llamado peligroso
amable cuando piensas que la persona a la que le estás ministran- do es más parecida a ti que diferente. Cuando te has metido en otra categoría que tiende a hacerte pensar que has tenido éxito, es muy fácil que critiques y seas impaciente. Escuché a un pastor que, sin darse cuenta, verbalmente expresó bien esto. Mi hermano Tedd y yo estábamos en una conferencia gran- de sobre la vida cristiana escuchando a un reconocido pastor hablar sobre la adoración familiar. Contó historias del celo, la disciplina y la dedicación que tenían hacia la adoración personal y familiar los grandes padres de nuestra fe. Detalló con extensas descripciones cómo eran sus devociones privadas y familiares. Creo que todos sentimos que todo esto era muy condenatorio y desalentador. Sentí el peso de la carga de la multitud mientras escuchaban. Yo me estaba diciendo: “Consuélanos con la gracia, consuélanos con la gracia”, pero la gracia nunca llegó. De camino al hotel, Tedd y yo nos fuimos con el conferen- cista y otro pastor que era nuestro conductor. Nuestro pastor conductor había claramente sentido la misma carga y le hizo al conferencista una pregunta brillante. Él dijo: “Si un hombre en tu congregación viniera contigo y te dijera: ‘Pastor, sé que se su- pone que debo tener devocionales con mi familia, pero las cosas están tan caóticas en mi casa que apenas si puedo levantarme de la cama y darle de desayunar a mi hijo e ir a la escuela; no sé cómo alguna vez voy a lograr tener los devocionales’, ¿qué le dirías?”. (La siguiente respuesta no la creé ni mejoré en modo alguno). El conferencista contestó: “Yo le diría: ‘Soy un pastor, lo que quiere decir que llevo muchas más cargas por muchas más personas que tú, y si yo puedo llevar a cabo todos los días la adoración familiar, tú también deberías poder hacerlo’”. Tal vez lo dijo porque estaba con un grupo de pastores, pero ¡él
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