camino al desastre
realmente lo dijo! No se identificó con la lucha que este hombre tenía. No había un ministerio de la gracia. Al venir de un mun- do que este hombre no entendía, colocó la ley sobre él de una manera aún más pesada, como tristemente lo hice yo una y otra vez con mi esposa e hijos. Cuando escuché su respuesta me enojé, hasta que recor- dé que yo había hecho exactamente lo mismo una y otra vez. En casa, para mí era demasiado fácil impartir juicio, al mismo tiempo, también era demasiado tacaño para dar gracia. Pero ha- bía otra cosa que estaba operando que era incluso más peligrosa. Esta identidad de categoría única no solo definía mi relación con los demás, sino también estaba destruyendo mi relación con Dios. Ciego a lo que estaba pasando en mi corazón, era orgulloso e inaccesible, estaba a la defensiva y demasiado cómodo. Yo era un pastor; no necesitaba lo que la demás gente necesitaba. Ahora bien, quiero decir una vez más que a un nivel teológico y abstrac- to, hubiera argumentado que todo esto eran puras tonterías. Ser pastor era mi llamado, no mi identidad. Hijo del Dios Altísimo era la identidad que la cruz me había comprado. Miembro del cuerpo de Cristo era mi identidad. Hombre en medio de su pro- pia santificación era mi identidad. Pecador y todavía necesitado de la gracia que salva, transforma, capacita y libera era mi iden- tidad. No me di cuenta de que buscaba horizontalmente lo que ya se me había dado en Cristo y que esto estaba produciendo la cosecha de un fruto malo en mi corazón, ministerio y relaciones. Dejé que mi ministerio se convirtiera en algo que nunca debió haber sido (mi identidad); acudí a él para que me diera lo que nunca podría darme (mi sentimiento interior de bienestar).
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