Diccionario enciclopédico de psicoanálisis de la API

DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO INTERREGIONAL DE PSICOANÁLISIS DE LA API

TABLA DE CONTENIDO

AMAE........................................................................................................................... 2 CONFLICTO............................................................................................................. 15 CONTENCIÓN: CONTINENTE-CONTENIDO .................................................. 73 CONTRATRANSFERENCIA ................................................................................. 87 ENACTMENT ......................................................................................................... 121 ENCUADRE, (EL PSICOANALÍTICO) .............................................................. 143 EL INCONSCIENTE.............................................................................................. 166 INTERSUBJETIVIDAD......................................................................................... 255 SÍ MISMO (SELF) .................................................................................................. 340 TEORÍA DE LA COMUNICACIÓN.................................................................... 424 TEORÍA DE LAS RELACIONES OBJETALES ................................................ 436 TRANSFERENCIA................................................................................................. 530

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AMAE Entrada tri-regional

Consultores interregionales: Takayuki Kinugasa (América del Norte), Elias M. da Rocha Barros (América Latina) y Arne Jemstedt (Europa) Copresidenta y coordinadora interregional: Eva D. Papiasvili (América del Norte)

I. DEFINICIÓN INTRODUCTORIA

Amae es una palabra japonesa de uso común. Es la forma nominal de amaeru , un verbo. Ambas palabras derivan de un adjetivo, amai , que significa “sabor dulce”. Amaeru es la combinación de un verbo, eru , que significa “conseguir” u “obtener”, y amai . Por lo tanto, el significado original de amaeru es, literalmente, “conseguir dulzura”. En el lenguaje común, amaeru se utiliza para describir un comportamiento infantil y dependiente que busca una gratificación, es decir, obtener lo que se desea: ya sea afecto, cercanía física, apoyo emocional o la concesión de un deseo. Es un comportamiento que suplica ser complacido e implica cierta cercanía familiar o íntima. Por lo general, se da cuando un bebé o un niño trata de inducir cariñosamente a una figura materna o cuidador para conseguir lo que desea. Sin embargo, en las relaciones interpersonales japonesas, los comportamientos amae y amaeru son reproducidos fuera del entorno familiar y más allá de la infancia. Este tipo de relación puede desarrollarse con amistades cercanas, en la intimidad de una relación de pareja, con otros miembros de la familia o en pequeños grupos como compañeros de clase o un equipo. También se reproduce en relaciones de poder, cuando una persona tiene más autoridad que la otra, como, por ejemplo, entre un profesor y un alumno, un jefe y un subordinado, o entre compañeros que ocupan diferentes cargos en el trabajo. La percepción del fenómeno de amae cambia según la naturaleza de la relación interpersonal: es un comportamiento generalmente aceptado en una relación de pareja, puesto que puede significar que la relación es fuerte y sólida, pero, por otro lado, también puede percibirse de forma negativa, como un indicador de la inmadurez de la persona, de su autocomplacencia y sentido de merecimiento, o falta de conciencia social y sentido común. En el Comprehensive Dictionary of Psychoanalysis [Diccionario general del psicoanálisis] del psicoanalista norteamericano, Salman Akhtar (2009), amae se define como un “término japonés que denota una interacción intermitente, recurrente y modelada culturalmente, en que las reglas habituales del decoro y la formalidad quedan suspendidas, facilitando el apoyo afectivo del yo entre las personas.” (p.12)

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Esta definición se basa en la definición del término de Takeo Doi (1971/73) que, a su vez, Daniel Freeman (1998) amplió desde la escuela psicológica del yo, cuando afirmó que se trata de una “regresión mutua e interactiva al servicio del yo, que satisface y contribuye al crecimiento y desarrollo intrapsíquico de ambos participantes.” (Freeman, 1998, p.47) Los editores del Japanese Dictionary of Psychoanalysis [Diccionario japonés del psicoanálisis] (Okonogi, K., Kitayama, O., Ushijima, S., Kano, R., Kinugasa et al., 2002) también se basan en la definición de Doi y señalan las complejidades de esta dependencia emocional originada en la fase pre-verbal contenida en los fundamentos dinámicos de amae . Ningún diccionario o glosario conocido en ninguno de los idiomas de la API de Europa o América Latina contiene una entrada para amae , de manera que, al menos hasta ahora, el término sigue siendo desconocido por el público psicoanalítico general. Esta entrada desarrolla y expande la información encontrada en todas las fuentes mencionadas anteriormente. Takeo Doi introdujo el concepto de amae como un fenómeno psicológico en su libro de 1971, La anatomía de la dependencia , traducido en 1973 para el público occidental. Doi describió una gran variedad de comportamientos amae en las interacciones sociales y clínicas japonesas y anticipó la importancia que tiene el concepto para entender la psicología japonesa. Tradujo amae como una “dependencia o dependencia emocional” (1973) y definió amaeru como el acto de “suponer y depender de la benevolencia de otros” (1973). Doi considera que amae indica una “impotencia y el deseo de ser amado” y es la expresión de la “necesidad de ser amado”, cosa que denota ciertas necesidades de dependencia. Señala que el prototipo psicológico de amae se encuentra en la psicología del niño en su relación con la madre, no en el recién nacido, sino en el niño que ya se ha dado cuenta de que su madre existe independientemente de sí mismo (Doi, 1973). En una publicación posterior, Doi (1989) argumenta la formulación dinámica de amae : “Otra cosa importante del concepto de amae es que, aunque principalmente indique un estado de ánimo satisfecho, ya que la necesidad de amor de una persona es correspondida por el amor del otro, también puede hacer referencia a esa necesidad de amor en sí misma porque el individuo no siempre puede contar con el amor del otro, o no tanto como desearía. Por esta razón, el estado de frustración de amae , cuyas fases pueden describirse con varias palabras japonesas, también puede describirse con el término amae . De hecho, esto ocurre a menudo porque es más corriente sentir amae como un deseo frustrado que como un deseo satisfecho. Según este enfoque, podemos hablar de dos II. DESARROLLO DEL CONCEPTO

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tipos de amae : uno primitivo que confía en un recipiente dispuesto a recibirle, y uno perturbado que no está seguro de si ese recipiente existe. El primer tipo es infantil, inocente e intranquilo; el segundo es inmaduro, obstinado y exigente; en otras palabras, podríamos decir que hay un amae bueno y otro malo…” (Doi, 1989, p.249). Las ideas de Doi sobre el concepto de amae , es decir, la dependencia emocional y su particular relación con la psicología japonesa, fueron recibidas con entusiasmo pero también con escepticismo por la crítica. El concepto engendró debates en torno a cuestiones como ¿cómo debe entenderse la especificidad de la psicología japonesa?, ¿acaso Doi propone que el carácter japonés es esencialmente dependiente?, ¿cómo se relaciona el concepto de amae con las teorías y prácticas psicológicas y psicoanalíticas existentes?, ¿cómo se relaciona amae con la comprensión del desarrollo humano universal?, ¿cómo contribuye el concepto de amae al desarrollo de la teoría y práctica psicoanalista? Erik Erikson (1950) señaló que distintas influencias sociales y culturales dan lugar a distintos modos de adaptación en el proceso de crecimiento y desarrollo psicológico. Amplió las fases del desarrollo psicosexual que Freud había basado en la biología humana, para incluir fases psicosociales del desarrollo que van más allá de la resolución edípica y abarcan todo el ciclo de la vida. El concepto de amae de Doi y su importancia para entender la naturaleza de la psicología japonesa también puede analizarse desde este punto de vista. Son muchos los científicos sociales y observadores transculturales que han estudiado la particularidad de la sociedad japonesa y sus adaptaciones psicológicas. El concepto de amae de Doi, sin embargo, añade otra dimensión a este discurso. Algunas características importantes relacionadas con la especificidad de la sociedad y cultura japonesa incluyen: 1. Relaciones sociales organizadas jerárquicamente; 2. Orientación grupal por encima de la diferenciación individual; 3. Separación entre las relaciones privadas y públicas, internas y externas, reflejada en la forma de pensar, sentir y actuar; 4. Énfasis en la vergüenza (generada por juicios externos) y la culpa (expresión de juicios internos); 5. Evitar conflictos y el valor de la armonía; 6. Conducta parental indulgente, atenta y permisiva durante la niñez y los primeros años de la infancia, seguido de una asignación de roles sociales III. PERSPECTIVAS SOCIOCULTURALES

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cada vez más restrictivos y un control del comportamiento en los años posteriores. La naturaleza vertical y jerárquica de la mayoría de las relaciones japonesas es omnipresente. De hecho, el fenómeno es ampliamente aceptado y ha sido estudiado por antropólogos culturales como Ruth Benedict (1946) y el historiador Edwin O. Reischauer (1977), y articulado con más precisión por Chie Nakane, la antropóloga japonesa más reconocida fuera de Japón (1970). Las características mencionadas anteriormente se encuentran conectadas y entrelazadas con el concepto de amae y son la consecuencia cultural y psicológica de cuatro siglos de sistema feudal, con una estratificación muy rígida de la clase política y socioeconómica. La modernización no llegó a Japón hasta finales del siglo XIX con la influencia de occidente, y se aceleró después de la Segunda Guerra Mundial con la creación de nuevas instituciones democráticas del gobierno y cambios sociales significativos en la vida pública con respecto a la política, la economía y la tecnología. Sin embargo, en la psicología japonesa contemporánea, aunque sea en un segundo plano, prevalecen los valores y características de la cultura tradicional. Reischauer (1977) señala la capacidad de los japoneses de adaptarse al cambio y examina las muchas similitudes humanas que existen entre oriente y occidente. Dean C. Barlund (1975), en un análisis cultural comparativo entre los Estados Unidos y Japón sobre el apego a los valores culturales transmitidos como normativos en una sociedad, se refiere a amae como aquello que representa el “inconsciente cultural”. La práctica de la crianza del niño es crucial para entender amae desde este punto de vista, puesto que proporciona una cercanía física contante y un comportamiento atento, indulgente y empático por parte de la madre y otros cuidadores del entorno del niño. Debido al espacio limitado de la isla, la proximidad de otras personas y la necesidad de vivir en la vecindad es una condición de la vida en Japón. Esto no sólo vale para la familia, sino que también incluye a los vecinos y la comunidad circundante, cuyos miembros le son presentados al niño desde muy temprano. A un adulto de la vecindad se le llama oji-san , tío, o oba-san , tía, y los niños mayores son llamados onei-san , hermana mayor, o onii-san , hermano mayor. Todos ellos son potenciales cuidadores del niño, cosa que le aporta una sensación de seguridad por el hecho de pertenecer a un grupo. Alan Roland (1991) contrastó el concepto de “yo familiar” que predomina en la psique japonesa, conectado a las sutiles relaciones jerárquicas emocionales de la familia y el grupo, con el “yo individualizado” occidental. Reischauer (1977) observa que los japoneses no están tan apegados a la familia como tal, sino a los grupos que los rodean. Esto, de hecho, podría sugerir un “yo grupal” que el niño identifica e internaliza desde muy temprano. La celebración del ritual tradicional japonés, Hichi-Go-San , ilustra muy bien esta dinámica. Se celebra a los niños de edades de 2 a 3, 4 a 5 y 6 a 7 años vistiéndolos con trajes tradicionales y llevándolos al templo local de la comunidad. Durante la celebración colectiva, se les regalan dulces y juguetes para marcar el pasaje de la infancia.

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IV. IMPLICACIONES PSICOANALÍTICAS DEL CONCEPTO AMAE

Como se señaló anteriormente, a pesar de que Doi presentara una reflexión muy precisa del fenómeno amae en los japoneses y las interacciones clínicas, sus primeras definiciones del concepto como una “necesidad de dependencia en la indefensión” y un “deseo de ser amado” (1973) desencadenaron muchos debates teóricos y clínicos. En el desarrollo, amae precede a la adquisición del lenguaje. Por ejemplo, cuando un bebé expresa abiertamente sus deseos por la madre los japoneses dicen: “Este niño ya es emocionalmente dependiente ( amaeru )”. La persistencia de este deseo por la presencia de la madre hace que esta configuración emocional se sitúe, consciente e inconscientemente, en el centro de la vida emocional del niño. Esto se puede comparar a lo que dijo Freud acerca del concepto de “sexualidad”, exclusivo del psicoanálisis: “Empleamos la palabra sexualität [‘sexualidad’] en el mismo sentido amplio en que la lengua alemana usa el vocablo lieben [‘amar’]” (Freud, 1910 [p.223]). En este sentido, aunque el idioma japonés no tenga palabras que se correspondan con “ lieben ” o “amor”, los japoneses también piensan en el complejo de Edipo, es decir, en el momento en que el amor y el sexo se entrelazan. De la misma manera, se puede entender “ amae ” como el fenómeno responsable de crear la corriente principal de la vida emocional que nos acompaña a lo largo de nuestra vida antes de la aparición del complejo de Edipo, incluso fuera de Japón, donde la palabra “ amae ” todavía no existe. Mientras que amae es un concepto verbal como el amor, a diferencia del amor, se caracteriza por el hecho de no contener “sexualidad” en sí mismo. Además, se piensa que los elementos de amae se encuentran en varios estados psíquicos destacados por su ambivalencia. Si este fuera el caso, podría resultar útil comparar amae con varios conceptos psicoanalíticos conocidos. Freud afirmó que el amor tenía dos corrientes, la corriente tierna y la sensual: “De esas dos corrientes, la tierna es la más antigua. Proviene de la primera infancia, se ha formado sobre la base de los intereses de la pulsión de autoconservación y se dirige a las personas que integran la familia y a las que tienen a su cargo la crianza del niño…” (Freud, 1912, p.180 [p.174]). Esto se corresponde con los fundamentos instintivos de autoconservación de amae . La corriente tierna que se le deriva fue más tarde absorbida por el concepto de narcisismo (Freud, 1914). Con respecto a esto, Freud escribió que, aunque el narcisismo primario no puede confirmarse en la observación directa, puede deducirse de “la actitud de padres tiernos hacia sus hijos […] como renacimiento y reproducción del narcisismo propio, que ha mucho abandonado.” (Freud, 1914, pp.90, 91) Aunque más tarde Freud (1930) rechaza su concepción del instinto de autoconservación y llega a la conclusión de que la ternura es una manifestación de Eros (pulsión sexual) cuyo objetivo original es reprimido, Doi propone que amae hace referencia al instinto de autoconservación que encontramos en la primera teoría del instinto de Freud y, por tanto, define amae como una necesidad de dependencia derivada de los instintos.

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Además, Freud (1912) entendió la identificación como la expresión más temprana de un vínculo emocional con otra persona, que es ambivalente desde el principio. A partir de esta definición, se puede relacionar la identificación de Freud con las propiedades identificativas y ambivalentes que subyacen a amae . Al elaborar el concepto dentro de la matriz relacional de objetos, Doi (1989, p.350) reiteró que amae es un objeto-relacional desde el principio. Si bien quizás no se corresponda del todo con el concepto de narcisismo primario de Freud, “encaja muy bien con cualquier estado mental que pueda llamarse narcisista.” (ibíd., p.350) En este sentido, las propiedades narcisistas de amae subyacen a un amae “perturbado” que se expresa con infantilismo, obstinación y exigencia. “En la misma línea”, escribe Doi (1989), “una nueva conceptualización de ‘objeto del sí mismo ’, definido por Kohut como ‘esos objetos arcaicos catectizados con libido narcisista’ (1971, p.3), será mucho más fácil de comprender con la psicología amae , puesto que la ‘libido narcisista’ no es más que un amae perturbado.” (Doi, 1989, p.351) En este sentido, los analistas japoneses piensan que el concepto de Kohut de las “necesidades de objeto del sí mismo” (Kohut, 1971) es casi equivalente al de amae . Por otro lado, puede ser relevante la observación de Balint de que “en la fase final del tratamiento, el paciente empieza a expresar sus deseos instintivos olvidados desde hace mucho tiempo y a exigir su gratificación de su entorno” (Balint, 1936/1965, p.181), porque “el amae primitivo solamente se manifestará cuando el análisis haya permitido una elaboración de las defensas narcisistas.” (Doi, 1989, p.350) Aunque Balint base sus ideas en las teorías de Freud y Ferenczi, sus conceptos de “objeto de amor pasivo” (1936/1965) y el de amor primario son más cercanos al concepto de “ amae ”. Balint señaló que las lenguas indoeuropeas no hacen una distinción clara entre los dos tipos de amor de objeto, el activo y el pasivo. Si bien el objetivo acostumbra a ser pasivo (ser amado), si el niño recibe suficiente amor y aceptación de su entorno como para mitigar sus frustraciones, puede acabar desarrollando el “amor activo” con el objetivo de recibirlo (es decir, la configuración “amor de objeto activo”). En términos clínicos, de hecho, existe un vínculo entre el amae primitivo y el término de Balint de “regresión benigna”, y entre el “ amae perturbado” y su término “regresión maligna”. Aunque Fairbairn (1952) valoró el factor de la dependencia en el desarrollo primario, no adoptó la idea de las necesidades de dependencia dentro de su sistema de relaciones de objeto. Los conceptos de Klein de envidia ( higami /ictericia) e identificación proyectiva (1957) pueden entenderse como un amae distorsionado, aunque compartan el mismo objeto con él. Muchos analistas japoneses creen que Bion (1961) “predijo” el amae de Doi en el contexto de las dinámicas de grupo, y es que Bion propuso que existe un sentimiento de seguridad en cada uno de los estados emocionales asociados con las tres fantasías grupales básicas: la dependencia, la lucha-huida y el emparejamiento. Asimismo, los conceptos de “continente” y “contenido” de Bion, así como el “sostenimiento” de Winnicott, la “buena adaptación” de Hartmann y la “interafectividad” de Stern reflejan una similitud

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conceptual con el concepto de amae , al mismo tiempo que reflexionan sobre la dependencia pre-adaptada del niño hacia sus padres, muy relevante clínicamente para entender la matriz intersubjetiva de la transferencia-contratransferencia dentro del proceso psicoanalítico.

V. OTRAS PERSPECTIVAS DEL DESARROLLO PSICOANALÍTICO

Desde una perspectiva dinámica del desarrollo, es importante destacar que Doi (1971) entiende que amae se origina en la relación del bebé con su madre, no cuando es un recién nacido, sino cuando se da cuenta de que la madre existe de forma independiente y entiende que es una fuente indispensable de satisfacción. Esto sugiere que amae surge en una fase del desarrollo en que la diferenciación del yo, como por ejemplo la cognición, el juicio y la identificación ya ocupan un lugar en la psique y ya existe la constancia del objeto. Esto implica que la fase de separación-individuación de Mahler ya ha empezado, después de que la fase simbiótica y la subfase de entrenamiento hayan sido superadas con éxito. La madre existe como un ser separado, y el niño ya ha internalizado su indulgencia benigna. Si es así, esto significa que también está emergiendo la estructura psíquica del superyó. Las prácticas de crianza japonesas parecen defender este punto de vista. Disponer de una atención maternal abundante, con una capacidad de reacción no verbal, empática y física, así como una cercanía emocional aseguran la superación de la fase simbiótica y el paso a la fase de separación-individuación del desarrollo del niño. En los últimos años, los avances en investigación infantil (Stern, 1985) y psicología del sí mismo defienden esta práctica parental para promover el crecimiento que conduce a obtener un sentido de seguridad del sí mismo. En el resumen esquemático del desarrollo de Gertrude y Rubin Blank (1994), podemos ver que amae surge en el proceso de neutralización de la pulsión agresiva y sirve para realizar el proceso de separación-individuación. Con un buen entrenamiento del uso adecuado del baño y la capacidad de controlar las funciones fisiológicas y las expresiones individuales de asertividad fálica, se irá moderando la pulsión agresiva y desarrollando el superyó. Por otro lado, Reischauer (1977) observa que, a diferencia de este escenario típico occidental, el entrenamiento para ir al baño y la disciplina conductual de los niños japoneses se lleva a cabo con una atención constante y cuidadosa, a través de ejemplos y recordatorios. Estos métodos promueven la identificación del niño con sus cuidadores, moderan la pulsión agresiva y sirven para que el niño renuncie a sus necesidades individuales en beneficio de una adaptación a las expectativas externas, llegando a la formación del superyó, pero por un camino distinto. No obstante, no es fácil tener que adaptarse a las reglas y roles externos, así como a unas exigencias de armonía y obediencia cada vez más

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complejas y restrictivas. Todo ello causa un estrés considerable en la psique, aún frágil, del individuo. La vergüenza por el juicio externo y la amenaza de la retirada de una conexión amorosa podrían utilizarse para impulsar el cumplimiento de las exigencias del superyó, haciendo que éste renuncie a las necesidades individuales del niño. En medio de estas negociaciones conflictivas entre las exigencias del superyó y el ello, puede darse una regresión a la fase reconciliadora en que el niño busca la tranquilidad materna y simbiótica antes de seguir avanzando por un camino individual y separado. Tanto Akhtar (2009) como Freeman (1998) describen el aspecto de reabastecimiento emocional de la función de amae . Freeman observa que amae es un deseo temporal e intermitente, y lo prueba haciendo hincapié en el beneficio mutuo de la interacción amae . En esta reciprocidad de la interacción amae , también debería entenderse que la parte “dependiente” puede iniciar amae en beneficio de la otra parte. Por ejemplo, el destinatario de amae podría sentir, consciente o inconscientemente, una necesidad ansiosa de ser tranquilizado por el niño porque puede experimentar la necesidad de separación del niño como un rechazo; amae también puede satisfacer la necesidad de un jefe inseguro de sentir poder sobre un subordinado complaciente, o la necesidad de un padre anciano de sentir que su hijo/a maduro/a lo valora. En realidad, a veces, el comportamiento amae “amistoso” podría camuflar una exigencia agresiva desafiante, que se expresa de forma apropiadamente dependiente, lo que correspondería a lo que Doi (1989) llama un “ amae negativo o perturbado”. Aunque en la definición original de amae como el “deseo impotente de ser amado” Doi (1971, 1973) enfatiza la pasividad del concepto, esta dimensión pasiva tiene su propia complejidad. Así como Doi (1971, 1973, 1989) y Balint (1935/1965; 1998) entienden que amae es una lucha primaria fisiológica o una necesidad primaria y un deseo de amor, Betherlard y Young-Bruehl (1998) consideran amae como la expectativa de ser amado de forma indulgente, lo que ellos llaman estimación, algo instintivo que surge al nacer. Betherlard y Young-Bruehl, como hizo Doi anteriormente, proponen una revisión de la hipótesis de autoconservación del yo instintivo con respecto a amae . Las investigaciones más recientes en psicología infantil indican que el niño tiene mayor capacidad de compromiso de lo esperado, por lo que convendría revisar el espectro “pasivo-agresivo” de amae . En el contexto de amae , esta actividad observada en el comportamiento, como en los estudios del vínculo afectivo de Bowlby (1971), refleja una experiencia interna de la que el vínculo afectivo es su manifestación conductual (Doi, 1989). Podríamos plantear la hipótesis de que, psicoanalíticamente, amae es un concepto estratificado, que describe una lucha instintiva/afectiva activa para recibir el amor pasivamente, para ser complacido. Una alternativa a la definición de amae de Doi como “pulsión-deseo” (1971), consistiría en reformular la definición de amae como una forma específica de defensa, especialmente predominante en la psicología japonesa, aunque también exista en otros

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lugares, de oriente y occidente. Podemos, entonces, entender amae como una operación defensiva del yo, una “atracción por la indulgencia y la permisividad”, que media entre las exigencias del superyó y las exigencias del ello, o los deseos individuales dondequiera que estén ubicados en el ciclo del desarrollo. Esta forma de defensa del yo tal vez sea necesaria para la adaptación a una sociedad estricta, que exige una conformidad inflexible del superyó. El orden relacional jerárquico y la orientación grupal, con estricta observancia de las reglas, los roles y las conductas, donde los pensamientos privados y las emociones tienen que mantenerse en secreto, y donde los conflictos se resuelven por la vergüenza, parecen ser una forma de hacer frente al superyó que se originó en la sociedad feudal. Para funcionar con estas exigencias rígidas y rigurosas del superyó, amae confía en la comunicación emocional no verbal y las respuestas empáticas, y en la “dulce” comprensión de la “permisividad” – “indulgencia” – como defensa necesaria contra la pulsión agresiva o la ansiedad de la pérdida potencial del objeto. La mediación del yo de amae crea un espacio para la vida emocional privada de la persona, al mismo tiempo que abre algunas vías de expresión de las pulsiones humanas individuales, ya sean libidinales o agresivas. Amae está enraizado en la identificación con las experiencias pre-verbales de un cuidador indulgente con la capacidad de sentir las necesidades y deseos emocionales del niño, a los que responde con una empatía similar a la del concepto de Winnicott de “preocupación materna primaria”, que caracteriza a “la madre corriente y devota”. En este contexto, la diferenciación que hace Winnicott entre el entorno- madre que proporciona una relación con el yo (sostenimiento, ternura, empatía) y el objeto-madre hacia el que se dirigen los impulsos/pulsiones del ello, puede representar una interpretación posterior, desde el punto de vista de las relaciones de objeto, de la división que hizo Freud entre las corrientes tiernas y sensuales del amor. Los comportamientos amae y amaeru pueden sumarse a una gran variedad de operaciones defensivas tales como la represión, la regresión y regresión parcial, la anulación retroactiva, la formación reactiva, el “secreto mutuo” o incluso ser un camino hacia la sublimación. Esta estructura de defensa adaptativa también implica que la noción de “reciprocidad” está vinculada con amae desde el punto de vista relacional, transferencial y del desarrollo. También podrían ser aplicables conceptos como el de Hartmann (1958) de la adaptación recíproca del bebé y la madre, la idea de Winnicott (1965) de un “entorno sostenedor”, el concepto de “continente/contenido” de Bion (1962), el “objeto del sí mismo” de Kohut (1971) y la “interafectividad” de Stern (1985). Los comportamientos amae pueden mantenerse activos durante toda la vida, siempre y cuando los deseos y necesidades del individuo se hallen en conflicto con las restricciones del superyó cultural.

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VI. CONCLUSIÓN

En conclusión, las conductas y actitudes amae no pueden considerarse simplemente una expresión de las necesidades de dependencia. Es aconsejable entenderlas como permutaciones contextuales complejas de los deseos y las pulsiones, así como de las configuraciones defensivas. Esta perspectiva más compleja es relevante para entender las interacciones transferenciales. La aparición de amae en la díada clínica puede indicar una transferencia positiva de mayor confianza y honestidad con el analista, que puede ser ventajosa para la alianza clínica. Doi (1989) asume, de hecho, que no importa cuál sea el motivo consciente que induzca al paciente a buscar tratamiento psicoanalítico, el motivo inconsciente es amae y, con el tiempo, acaba convirtiéndose en el núcleo de la transferencia. Sin embargo, los analistas deben ser conscientes de la naturaleza jerárquica de la transferencia, especialmente en la situación clínica japonesa (y, por extensión, en cualquier encuadre psicoanalítico), y mostrarse sensibles y en sintonía con la comunicación no verbal o indirecta del amae “positivo” y “negativo”, especialmente si éstos se conceptualizan como necesidades primarias, luchas instintivas, procesos de defensa o una compleja configuración dinámica del desarrollo de todo lo anterior. Del mismo modo, la orientación grupal de los pacientes japoneses no puede entenderse simplemente como una falta de límites o individuación, como podría presentarse de forma simplificada en la cultura occidental. Aunque debamos el descubrimiento del concepto de amae a las especificidades del contexto japonés, hemos visto que se puede discernir en distintos grados en todas las culturas. Dentro de un contexto psicológico grupal, aunque de forma compleja, se relaciona con las necesidades individuales de vivir y pertenecer a un grupo determinado. Desde el punto de vista del desarrollo y la clínica, mientras que se perciben ecos de un reabastecimiento, contención y sostenimiento materno temprano, la dinámica interactiva interna de amae abarca toda la vida del individuo (Doi, 1989; Freeman, 1998). La contribución importantísima de Doi sobre el concepto de amae debe apreciarse desde el punto de vista del desarrollo y la clínica como un concepto japonés de alcance global, que enriquece la teoría y la sensibilidad clínica más allá de las fronteras geográficas, la cultura psicoanalítica y las condiciones individuales.

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REFERENCIAS

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Reischauer, EO (1977). The Japanese. Cambridge, London: Belknap Press. Roland , A (1991). In Search of Self in India and Japan: Toward a Cross Cultural Psychology. Princeton: Princeton University Press. Spitz, RA (1965b); The First Year of Life: Normal and Deviant Relations. New York: Int. Univ. Press. Stern, DN (1985); The Interpersonal World of the Infant: A View from Psychoanalysis and Developmental Psychology . New York: Basic Books. Winnicott, DW (1965). The Maturational Process and the Facilitating Environment. New York: International University Press.

Consultores regionales y colaboradores:

Norte América: Coescrito por Takayuki Kinugasa, M.D. con la colaboración de los miembros de Sociedad Psicoanalítica de Japón, Nobuko Meaders, LCSW, Linda A. Mayers, PhD, y Eva D. Papiasvili, PhD, ABPP

Europa: Revisado por Arne Jemstedt, MD, y los asesores europeos

América Latina: Revisado por Elias M. da Rocha Barros, Dipl. Psych., y los asesores latinoamericanos

Copresidenta de coordinación interregional: Eva D. Papiasvili, PhD, ABPP

Asistencia editorial especializada adicional: Jessi Suzuki, M.Sc.

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Traducción: Jèssica Pujol Duran

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CONFLICTO Entrada tri-regional Consultores interregionales: Christine Diercks (Europa), Daniel Traub-Werner (América del Norte) y Héctor Cothros (América Latina) Copresidenta y coordinadora interregional: Eva D. Papiasvili

“ …de esta antítesis surge nuestra vida psíquica. ” (Freud, Carta a W. Fliess del 9 de febrero de 1899; en Freud, S. 1886-1899, p. 278).

I. INTRODUCCIÓN Y DEFINICIÓN

Freud fundó el psicoanálisis sobre la base del conflicto psíquico, es decir, sobre una comprensión del funcionamiento de la mente humana como una interacción de fuerzas y tendencias opuestas. El psicoanálisis pone especial atención a los efectos de los conflictos inconscientes, entendidos como interacciones entre fuerzas que el individuo desconoce. En un conflicto se enfrentan deseos, sentimientos, necesidades, intereses, ideas y valores opuestos. Según la teoría psicoanalítica, el conflicto es primordial para la dinámica de la mente humana y, desde el punto de vista del psicoanálisis clásico, viene impulsado por la energía (pulsión) instintiva y está mediado por fantasías afectivamente catectizadas. Todos los procesos mentales se basan en la interacción de fuerzas psíquicas conflictivas que, a su vez, mantienen interacciones complejas con estímulos externos. El principal objeto de estudio del psicoanálisis es el aspecto inconsciente y latente del conflicto psíquico que, en última instancia, se basa en los deseos infantiles reprimidos. Los contenidos inconscientes resurgen adoptando formas distorsionadas como en los sueños, lapsus (o parapraxis), síntomas y forma de manifestaciones culturales. Para Freud, el principal conflicto del psicoanálisis es el conflicto edípico. La disputa entre el deseo infantil y la prohibición es constitutiva de la dinámica de la vida psíquica y sus manifestaciones. Además de sus cualidades dinámicas, el conflicto también tiene varios componentes metapsicológicos: topográficos (consciente, preconsciente e inconsciente), económicos (sobreestimulación sensorial, realidad y principio del placer), genéticos (según el desarrollo de las funciones del yo) y estructurales (conflictos entre el yo, el superyó y el ello). Además, el conflicto edípico se establece dentro de la teoría dual de los instintos / pulsiones (instinto sexual / instinto de autoconservación, libido del yo / libido hacia el objeto, instinto de vida / instinto de muerte).

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Las conceptualizaciones formuladas por los teóricos de las relaciones de objeto amplían la palestra donde se desarrollan estos conflictos, puesto que se centran en el carácter (internalizado) de las relaciones del yo mismo y el objeto. La cuestión de si un conflicto accesible al pensamiento consciente puede procesarse o bien tiene que reprimirse, dependerá de la potencia de las fuerzas instintivas (pulsiones) involucradas, de la capacidad mental del individuo de hacerles frente y de las condiciones ambientales. La extrapolación y ampliación de los diccionarios y artículos contemporáneos de América del Norte, Europa y América Latina (Akhtar, 2009; Auchincloss and Samberg, 2012; Laplanche y Pontalis, 1973; Skelton, 2006; Borensztejn, 2014) sobre los conflictos (inconscientes) ha dado lugar a la siguiente conceptualización binaria: 1. Conflictos externos vs. internos / intrapsíquicos: los primeros hacen referencia a los conflictos entre el individuo y su entorno, mientras que los segundos se refieren a los de su propia psique; 2. Conflictos externalizados vs. internalizados: los primeros hacen referencia a los conflictos internos que han sido trasladados a la realidad externa, y los segundos a los problemas psíquicos causados por la incorporación de constricciones ambientales que se oponen a los deseos y anhelos del individuo; 3. Conflictos del desarrollo vs. conflictos anacrónicos: los primeros hacen referencia a los conflictos del desarrollo evolutivo, normativos y específicos de cada etapa, causados por los desafíos parentales a los deseos del niño o por deseos contradictorios propios del niño (Nagera, 1966), y los segundos a conflictos que no son específicos de la edad y pueden dar pie a una psicopatología en la edad adulta; de forma similar, Laplanche y Pontalis (1973) describen este binario como conflictos edípicos vs. conflictos de defensa; 4. Conflictos intersistémicos vs. intrasistémicos: los primeros hacen referencia a la tensión entre el ello y el yo o entre el yo y el superyó (Freud, 1923, 1926); los segundos (Hartmann, 1939; Freud, A., 1965; Laplanche, 1973), en cambio, se refieren a las diferentes tendencias instintivas (amor / agresión), diferentes atributos o funciones del yo (actividad / pasividad) o diferentes dictados del superyó (modestia / éxito); 5. Conflicto estructural vs. conflicto de relaciones de objeto: el primero hace referencia a la tensión que provocan las divergencias entre las tres estructuras psíquicas, es decir, el ello, el yo y el superyó (Freud, 1926), que se experimentan como pertenecientes al yo del individuo, y el segundo se refiere al conflicto en un espacio psíquico anterior a dicha diferenciación estructural (Dorpat, 1976; Kernberg, 1983, 2003); otra formulación de este conflicto binario es el conflicto edípico vs. el conflicto pre-edípico; 6. Conflictos del tipo de oposición de fuerzas vs. conflictos del tipo de competencia de alternativas o decisión (Rangell, 1963) o, análogamente,

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conflictos convergentes vs. divergentes (Kris, A., 1984, 1985): los primeros hacen referencia a los conflictos entre fuerzas intrapsíquicas que pueden llegar a unirse a través de un compromiso (formación); los segundos, a veces llamados conflictos de “esto-o-aquello”, se refieren a conflictos donde las negociaciones son escasas y, a pesar del duelo, se tiene que escoger un solo lado de la disputa. Una amplia gama de orientaciones psicoanalíticas en todo el mundo, con sus divergencias y coincidencias, otorgan distintos grados de importancia al conflicto. A un extremo de este espectro se encuentran las orientaciones contemporáneas freudianas y kleinianas, que siguen situando el conflicto en el centro de sus formulaciones sobre el desarrollo y funcionamiento psíquico. Al otro extremo se encuentran las perspectivas de la psicología del self (sí mismo) de Kohut, una teoría del desarrollo basada en déficits y en la construcción de la estructura psíquica que presenta un paradigma muy distinto, ya que sólo incluye una breve mención al conflicto entre padre e hijo sobre sus respectivas necesidades de objeto, relegando la noción de conflicto a un segundo plano. Cómo pensar el conflicto es uno de los factores que definen tanto el desarrollo teórico de Freud como el de las teorías psicoanalíticas después de Freud.

II. ETAPAS DEL DESARROLLO TEÓRICO: FREUD

El seguimiento de las variaciones en la conceptualización del conflicto de Freud, define los distintos períodos de su teoría. Es sintomático que tres psicopatologías distintas intenten organizar sus conflictos de tres formas distintas. Los histéricos convierten la lucha entre la sexualidad y la sociedad en síntomas físicos, cosa que desencadena una lucha entre la mente y el cuerpo. Los individuos obsesivos desplazan la lucha entre una idea y su afecto hacia una obsesión aparentemente inconsciente. Los pacientes paranoides proyectan sus experiencias incompatibles en el mundo exterior, creando un conflicto entre el mundo interno y el externo. Estas formas de resolver inadecuadamente los conflictos psíquicos se fueron estructurando en etapas del desarrollo teórico.

II A. El trauma y el período catártico pre-analítico (1893–1899) Durante este período, Freud habla de los conflictos entre los afectos asociados a eventos traumáticos y las prohibiciones morales de la sociedad. Ello le ayuda a designar el conflicto interno, externo e interpersonal, donde se encuentra implícita la

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noción de fuerzas internas opuestas (Freud, 1893–1895). En 1899, al comparar los sueños con los síntomas histéricos, Freud recuerda su idea del conflicto de 1894: “En efecto, no sólo el sueño es una realización de deseo, sino que también lo es el ataque histérico. […] ya hace mucho que reconocí la realización del deseo en el delirio agudo. Realidad – realización del deseo: de esta antítesis surge nuestra vida psíquica” (Freud, 1899, p. 278). En sus primeros trabajos sobre la histeria, Freud descubrió que sus deseos sexuales estaban en conflicto con las normas sociales, y que la resolución patológica de este conflicto era el síntoma. Los síntomas se generan como formas inadecuadas de resolver conflictos: “Los […] pacientes […] habían gozado, en efecto, de salud psíquica hasta el momento en que surgió en su vida de representación un caso de incompatibilidad […] hasta que llegó a su yo una experiencia, una representación o una sensación, que al despertar un afecto penosísimo movieron al sujeto a decidir olvidarlos, no juzgándose con fuerzas suficientes para resolver por medio de una labor mental la contradicción entre su yo y la representación intolerable” (1894a, p. 47, énfasis en el original). Freud y Josef Breuer (Freud y Breuer, 1895) se inspiraron en las experiencias de Breuer con Anna O. y en las demostraciones de Charcot de las parálisis histéricas postraumáticas, así como en la provocación experimental de parálisis histéricas y su reversión por sugestión hipnótica, para asumir que en la histeria de conversión surgen unas circunstancias mentales específicas que hacen que los afectos violentos y traumáticos, incapaces de ser abreaccionados, se conviertan en síntomas psíquicos. Estos síntomas encuentran una expresión física, pero no son de origen físico, sólo sirven para expresar – simbólicamente – el suceso que desencadenó el desarrollo de la histeria. El camino para recordar el suceso desencadenante está cortado, disociado de la conciencia despierta. Freud escribió: “En la neurosis traumática, la verdadera causa de la enfermedad no es la leve lesión corporal, sino el sobresalto, o sea el trauma psíquico. También con relación a muchos síntomas histéricos nos han revelado análogamente nuestras investigaciones causas que hemos de calificar de traumas psíquicos. Cualquier afecto que provoque los afectos penosos del miedo, la angustia, la vergüenza o el dolor psíquico puede actuar como tal trauma” (Freud y Breuer, 1895, pp. 5-6). La supresión de las representaciones e impulsos ilusorios que entran en conflicto con otros valores puede provocar síntomas. En 1894, Freud formuló un modelo del conflicto que le sirvió para explicar la formación de síntomas de conversión en la histeria, las neurosis obsesivas y las fobias. Resumió este modelo con el término neuropsicosis de defensa (Freud, 1894a, b). La formación de conflictos contrasta con la neuropsicosis de defensa, en tanto que Freud entendió los síntomas de las neurosis actuales, es decir, de las neurosis de ansiedad y neurastenias (Freud, 1894c; Freud, 1898), no como la expresión de un proceso mental que funciona con normalidad, sino como el resultado de una transformación de la libido tóxica por una descarga inadecuada de la energía sexual. Además, advirtió que las ideas incompatibles de sus pacientes femeninas “florecen casi siempre en el terreno de la

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experiencia o la sensibilidad sexuales” (Freud, 1894a, p. 47). Y también descubrió que estas representaciones estaban conectadas con las experiencias de la primera infancia, cosa que le llevó a concluir que sus pacientes debieron haber sufrido la seducción sexual de un adulto (Freud, 1896, p. 203). Por ello, los síntomas histéricos son descendientes directos de los recuerdos inconscientes de esas experiencias que, de forma retroactiva, resurgen y se hacen efectivas cuando los desencadenan los eventos actuales. Freud señaló además que la naturaleza patógena de estos sucesos infantiles sólo existía mientras permanecieran inconscientes (ibíd., p. 211). Sin embargo, más adelante, en su famosa carta a Wilhelm Fliess del 21 de septiembre de 1897, Freud escribió: “Ya no creo en mi neurótica [teoría de la neurosis]” (Freud, 1897, p. 259). Su “innegable comprobación de que en el inconsciente no existe un ‘signo de realidad’, de modo que es imposible distinguir la verdad frente a una dicción afectivamente cargada,” hizo que Freud tuviera dudas sobre su teoría de la seducción (ibíd., p. 260). A partir del análisis de sus propios sueños, Freud formuló una idea crucial el 15 de octubre de 1897: “Se me ha ocurrido sólo una idea de valor general. También en mí comprobé el amor por la madre y los celos contra el padre, al punto que los considero ahora como un fenómeno general de la temprana infancia, aunque no siempre ocurren tan prematuramente como en aquellos niños que han devenido histéricos. […] Cada uno de los espectadores fue una vez, en germen y en su fantasía, un Edipo semejante y ante la realización onírica trasladada aquí a la realidad de todos retrocedemos horrorizados, dominados por el pleno impacto de toda la represión que separa nuestro estado infantil de nuestro estado actual” (ibíd., p. 265). Pero, poco después, volvió a presentar casos conmovedores de violencia sexual y, en otra carta a Fliess, anunció (citando el “Mignon” de Goethe) un nuevo lema: “¿Qué te han hecho, pobre criatura?” (Freud, 1897, p. 289; Goethe 1795/96). Sin nunca abandonar por completo el trauma etiológico, sus ideas tambalearon, pero, a pesar de todas las dudas sobre las consecuencias psíquicas del recuerdo de la seducción traumática, a partir de 1897 se atuvo a una sola idea, y es que los “síntomas neuróticos [de su paciente] no se anudaban de manera directa a vivencias efectivamente reales, sino a fantasías de deseo, y que para la neurosis valía más la realidad psíquica que la material” (Freud, 1925, p. 34). Para él, el concepto de trauma se oponía a la representación de fantasías infantiles ilusorias impulsadas por pulsiones arraigadas en el mundo “interno”, organizadas de forma conflictiva entre el deseo incondicional y la prohibición. En tal caso, el sujeto racional de la ilustración se toparía con un yo impulsado por deseos inconscientes que responden a un entorno del cual es extremadamente dependiente al comienzo de su vida. El punto de contacto de esta dinámica es el conflicto edípico, causado por los impulsos de amor y odio hacia nuestros objetos primarios. En 1925, Freud recordó que por ellos “me topé por primera vez con el complejo de Edipo , destinado a cobrar más tarde una significación tan eminente, pero al que todavía no supe discernir en ese disfraz fantástico” (Freud,

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