camino al desastre
he estado dispuesto a hacerlo. Siempre te he rechazado, pero honestamente puedo decir, por primera vez, que estoy listo para escucharte. Quiero escuchar lo que tienes que decir”. Nunca olvidaré lo que sucedió después. Luella comenzó a llorar; me dijo que me amaba y después habló durante dos horas. Fue en esas dos horas que Dios comenzó el proceso de destruir por completo mi corazón y volver a construirlo. La palabra más importante de la oración anterior es proceso . No me golpeó un rayo; no me convertí de manera instantánea en un hombre no iracundo. Pero ahora era un hombre con ojos y oídos y tenía el corazón abierto. Los siguientes meses fueron increíblemente do- lorosos. Parecía que mi ira estaba visible a donde sea que veía. A veces parecía que el dolor era demasiado para poder soportarlo. Ese dolor era el dolor de la gracia. Dios estaba haciendo que la ira que había negado y protegido fuera como vómito en mi boca. Dios estaba obrando para asegurarse de que nunca más volviera a regresar. Estaba en medio de una cirugía espiritual. El dolor no era una señal de que Dios me hubiera retirado Su amor y Su gracia. No, más bien sucedía lo contrario. El dolor era una clara señal de que Dios me estaba brindando Su amor y Su gracia. Estaba recibiendo en esta prueba de convicción, lo que tanto había pedido en oración: la salvación (santificación) de mi alma. Nunca olvidaré un momento en particular que aconteció meses después de esa noche de convicción y liberación. Esta- ba bajando las escalares para ir a nuestra sala y vi a Luella que estaba sentada dándome la espalda. Cuando la vi, me golpeó el hecho de que no podía recordar la última vez que había senti- do esa horrible ira hacia ella. Ahora, aquí quiero ser franco. No estoy diciendo que había llegado a un punto tal en mi santifica- ción en el que me fuera imposible experimentar un instante de
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