camino al desastre
corriente. Le dije que oraría por ella. ¡Esto la ayudó y la consoló! De hecho, hizo lo contrario. Esto representó dos cosas para ella. La alertó a mi ceguera y le recordó que ella no tenía ningún tipo de poder para cambiarme. El cambio que se necesitaba requería un acto de gracia. A Luella la confrontó el hecho de que ella nunca sería nada más que un instrumento en las poderosas ma- nos de Dios. Pero Dios bendijo a Luella con la fe perseverante que ne- cesitaba para seguir acercándose a mí, muchas veces en medio de momentos desalentadores. Lo que estoy por compartir, a continuación, es tanto humillante como vergonzoso. En una ocasión, cuando Luella me estaba confrontando con otro caso de mi ira, me sentí presionado y de verdad dije estas palabras sumamente humildes: “¡Al noventa y cinco por ciento de las mujeres en nuestra congregación les encantaría estar casadas con un hombre como yo!”. ¿Cómo puede ser esto humilde? Luella rápidamente me informó ¡que ella estaba en el restante cinco por ciento! ¿Qué tan ciego hay que estar para dejar que una afirmación como la mía saliera de mis labios? Dios estaba por deshacer y volver a construir el corazón y la vida de este hombre, algo que yo no sabía que necesitaba y no tenía ni idea de que estaba por venir. Mi hermano Tedd y yo habíamos estado un fin de semana en un entrenamiento para el ministerio e íbamos de regreso a casa. Nunca pensé que un viaje por la Extensión Noreste de la auto- pista de Pensilvania Turnpike podría ser tan trascendental. Tedd sugirió que tratáramos de poner en práctica en nuestras propias vidas lo que habíamos aprendido el fin de semana. Él dijo: “¿Por qué no empiezas tú?”, y después procedió a hacerme una serie de preguntas. Creo que voy a celebrar lo que sucedió después por
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