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llamado peligroso

el pecado, aún necesitando del cuerpo de Cristo y llamado al mi- nisterio pastoral. No, pensaba de mí mismo como un pastor . Eso es todo, conclusión. El oficio de pastor era más que un llamado y un conjunto de dones que Dios me había dado y que el cuerpo de Cristo había reconocido. “Pastor” me definía. Era yo , quien, en un sentido, probaba ser más peligroso de lo que hubiera pensado. Permíteme explicar la dinámica espiritual de todo esto. De maneras que mis ojos no veían y mi corazón todavía no estaba listo para reconocer, mi cristianismo había dejado de ser una relación. Sí, sabía que Dios es mi Padre y que yo soy Su hijo, pero en lo cotidiano y lo habitual las cosas se veían diferentes. Mi fe se había vuelto un llamado profesional. Se había vuelto mi trabajo. Mi papel como pastor era la forma en que yo me entendía. Moldeaba la manera en que me relacionaba con Dios. Creaba mis relaciones con las personas que estaban en mi vida. Mi llamado se había vuelto mi identidad, estaba en problemas y no tenía ni la menor idea. Iba rumbo al desastre y, si no hubiera sido la ira el detonante, hubiera sido algo más. Para mí no es una sorpresa que haya muchos pastores amar- gados allá afuera, que están socialmente incómodos, con relacio- nes desordenadas y disfuncionales en casa, relaciones tensas con las personas de la oficina o con los líderes laicos y que luchan con pecados secretos que no han confesado. ¿Sería posible que todas estas luchas se potencien por el hecho de que hemos llegado a estar cómodos con vernos y definirnos de un modo que no es del todo bíblico? Así que llegamos a la relación con Dios y con los demás no estando del todo necesitados. Y ya que no estamos del todo necesitados, no estamos del todo abiertos al ministerio de los demás y al convencimiento de pecado por parte del Espíritu. Esto afecta el aspecto privado de la devoción en nuestro caminar

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