFRONTANDO LOS DESAFÍOS ÚNICOS DEL MINISTERIO PASTORAL
LLAMADO PELIGROSO
PAUL DAVID TRIPP
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Llamado peligroso Confrontando los desafíos únicos del ministerio pastoral Paul David Tripp © 2025 por Poiema Publicaciones
Traducido y publicado con su debido permiso del libro Dangerous Calling: Confronting the Unique Challenges of Pastoral Ministry © 2012 por Crossway. A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas han sido tomadas de La Nueva Biblia de las Américas © 2005, por The Lockman Foundation. Usada con permiso. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser re- producida, almacenada en un sistema de recuperación, o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación, u otros, sin el previo permiso por escrito de la casa editorial. Poiema Publicaciones
info@poiema.co www.poiema.co Impreso en Colombia ISBN: 978-1-965296-10-3 SDG
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A todos los pastores que me han cuidado. La huella de sus manos todavía está en mí, y estoy agradecido.
CONTENIDO
Introducción
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PARTE 1 Análisis de la cultura pastoral
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1. Camino al desastre
2. Una y otra vez 31 3. Cerebros teológicos grandes y corazones enfermos 47 4. Más que conocimiento y habilidad 69 5. Articulaciones y ligamentos 87 6. La congregación ausente 107 7. Zonas de guerra 127
PARTE 2 El peligro de perder tu temor reverencial (Olvidar quién es Dios)
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8. Familiaridad 9. Secretos sucios 10. Mediocridad
11. Entre el ya y el todavía no
PARTE 3 El peligro de tener éxito (Olvidar quién eres)
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12. La vanagloria
13. Siempre preparándose
14. La separación
15. Entonces, ¿ahora qué?
Índice de las Escrituras
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INTRODUCCIÓN
Los libros se escriben por muchas razones. Hay libros que expli- can , escritos para ayudarte a entender algo que ha dejado confu- sa a mucha gente. Hay libros que animan , escritos para hablarte del desaliento de la vida en un mundo caído y para darte una esperanza que te motive y una razón para seguir adelante. Hay libros que instruyen , que te ayudan a saber cómo hacer algo que tienes que hacer, pero que no sabes cómo. Hay libros exegéticos , que toman una porción de la Palabra de Dios y te ayudan a en- tenderla para que vivas a la luz de sus verdades. El libro que estás por leer contiene elementos de estos cuatro tipos de libros, sin embargo, ninguno de estos será su enfoque principal. Este es un libro de diagnóstico . Está escrito para ayudarte a que te veas de una manera honesta en el espejo de la Palabra de Dios, la que expone el corazón —y la vida— para ver las cosas que están mal y que tienen que ser corregidas, y para ayudar a que te coloques, una vez más, bajo el poder sanador y transfor- mador del evangelio de Jesucristo. De los libros que he escrito, este ha sido el más difícil de escribir, no por el proceso de escritu- ra en sí mismo, sino porque sus páginas exponen la fealdad de mi propio corazón y exhiben con desesperación que sigo teniendo necesidad de la gracia. No es una exageración decir que lloré
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mientras escribía algunos de los capítulos. Hubo momentos en los que tuve que subir para compartir con Luella lo que había escrito, se me salían las lágrimas por la convicción y ya no po- día continuar. Pero mientras escribía, no me quedé sintiéndome desalentado o sin esperanza, sino, más bien, terminé con una esperanza más profunda en el evangelio y con un mayor gozo en el ministerio que creo conocer. Este libro está escrito para confrontar el problema de la con- dición de la cultura pastoral que muchas veces es poco saludable y para poner sobre la mesa las tentaciones que son únicas del ministerio pastoral o que el ministerio pastoral intensifica. Este es un libro de amonestación que te llama a hacer una humilde autorreflexión y a cambiar. Está escrito para hacerte sentir in- cómodo, de modo que esto te motive hacia el cambio. En mo- mentos te puede hacer enojar, pero estoy convencido de que el contenido de este libro es una reflexión de lo que Dios me ha llamado a hacer. Quizá hemos llegado a estar demasiado cómo- dos. Posiblemente, los que hemos sido llamados al ministerio en la iglesia local hemos dejado de examinarnos y a la cultura que nos rodea. Creo que, a diferencia de cualquier otro libro que he escrito, este lo escribí porque no podía vivir sin escribirlo. Ade- más, me he lanzado en la dirección de la carrera ministerial para ayudar a los pastores que se han extraviado. Supongo que eso significa que soy un pastor atrevido por asumir que tanto tú como yo necesitamos que nos pastoreen y, por lo menos en las páginas de este libro, intentaré pastorearte. Hago esto sabiendo que cada amonestación que pongo delante de ti, la necesito para mí mismo y que cada dosis de la medicina de la gracia que te doy, yo también la debo tomar.
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introducción
Es el evangelio de la gracia del Señor Jesucristo lo que hace posible la honestidad que está en las páginas de este libro. Si todo el pecado, la debilidad y los fracasos que este libro aborda han sido completamente cubiertos por la sangre del Señor Jesucristo, entonces podemos romper el silencio, salir a la luz y hacer frente a lo que Dios nos está llamando a enfrentar. Mi oración es que este libro comience una conversación que nunca termine y que conduzca a los cambios que por tanto tiempo se han necesitado. Simplemente pediré que, a medida que leas, silencies a tu abogado interior y consideres esto con un corazón sincero. Sé tan valiente como para pedirle a Dios que te revele lo que te tenga que revelar y que te dé la gracia para ocuparte de lo que te tengas que ocupar. Y a medida que hagas estas cosas, celebra la gracia que te ha sido dada, la cual te libera de la carga de que tú mismo tengas que proveerte justicia y mostrarla delante de los demás. Ya que tu posición ante tu Señor se basa en la justicia de Otro, puedes estar de pie ante un Dios santo y admitir tus secretos más oscuros y confesar tus fracasos más profundos, y no tener miedo sabiendo que, por la obra de Jesús, a quien tú con- fiesas, no te dará la espalda, sino que se dirigirá hacia ti con Su gracia que perdona, salva, transforma, capacita y libera. Esta es la buena noticia que no solo hace posible este libro, sino también la que debemos predicarnos a nosotros y entre nosotros, día tras día.
Paul David Tripp
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PARTE 1 ANÁLISIS DE LA CULTURA PASTORAL
capítulo uno
CAMINO AL DESASTRE
Yo era un hombre iracundo. El problema era que no sabía que era un hombre iracundo. Pensaba que nadie tenía una visión más clara de mí que yo mismo, pero, simplemente, no me veía como una persona iracunda. No, no pensaba que fuera perfecto y sí, sí sabía que necesitaba a otros en mi vida, pero vivía como si no los necesitara. Luella, mi querida esposa, actuó fielmente durante un largo tiempo para hacerme ver mi ira. Lo hizo con una combinación de firmeza y gracia. Nunca me gritó, nunca me insultó y nunca me reprochó enfrente de nuestros hijos. Una y otra vez, me hizo saber que mi ira no era ni justificada ni aceptable. Miro hacia el pasado y me maravilla el carácter que ella mostró durante esos días tan difíciles. Más tarde descubrí que Luella ya había estado preparando su plan de escape. No, no estaba planeando divorciarse de mí; ella solo sabía que el ciclo de la ira tenía que romperse para que nos pudiéramos re- conciliar y vivir en la clase de relación que Dios había diseñado para el matrimonio. Cuando Luella se me acercaba con otro ejemplo de mi ira; yo siempre hacía lo mismo. Me envolvía en mi manto de justi- cia, activaba a mi abogado interno y le recordaba una vez más qué estupendo esposo tenía. Repasaba mi bien ensayada lista, y bastante larga, por cierto, de todas las cosas que hacía por ella, todas las formas en las que le hacía más fácil su vida. Soy un
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hombre hogareño, no me importa hacer cosas en la casa. Me encanta cocinar. Así que tenía muchas cosas a las cuales podía señalar, que me aseguraban que no era el hombre que ella estaba diciendo que yo era, y que yo esperaba que la convencieran de que estaba equivocada. Pero Luella no se convencía. Parecía más y más segura de que ella estaba en lo correcto y que el cambio tenía que llevarse a cabo en mí. Yo solo quería que ella me dejara en paz, pero no lo hacía y francamente eso me enojaba. Al recordarlo hoy, me asustan las maneras en las que me di- rigía rumbo al desastre. Estaba en camino a destruir mi matri- monio y mi ministerio y no tenía ni la menor idea de lo que sucedía. Existía una gran falta de conexión entre mi imagen pri- vada y mi vida ministerial pública. El hombre irritable e impa- ciente en el hogar era muy diferente al pastor misericordioso y paciente que nuestra congregación veía en el ministerio público y la adoración, que eran donde me encontraban más. Cada vez estaba más cómodo con las cosas que debieron haberme moles- tado y convencido de pecado. Estaba bien con las cosas como estaban. Sentía poca necesidad del cambio. Simplemente no veía la esquizofrenia espiritual en la que se había convertido esa vida ministerial personal. Las cosas no se quedarían como estaban por la sencilla razón de que yo era y soy un hijo del Redentor incansable que no abandonaría la obra de Sus manos hasta que esa obra estuviera completa. No sabía que Él sacaría a la luz mi corazón en un momento poderoso de esa gracia liberadora. Es- taba ciego y me endurecía poco a poco, y estaba emprendiendo felizmente el trabajo en una iglesia local y una escuela cristiana que estaban creciendo. Al ser confrontado, en numerosas ocasiones le dije a Luella que pensaba que ella era solo una esposa descontenta, común y
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corriente. Le dije que oraría por ella. ¡Esto la ayudó y la consoló! De hecho, hizo lo contrario. Esto representó dos cosas para ella. La alertó a mi ceguera y le recordó que ella no tenía ningún tipo de poder para cambiarme. El cambio que se necesitaba requería un acto de gracia. A Luella la confrontó el hecho de que ella nunca sería nada más que un instrumento en las poderosas ma- nos de Dios. Pero Dios bendijo a Luella con la fe perseverante que ne- cesitaba para seguir acercándose a mí, muchas veces en medio de momentos desalentadores. Lo que estoy por compartir, a continuación, es tanto humillante como vergonzoso. En una ocasión, cuando Luella me estaba confrontando con otro caso de mi ira, me sentí presionado y de verdad dije estas palabras sumamente humildes: “¡Al noventa y cinco por ciento de las mujeres en nuestra congregación les encantaría estar casadas con un hombre como yo!”. ¿Cómo puede ser esto humilde? Luella rápidamente me informó ¡que ella estaba en el restante cinco por ciento! ¿Qué tan ciego hay que estar para dejar que una afirmación como la mía saliera de mis labios? Dios estaba por deshacer y volver a construir el corazón y la vida de este hombre, algo que yo no sabía que necesitaba y no tenía ni idea de que estaba por venir. Mi hermano Tedd y yo habíamos estado un fin de semana en un entrenamiento para el ministerio e íbamos de regreso a casa. Nunca pensé que un viaje por la Extensión Noreste de la auto- pista de Pensilvania Turnpike podría ser tan trascendental. Tedd sugirió que tratáramos de poner en práctica en nuestras propias vidas lo que habíamos aprendido el fin de semana. Él dijo: “¿Por qué no empiezas tú?”, y después procedió a hacerme una serie de preguntas. Creo que voy a celebrar lo que sucedió después por
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diez millones de años en la eternidad. A medida que Tedd me hacía las preguntas, era como si Dios hubiera estado rasgando las cortinas y yo me estuviera viendo y oyendo con exactitud por primera vez. No hay forma en la que pueda exagerar el sig- nificado de la obra que el Espíritu Santo estaba haciendo en ese momento, en el automóvil, por medio de las preguntas de Tedd. Cuando Dios abrió mis ojos en ese momento, inmediata- mente me quebranté y me afligí. Lo que vi, por medio de las preguntas de Tedd, estaba tan lejos del punto de vista que tenía de mí mismo, y que había llevado a todas partes durante tantos años, al punto que era casi imposible creer que el hombre al que ahora estaba viendo y escuchando era realmente yo. Pero lo era. No podía creer lo que me vi haciendo y lo que me escuché di- ciendo mientras describía escenarios en respuesta a las preguntas de Tedd. Fue un momento de rescate divino, intencionado y poderoso, más grande de lo que fui capaz de captar en la conmo- ción y emoción del suceso. No sé si Tedd sabía qué tan grande era ese momento. No podía esperar llegar a casa y hablar con Luella. Sabía que el discernimiento que se me estaba dando no era solo el resul- tado del uso que Dios estaba dando a las preguntas de Tedd; también era el resultado de la fidelidad amorosa, pero firme, de Luella durante todos esos años de fastidio. Soy un hombre con un vivaz sentido del humor y muchas veces entro a la casa de manera ocurrente, pero no esta noche. Estaba en la angustia de la convicción que altera la vida y transforma el corazón. Por la forma en que me veía, creo que Luella supo enseguida que algo estaba pasando. Le pedí que nos sentáramos a platicar aunque ya fuera tarde. Cuando nos sentamos, dije: “Sé que por un largo tiempo has estado tratando de lograr que vea mi ira, pero yo no
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he estado dispuesto a hacerlo. Siempre te he rechazado, pero honestamente puedo decir, por primera vez, que estoy listo para escucharte. Quiero escuchar lo que tienes que decir”. Nunca olvidaré lo que sucedió después. Luella comenzó a llorar; me dijo que me amaba y después habló durante dos horas. Fue en esas dos horas que Dios comenzó el proceso de destruir por completo mi corazón y volver a construirlo. La palabra más importante de la oración anterior es proceso . No me golpeó un rayo; no me convertí de manera instantánea en un hombre no iracundo. Pero ahora era un hombre con ojos y oídos y tenía el corazón abierto. Los siguientes meses fueron increíblemente do- lorosos. Parecía que mi ira estaba visible a donde sea que veía. A veces parecía que el dolor era demasiado para poder soportarlo. Ese dolor era el dolor de la gracia. Dios estaba haciendo que la ira que había negado y protegido fuera como vómito en mi boca. Dios estaba obrando para asegurarse de que nunca más volviera a regresar. Estaba en medio de una cirugía espiritual. El dolor no era una señal de que Dios me hubiera retirado Su amor y Su gracia. No, más bien sucedía lo contrario. El dolor era una clara señal de que Dios me estaba brindando Su amor y Su gracia. Estaba recibiendo en esta prueba de convicción, lo que tanto había pedido en oración: la salvación (santificación) de mi alma. Nunca olvidaré un momento en particular que aconteció meses después de esa noche de convicción y liberación. Esta- ba bajando las escalares para ir a nuestra sala y vi a Luella que estaba sentada dándome la espalda. Cuando la vi, me golpeó el hecho de que no podía recordar la última vez que había senti- do esa horrible ira hacia ella. Ahora, aquí quiero ser franco. No estoy diciendo que había llegado a un punto tal en mi santifica- ción en el que me fuera imposible experimentar un instante de
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impaciencia o rabia; pero esa ira antigua que había dominado mi vida se había ido. ¡Alabado sea Dios! Caminé detrás de Luella y puse mis manos en sus hombros y ella echó su cabeza para atrás, me miró y yo le dije: “Sabes, ya no estoy enojado contigo”. Jun- tos reímos y lloramos al mismo tiempo por la belleza de lo que Dios había hecho. NO ESTÁS SOLO Me gustaría decir que mi experiencia pastoral es única, pero he llegado a aprender en mis viajes ministeriales a cientos de iglesias alrededor del mundo que, tristemente, no es así. Por su- puesto que los detalles son únicos, pero la misma desconexión entre la imagen pastoral pública y la vida privada del hombre está presente en la vida de muchos, muchos pastores. He es- cuchado tantas historias llenas de tantas confesiones, que he llevado conmigo el dolor y la preocupación por el estado en el que se encuentra la cultura pastoral en nuestra generación. Es la carga de esta preocupación, asociada a mi conocimiento y experiencia de la gracia transformadora, lo que me ha motivado a escribir este libro. Hay tres temas fundamentales que operaron en mi vida y que he descubierto que operan en la vida de muchos pastores con los que he conversado. Estos temas fundamentales funcio- naron como el mecanismo de la ceguera espiritual en mi vida y lo hacen en la vida de incontables pastores alrededor del mundo. Analizar estos temas es una buena forma de examinar las áreas en las que la cultura pastoral puede no ser del todo bíblica y a considerar las tentaciones propias del ministerio pastoral o que el ministerio pastoral intensifica.
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1. Dejé que el ministerio definiera mi identidad Esto es algo de lo que he escrito antes, pero pienso que es parti- cularmente importante que quien está en el ministerio lo entien- da. Siempre lo digo de esta manera: “Nadie es más influyente en tu vida que tú mismo, porque nadie te habla más que tú mismo”. Ya sea que te des cuenta o no, estás en una conversa- ción constante contigo mismo, y las cosas que te dices acerca de ti le dan forma a la manera en la que vives. Constantemente te estás hablando de tu identidad, espiritualidad, funcionalidad, emotividad, mentalidad, personalidad, relaciones, etc. Constan- temente te estás predicando alguna clase de evangelio. Te pre- dicas un anti evangelio de tu propia justicia, poder y sabiduría o te predicas el verdadero evangelio de una profunda necesidad espiritual y gracia suficiente. Te predicas un anti evangelio de soledad e incapacidad o te predicas el verdadero evangelio de la presencia, provisión y poder de un Cristo omnipresente. En esta conversación interna está lo que te dices acerca de tu identidad. Los seres humanos siempre se están asignando alguna clase de identidad, y al hacerlo, existen dos lugares donde buscar. Obtendrás tu identidad verticalmente, de quién eres en Cristo, o la comprarás horizontalmente en las situaciones, experiencias y relaciones de tu vida diaria. Esto es cierto para todos, pero estoy convencido de que obtener nuestra identidad de manera horizon- tal es una tentación concreta para los que están en el ministerio. Parte de por qué estaba tan ciego a la enorme falta de conexión que existía entre lo que estaba sucediendo en mi vida ministerial pública y mi vida familiar privada era el tema de la identidad. El ministerio había llegado a ser mi identidad. No pensaba de mí como un hijo de Dios que tenía una necesidad diaria de la gracia, en medio de mi propia santificación, todavía en lucha con
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el pecado, aún necesitando del cuerpo de Cristo y llamado al mi- nisterio pastoral. No, pensaba de mí mismo como un pastor . Eso es todo, conclusión. El oficio de pastor era más que un llamado y un conjunto de dones que Dios me había dado y que el cuerpo de Cristo había reconocido. “Pastor” me definía. Era yo , quien, en un sentido, probaba ser más peligroso de lo que hubiera pensado. Permíteme explicar la dinámica espiritual de todo esto. De maneras que mis ojos no veían y mi corazón todavía no estaba listo para reconocer, mi cristianismo había dejado de ser una relación. Sí, sabía que Dios es mi Padre y que yo soy Su hijo, pero en lo cotidiano y lo habitual las cosas se veían diferentes. Mi fe se había vuelto un llamado profesional. Se había vuelto mi trabajo. Mi papel como pastor era la forma en que yo me entendía. Moldeaba la manera en que me relacionaba con Dios. Creaba mis relaciones con las personas que estaban en mi vida. Mi llamado se había vuelto mi identidad, estaba en problemas y no tenía ni la menor idea. Iba rumbo al desastre y, si no hubiera sido la ira el detonante, hubiera sido algo más. Para mí no es una sorpresa que haya muchos pastores amar- gados allá afuera, que están socialmente incómodos, con relacio- nes desordenadas y disfuncionales en casa, relaciones tensas con las personas de la oficina o con los líderes laicos y que luchan con pecados secretos que no han confesado. ¿Sería posible que todas estas luchas se potencien por el hecho de que hemos llegado a estar cómodos con vernos y definirnos de un modo que no es del todo bíblico? Así que llegamos a la relación con Dios y con los demás no estando del todo necesitados. Y ya que no estamos del todo necesitados, no estamos del todo abiertos al ministerio de los demás y al convencimiento de pecado por parte del Espíritu. Esto afecta el aspecto privado de la devoción en nuestro caminar
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con Dios. La adoración sensible y sincera es difícil para una per- sona que piensa de sí misma como alguien que ya ha obtenido el éxito. Nadie festeja la presencia y la gracia del Señor Jesucristo más que aquel que ha reconocido su necesidad desesperada y diaria de Él. Pero el ministerio me había redefinido. Hoy en- cuentro vergonzosas las formas en las que me dije que no era como todos los demás, que existía en una categoría única. Y si no era como todos los demás, entonces no necesitaba lo que todos los demás necesitaban. Ahora bien, si en esa época me hubieras dicho que me sentara y me hubieras hablado todo esto de forma directa, te hubiera dicho que era un montón de tonterías; pues así era como actuaba y me relacionaba. Sé que no estoy solo. Hay muchos pastores que se han meti- do en una categoría espiritual que no existe. Como yo, piensan que son alguien que no son. Así que responden como no de- berían y desarrollan hábitos que son espiritualmente peligrosos. Están contentos con una vida devocional que, o no existe, o que es constantemente secuestrada por la preparación. Están cómo- dos con vivir fuera del cuerpo de Cristo o por encima de él. Están listos para ministrar, pero no están muy abiertos a que se les ministre. Hace mucho que dejaron de verse con exactitud y, por esta razón, tienen la tendencia a no recibir bien la amorosa confrontación de los demás. Y tienden a llevarse a casa con ellos esta categoría única de la identidad y no son para nada humildes y pacientes con sus familias. La identidad falsa que muchos nos hemos asignado, estruc- tura cómo vemos a los demás y cómo les respondemos. Eres más amoroso, paciente, amable y misericordioso cuando eres cons- ciente de que no existe una verdad que le puedas dar a otro que tú mismo no necesites con desesperación. Eres más humilde y
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amable cuando piensas que la persona a la que le estás ministran- do es más parecida a ti que diferente. Cuando te has metido en otra categoría que tiende a hacerte pensar que has tenido éxito, es muy fácil que critiques y seas impaciente. Escuché a un pastor que, sin darse cuenta, verbalmente expresó bien esto. Mi hermano Tedd y yo estábamos en una conferencia gran- de sobre la vida cristiana escuchando a un reconocido pastor hablar sobre la adoración familiar. Contó historias del celo, la disciplina y la dedicación que tenían hacia la adoración personal y familiar los grandes padres de nuestra fe. Detalló con extensas descripciones cómo eran sus devociones privadas y familiares. Creo que todos sentimos que todo esto era muy condenatorio y desalentador. Sentí el peso de la carga de la multitud mientras escuchaban. Yo me estaba diciendo: “Consuélanos con la gracia, consuélanos con la gracia”, pero la gracia nunca llegó. De camino al hotel, Tedd y yo nos fuimos con el conferen- cista y otro pastor que era nuestro conductor. Nuestro pastor conductor había claramente sentido la misma carga y le hizo al conferencista una pregunta brillante. Él dijo: “Si un hombre en tu congregación viniera contigo y te dijera: ‘Pastor, sé que se su- pone que debo tener devocionales con mi familia, pero las cosas están tan caóticas en mi casa que apenas si puedo levantarme de la cama y darle de desayunar a mi hijo e ir a la escuela; no sé cómo alguna vez voy a lograr tener los devocionales’, ¿qué le dirías?”. (La siguiente respuesta no la creé ni mejoré en modo alguno). El conferencista contestó: “Yo le diría: ‘Soy un pastor, lo que quiere decir que llevo muchas más cargas por muchas más personas que tú, y si yo puedo llevar a cabo todos los días la adoración familiar, tú también deberías poder hacerlo’”. Tal vez lo dijo porque estaba con un grupo de pastores, pero ¡él
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realmente lo dijo! No se identificó con la lucha que este hombre tenía. No había un ministerio de la gracia. Al venir de un mun- do que este hombre no entendía, colocó la ley sobre él de una manera aún más pesada, como tristemente lo hice yo una y otra vez con mi esposa e hijos. Cuando escuché su respuesta me enojé, hasta que recor- dé que yo había hecho exactamente lo mismo una y otra vez. En casa, para mí era demasiado fácil impartir juicio, al mismo tiempo, también era demasiado tacaño para dar gracia. Pero ha- bía otra cosa que estaba operando que era incluso más peligrosa. Esta identidad de categoría única no solo definía mi relación con los demás, sino también estaba destruyendo mi relación con Dios. Ciego a lo que estaba pasando en mi corazón, era orgulloso e inaccesible, estaba a la defensiva y demasiado cómodo. Yo era un pastor; no necesitaba lo que la demás gente necesitaba. Ahora bien, quiero decir una vez más que a un nivel teológico y abstrac- to, hubiera argumentado que todo esto eran puras tonterías. Ser pastor era mi llamado, no mi identidad. Hijo del Dios Altísimo era la identidad que la cruz me había comprado. Miembro del cuerpo de Cristo era mi identidad. Hombre en medio de su pro- pia santificación era mi identidad. Pecador y todavía necesitado de la gracia que salva, transforma, capacita y libera era mi iden- tidad. No me di cuenta de que buscaba horizontalmente lo que ya se me había dado en Cristo y que esto estaba produciendo la cosecha de un fruto malo en mi corazón, ministerio y relaciones. Dejé que mi ministerio se convirtiera en algo que nunca debió haber sido (mi identidad); acudí a él para que me diera lo que nunca podría darme (mi sentimiento interior de bienestar).
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2. Dejé que la enseñanza bíblica y el conocimiento teológico definieran mi madurez Esto no está desligado del punto anterior, pero es suficiente para crear una categoría diferente que requiere su propia atención. En el ministerio es bastante fácil ceder a una redefinición sutil pero importante de lo que la madurez espiritual es y hace. Esta defi- nición tiene sus raíces en cómo pensamos acerca de lo que es el pecado y lo que el pecado hace. Creo que muchos, muchos pas- tores llevan a sus ministerios pastorales una definición falsa de la madurez, que es el resultado de la culturización académica que tiende a llevarse a cabo en el seminario. Permíteme explicarlo. Ya que el seminario tiene la tendencia a reducir la fe a un rígido sistema de preceptos y reglas o, lo que es lo mismo, a academizar la fe, haciéndola un mundo de ideas que tiene que ser dominado (hablaré sobre esto con todo detalle más adelante en este libro), a los estudiantes les es demasiado fácil apoyar in- condicionalmente la creencia de que la madurez bíblica se trata de la precisión del conocimiento teológico y de la perfección de su enseñanza bíblica. Por esta razón los graduados del seminario, que son expertos en la Biblia y en teología, tienen la tendencia a pensar que son maduros. Pero debe decirse que la madurez no es solo algo que haces con tu mente (aunque este es un elemento importante de la madurez espiritual). No, la madurez se trata de cómo vives tu vida. Es posible ser teológicamente astuto y a la vez muy inmaduro. Es posible ser bíblicamente culto y tener una importante necesidad de crecimiento espiritual. Me gradué con honores en el seminario. Gané premios aca- démicos. Supuse que era maduro y cualquiera que no compartía mi apreciación me hacía sentir incomprendido y pensaba que me juzgaba mal. De hecho, vi esos momentos de confrontación
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como parte de la persecución que todos enfrentan cuando se entregan al ministerio del evangelio. Ahora, las raíces de esto son un serio malentendido de lo que son el pecado y la gracia. Verás, el pecado no es primero un problema intelectual. (Sí, sí afecta mi intelecto, como lo hace con todas las áreas de mi funcionamien- to). Pero, el pecado es primero un problema moral. Se trata de mi rebelión contra Dios y de mi búsqueda para obtener para mí mismo la gloria que es Suya. El pecado no se trata primero de la infracción de cualquier conjunto abstracto de reglas. El pecado se trata primero, y, antes que nada, de romper mi relación con Dios y porque he roto esta relación, entonces es fácil y natural rebelarme contra las re- glas de Dios. Así que no solo es mi mente la que tiene que ser renovada por una enseñanza bíblica sana, sino que la poderosa gracia del Señor Jesucristo tiene que recuperar mi corazón. La recuperación de mi corazón es tanto un evento (justificación) como un proceso (santificación). El seminario, por lo tanto, no resolverá mi problema más serio: el pecado. Puede contribuir a la solución, pero también me puede cegar a mi verdadera condi- ción por su tendencia a redefinir lo que en realidad se parece a la madurez. La madurez bíblica nunca se trata solo de lo que sabes; siempre se trata de cómo la gracia ha usado lo que has llegado a saber para transformar la manera en la que vives. Piensa en Adán y Eva. No desobedecieron a Dios porque fue- ran intelectualmente ignorantes de los mandamientos de Dios. No, ellos deliberadamente pasaron por encima de los límites de Dios porque buscaron el lugar de Dios. La guerra espiritual del Edén se peleó sobre el césped de los deseos de los corazones de Adán y Eva. La batalla se estaba peleando en un ámbito más profundo que el mero conocimiento. Considera a David. No
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reclamó a Betsabé como suya y planeó deshacerse de su esposo porque fuera ignorante de las prohibiciones de Dios en contra del adulterio y el homicidio. No, David hizo lo que hizo porque en algún momento no le importó lo que Dios quería. Obtendría lo que su corazón deseaba sin importarle nada. O piensa en lo que significa ser sabio. Hay una enorme dife- rencia entre conocimiento y sabiduría. El conocimiento es una comprensión exacta de la verdad. La sabiduría es entender y vivir a la luz de cómo esa verdad se aplica a las situaciones y relaciones de tu vida diaria. El conocimiento es un ejercicio de tu cerebro. La sabiduría es el compromiso de tu corazón que conduce a la transformación de tu vida. Aunque yo no lo sabía, había entrado al ministerio pastoral con una visión no bíblica de la madurez. Ahora me asusto por la forma en que pensé que había tenido éxito. Yo mismo me veía mucho más maduro de lo que realmente era. Así que cuando Luella me confrontaba amorosa y fielmente, y yo solo estaba a la defensiva, por definición pensaba que ella estaba equivocada. Y cada vez me convencía más de que ella era la que tenía el proble- ma. Así que yo no me veía como necesitado y no estaba abierto a la corrección y usaba mi conocimiento bíblico y teológico para defenderme. Era un desastre y no tenía ni idea de lo que me sucedía. 3. Confundí el éxito del ministerio con el respaldo que Dios le daba a mi estilo de vida El ministerio pastoral era emocionante en muchos sentidos. La iglesia estaba creciendo numéricamente y parecía que la gente estaba creciendo espiritualmente. Parecía que más y más perso- nas se estaban comprometiendo con esta vibrante congregación
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espiritual y vimos que en la vida de las personas se estaban llevando a cabo batallas en el corazón. Fundamos una escue- la cristiana que estaba creciendo y que estaba aumentando en reputación e influencia. Estábamos comenzando a identificar y a discipular a los líderes. No todo era color de rosa, y hubo mo- mentos que fueron dolorosos y muy agotadores, pero comenza- ba mis días con un profundo sentimiento de privilegio de que Dios me había llamado a hacer lo que Él me había llamado a hacer. Estaba guiando a una congregación de fe y Dios estaba bendiciendo nuestros esfuerzos. Pero tomé estas bendiciones de la manera equivocada. Sin saber que lo estaba haciendo, tomé la fidelidad de Dios hacia mí, hacia Su pueblo, hacia la obra de Su reino, hacia Su plan de redención y hacia Su iglesia como un respaldo hacia mí. Era una perspectiva de mi ministerio que decía: “Soy uno de los chicos buenos y Dios me respalda todo el tiempo”, pero lo más importante era la perspectiva de mí mismo. De hecho, le decía a Luella (y esto es vergonzoso pero importante de admitir): “Si soy un hombre tan malo, ¿por qué Dios está bendiciendo todo en lo que pongo mis manos?”. Dios respaldaba de la forma como lo hacía, no porque respaldara mi manera de vivir, sino por Su propio celo, por Su propia gloria y por Su fidelidad a Sus promesas de gracia para Su pueblo. Y Dios tiene la autoridad y el poder para usar cualquier instrumento que Él escoja, de la manera que Él prefiera usarlo. El éxito de un ministerio siempre es más un cuadro de quién es Dios que una declaración sobre quiénes son las personas que Él está usando para Su propósito. Yo entendía todo muy mal. Tomé el crédito que no merecía por lo que no podía hacer; hice que se tratara de mí, así que no me
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veía como un hombre en camino al desastre y con una profunda necesidad de la gracia de Dios que libera.
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Yo era un hombre que necesitaba la gracia liberadora y, por medio de la fidelidad de Luella y las preguntas quirúrgicas de Tedd, Dios hizo exactamente eso. ¿Y tú? ¿Cómo te ves? ¿Cuáles son las cosas que con regularidad te dices acerca de ti? ¿Hay señales sutiles en tu vida que te muestran que crees que eres diferente a las personas a las que ministras? ¿Te ves como un ministro de la gracia que necesita la gracia? ¿Has llegado a estar cómodo con las inconsistencias entre el evangelio que predi- cas y la manera en que vives? ¿Existen faltas de armonía entre tu imagen ministerial pública y los detalles de tu vida privada? ¿Promueves en tu iglesia un nivel de comunidad que tú mismo no das? ¿Caes en creer que nadie tiene una visión más exacta de ti que la que tú tienes? ¿Usas tu conocimiento o experiencia para mantener a raya la confrontación? Pastor, no debes tener miedo de lo que está en tu corazón y no debes tener miedo a que te conozcan porque no hay nada en ti, que pudiera salir a la luz, que no haya sido cubierto por la preciosa sangre de tu rey Salvador, Jesús.
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Esperamos que hayas disfrutado de esta pequeña muestra del libro Llamado peligroso.
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