llamado peligroso
hombre hogareño, no me importa hacer cosas en la casa. Me encanta cocinar. Así que tenía muchas cosas a las cuales podía señalar, que me aseguraban que no era el hombre que ella estaba diciendo que yo era, y que yo esperaba que la convencieran de que estaba equivocada. Pero Luella no se convencía. Parecía más y más segura de que ella estaba en lo correcto y que el cambio tenía que llevarse a cabo en mí. Yo solo quería que ella me dejara en paz, pero no lo hacía y francamente eso me enojaba. Al recordarlo hoy, me asustan las maneras en las que me di- rigía rumbo al desastre. Estaba en camino a destruir mi matri- monio y mi ministerio y no tenía ni la menor idea de lo que sucedía. Existía una gran falta de conexión entre mi imagen pri- vada y mi vida ministerial pública. El hombre irritable e impa- ciente en el hogar era muy diferente al pastor misericordioso y paciente que nuestra congregación veía en el ministerio público y la adoración, que eran donde me encontraban más. Cada vez estaba más cómodo con las cosas que debieron haberme moles- tado y convencido de pecado. Estaba bien con las cosas como estaban. Sentía poca necesidad del cambio. Simplemente no veía la esquizofrenia espiritual en la que se había convertido esa vida ministerial personal. Las cosas no se quedarían como estaban por la sencilla razón de que yo era y soy un hijo del Redentor incansable que no abandonaría la obra de Sus manos hasta que esa obra estuviera completa. No sabía que Él sacaría a la luz mi corazón en un momento poderoso de esa gracia liberadora. Es- taba ciego y me endurecía poco a poco, y estaba emprendiendo felizmente el trabajo en una iglesia local y una escuela cristiana que estaban creciendo. Al ser confrontado, en numerosas ocasiones le dije a Luella que pensaba que ella era solo una esposa descontenta, común y
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